Viernes, 22 de mayo de 2015

Bien haces si crees que Dios es uno, pero recuerda que los demonios también creen y tiemblan. Con esta proposición de Santiago podemos inferir muchos argumentos derivados, uno de ellos es que tener una posición ortodoxa no es evidencia de estar en la verdad. Un demonio puede creer adecuadamente, pero su odio a Dios y su enemistad con Él no han sido eliminados, de manera que de nada le sirve su creencia. Por otro lado, un ser humano que se dice creyente en el evangelio puede asumir una doctrina ortodoxa en gran medida, pero de nada le sirve si la totalidad de lo que cree no es coherente con su ortodoxia.

Los llamados lapsus mentales demuestran lo que se tiene guardado en el escaparate de la mente. En ocasiones alguien sostiene una doctrina bíblica para la audiencia, pero de pronto irrumpe con alguna frase o idea que anuncia algo opuesto a lo que ha dicho creer. Supongamos que un creyente afirma creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, el cual se entregó por su pueblo para librarlo de sus pecados. Hasta ahora ese creyente ha creído bien. Imaginemos que igualmente asume que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero su muerte llega a ser eficaz solamente en los que creen. Acá vemos una combinación de ortodoxia con doctrina extraña. ¿Validará lo segundo a lo que antes había asumido como verdad? ¿Anulará lo último a lo primero? Resulta indudable que no puede al mismo tiempo creer en la expiación limitada una persona que dice creer en la expiación ilimitada de Jesucristo.

Si asume que Cristo murió por él en la cruz, porque así se lo ha atestiguado el Espíritu en el nuevo nacimiento, no podrá creer al mismo tiempo que Jesucristo murió por Judas y por Caín, por Faraón y por Esaú, por los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Un teólogo célebre afirmó que la expiación de Jesús era ilimitada, pero eficaz solamente en los elegidos. Esa misma persona sostuvo que cuando Jesús le lavaba los pies a Judas le estaba brindando la oportunidad de arrepentirse. Vemos que la mente de tal teólogo no era ortodoxa, más bien heterodoxa.

Si se cree que Jesús es Dios hecho hombre, bien se hace. Pero si al mismo tiempo se asume que Jesús era un marciano, entonces lo último enturbia la ortodoxia. Si la  Biblia declara que la humanidad está muerta en sus delitos y pecados, mal puede un ortodoxo en su doctrina creer que existe libre albedrío. Un muerto no tiene voluntad para seguir a Jesucristo, para escuchar su enseñanza, para animarse a clamar por la vida.  Solamente podrá el muerto tener vida cuando reciba la orden del Señor como se la dio a Lázaro: Lázaro, ven fuera. El hombre de la mano seca no pudo extenderla ante Jesús, a no ser cuando oyó la voz del Señor diciéndole que la extendiera.

El paralítico no tuvo el poder de levantarse, hasta que el Señor le dijo: levántate. La Escritura abunda en ejemplos que ilustran la idea de la soberanía de Dios frente a la impotencia del hombre. Pero a pesar de los relatos bíblicos muchos asumen proposiciones ortodoxas junto a las no ortodoxas. El problema es que la última anula la primera; una persona puede esgrimir el más sólido argumento acerca del evangelio, pero cuando argumenta sin ortodoxia acerca de otra parte del evangelio demuestra el fruto de su corazón. Esto hacen los que dicen creer en la salvación por la exclusiva gracia de Dios (asunción ortodoxa) pero también confiesan que hay quienes son salvos creyendo un evangelio diferente (asunción no ortodoxa).

La salvación por gracia se opone a la salvación por obras, por lo que una excluye a la otra. Al afirmar que la sangre de Cristo se derramó por todos sin excepción, se está diciendo que la voluntad de la persona hace la diferencia entre salvación y condenación. Con esta afirmación se niega la Escritura que reitera una y otra vez que la salvación no es por obras, para que ninguno se gloríe. Por más que la persona haya asumido la redención como un acto unilateral de Dios, niega la verdad al exponer que el individuo tiene la última palabra.

Una fe sin obras es vacía, nos recuerda Santiago, pero pretender llegar a la fe por las obras es inútil. Los demonios creen y tiemblan ante la ira de Dios, la que sienten en presagio del futuro tormento (Marcos 5:7); pese a ello, no son salvos. En tal sentido, el hecho de creer ortodoxamente una parte del evangelio no redime a nadie. La totalidad del evangelio es la totalidad de la verdad, la cual entra por la fe que nos ha sido dada. Resulta erróneo combinar ortodoxia con heterodoxia: no podemos estar de acuerdo con la salvación por gracia si al mismo tiempo acordamos la salvación por obras. 

Según el texto de Santiago, los demonios creen una doctrina cardinal dentro del evangelio: que Dios es uno. En otros términos, son monoteístas, conocen acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu como un solo Dios. Pero el solo creer en una doctrina verdadera no salva a los demonios, porque para ellos no se dispuso tal redención. Por otro lado, pese a esa asunción de la verdad, ellos están detrás del culto rendido a los ídolos (1 Corintios 10:20), procuran milagros para el mal (Apocalipsis 16:14), son hostiles a la humanidad (Juan 8: 44), hablan a través de los oráculos paganos (Hechos 16:17) y habitan las regiones celestes inspirando doctrinas falsas (doctrinas de demonios). Esa fe demoníaca (muy ortodoxa) cae frente a su creencia en el dios de este siglo, Satanás, así como ante sus perversas obras contrarias a la obra de Dios. La fe de los demonios en la verdad les produce su temor al castigo, pero no por ello es señal de salvación.

Santiago nos expone en forma colateral que cierta ortodoxia produce cierto fruto, pero no es suficiente como señal de salvación. De allí que hablamos del error de la mezcla doctrinal, por lo que más bien ello es un indicio de confusión, una muestra del mal fruto.

La fe especulativa produce algún efecto en la conciencia del individuo. Asumir que somos salvos por gracia puede surtir algún efecto positivo en razón de la ortodoxia de lo creído. Pero esa fe no produce buenas obras, no da buen fruto (al igual que el árbol malo, del que hablara Jesucristo). La comparación hecha por el apóstol nos hace presumir que así como los demonios creen y están perdidos puede haber un creyente profeso que crea y esté perdido, aunque crea ortodoxamente una buena parte de la doctrina cristiana.

Nuestra santificación se produce bajo el efecto del Espíritu, si es que tenemos el Espíritu de Cristo. En materia de doctrina es imposible que un creyente con la mente de Cristo pueda producir el mal fruto de la mezcla doctrinal. ¿Qué es la vida santa sino la separación del mundo? Esta separación incluye también el distanciamiento de las erróneas doctrinas, que son en alguna medida doctrinas de demonios. La persona que ha nacido de nuevo tiene el Espíritu que lo conduce a toda verdad, no se irá jamás tras el extraño -antes huirá de él (Juan 10:1-5). Así como no se puede servir a Dios y a las riquezas, tampoco se puede servir a la gracia y a las obras. O estamos bajo la Ley y cumplimos toda la ley, o somos absolutos beneficiarios de la gracia (lo que constituye la declaración bíblica).

Decir que Jesucristo murió por toda la humanidad -sin excepción- equivale a confesar una gran incomprensión de lo que fue su expiación en la cruz, su vida y su obra. Asumir que somos salvos por gracia, pero que tenemos que aceptar la gracia, es añadir obra a la gracia, la cual la niega. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos 11:6). Al que obra, no se le considera el salario como gracia, sino como obligación.  Pero al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe como justicia. De igual manera, David también proclama la felicidad del hombre a quien Dios confiere justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos (Romanos 4:4-7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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