Martes, 19 de mayo de 2015

Lo que Jesucristo le ofreció al Padre en la expiación de su pueblo está en estrecha relación con la intercesión que hace en los cielos. Su sola presentación ante el trono de la gracia recuerda su sangre esparcida por los pecados de los elegidos. El aparece en la presencia de Dios por nosotros (Hebreos 9:24), allí muestra su cuerpo inmolado, sus marcas testimonio de lo que padeció, al haber ofrecido su propio cuerpo y derramado su sangre. Ya no la sangre de toros y machos cabríos, ya no más palominos de apaciguamiento, simplemente el sacrificio perfecto que demandaba la justicia perfecta.

Existe un ligamen entre su intercesión actual ante el Padre y la que hizo la noche antes de morir en la cruz. En aquella oportunidad no rogó por el mundo (Juan 17:9), sino por los que le habían sido dados (que incluyen los del momento y los que creerían por medio de la palabra de ellos). Su expiación no se ofrece por los que no intercedió en aquel entonces, su intercesión de ahora tampoco se brinda en favor de los que no expió en aquella hora aciaga.

El término propiciación significa aplacar la ira y ganar el favor, a través de los dones del oferente. También supone borrar una culpa por medio de un sacrificio. En el hebreo bíblico el término kaphar quiere decir expiar, cuyo sentido es cubrir. Por la enseñanza de la expiación en el Antiguo Testamento, el pueblo y el sacerdote sabían que Dios no veía las culpas a través del sacrificio presentado. El propiciatorio era una lámina de oro que cubría el libro de la Ley acusatoria, la sangre se salpicaba sobre ese lugar en el día de la expiación (Levítico 16; Éxodo 25).

La ira de Dios frente al pecado y al pecador no se puede aplacar mediante dones carnales. Él mismo ha puesto el precio, la sangre derramada de su Hijo a través de un sacrificio definitivo y único. Esta ofrenda se hizo una sola vez, ante Dios mismo. Lo que el hombre no pudo alcanzar por sus medios lo hizo el Hijo de Dios. Su doble naturaleza lo dotó de la facultad de Cordero sin mancha; había creado a la humanidad a su propia imagen (sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho), y fue llamado el segundo y postrer Adán, en virtud de su encarnación, como Verbo hecho carne. Sin tener pecado alguno, fue hecho pecado y de esta manera llevó la carga de las faltas de su pueblo (Mateo 1:21; 1 Pedro 2:22-24; Mateo 8:16-17; Isaías 53:5).

Como dice el Levítico: la vida de la carne en la sangre está, de allí que sin derramamiento de sangre no hay remisión (de pecados) (Hebreos 9:22). La perfecta intercesión en el Getsemaní, la noche previa a su sacrificio, se conjuga con la intercesión que hace actualmente a la diestra del Padre. No hay actitud esquizofrénica en su obrar ni en su intención, ni hubo demagogia en su discurso; de manera muy simple lo expresó y con énfasis lo corroboró: no ruego por el mundo. Si no lo hizo la víspera de su muerte en la cruz, no tiene ninguna razón de hacerlo ahora sentado junto al Padre.

Nuestra alegría gira en torno a dos actividades del Señor: su oblación y su intercesión. Si las desligamos nos afecta el gozo y nos siembra la incertidumbre, pues no puede orar por unos y morir por otros. La perfección de Dios lo impide, la coherencia divina exige una conjunción sólida entre estas dos acciones: la oración antes y después de la expiación, y la expiación en sí misma. Jesucristo es el mediador del nuevo pacto, para que los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Fue el Señor quien dijo que muchos serían los llamados, pero poco los escogidos. Ni siquiera son llamados todos; a unos les habló en parábolas para que no entendiesen, por lo cual mal podría decirse que murió por ellos o que intercedió a la diestra del Padre por ellos si no lo hizo la víspera de su crucifixión. El dijo: te ruego por los que han de creer por la palabra de éstos. Estos son los llamados que reciben la promesa de la herencia eterna (Hebreos 9:15).

Si Jesús procuró los favores del perdón gratuito por su sangre, ahora procura que tengamos esa confianza por medio de su intercesión. Pero ambas acciones recaen sobre el mismo objeto, los redimidos que son los mismos elegidos, que son los amados, predestinados, llamados, justificados y glorificados. La muerte sin resurrección no trae consuelo; la expiación sin intercesión queda sin alegría. Sabemos que no hay quien nos condene porque Cristo murió por nosotros, el que también resucitó y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34). Un solo texto que lo resume todo: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

Recordemos que ese mismo Jesús fue el que también oró en Getsemaní a favor nuestro, pero allá dijo claramente que no rogaba por el mundo. ¿Estará ahora rogando por el mundo que ignoró adrede? En ninguna manera, por cuanto también se dice que a Jacob amó pero a Esaú aborreció, antes de que hiciesen bien o mal. No concebiríamos después de semejante declaración del Espíritu el suponer que Jesucristo comience a rogar por los que el Padre no le dio, por los que el Padre rechazó aún antes de la fundación del mundo. De allí que una vez más se corrobora la expiación limitada de Jesucristo en la cruz, su alcance absoluto para los elegidos del Padre, más el beneplácito que causa en los redimidos el conocimiento de su palabra.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:19
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