Domingo, 17 de mayo de 2015

La Biblia fue dada por Dios para que todo el mundo sea salvo. Esta premisa presupone la habilidad de oír lo que en realidad está vedado de escuchar.  Fue Jesús quien dijo que a los discípulos les estaba permitido entender las parábolas, mas al resto les estaba imposibilitado de comprenderlas. Había una intención en dejar ciegos de entendimiento a los que no tuviesen oídos espirituales. Fue Dios quien le abrió el corazón a Lidia para que entendiese la prédica de Pablo y fuese alcanzada por su gracia, pero no lo ha hecho así con todos los que han oído el evangelio.

Las personas que no podían entender la palabra de Jesús no eran de sus ovejas (Juan 10:16 y 26). Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad (Isaías 6:9-10). Tal parece que el elegido de Dios es el único que puede tener ojos espirituales para ver y oídos espirituales para oír, desde el momento en que es llamado. Por eso la palabra de Dios es locura a los que se pierden, ya que las cosas espirituales se han de discernir espiritualmente.

Pablo fue hecho ministro de Dios para llevar su palabra; él exponía el misterio escondido por los siglos y generaciones, hecho manifiesto a los santos. Ese misterio era Cristo en el mundo gentil, la esperanza de gloria. Y este misterio fue dado a conocer por Jesús a sus discípulos, no así a todos los judíos a quienes les hablaba en parábolas para que no entendiesen: Para que viendo no vean, y no perciban; oyendo no entiendan, no vaya a ser que alguno se convierta y tenga que perdonar sus pecados  (Marcos 4:12).

Por lo dicho, los que presentan un evangelio diferente, así como anatema, se encargan de publicitar su demagogia. Ellos le hablan a la mayoría, a la cual han llamado voz de Dios, como si por decirlo fuese cierto el adagio. La mayoría siempre tiene la razón, es otra forma de argumentar lo primero. Pero esas falacias sumadas una tras otra no convierten el argumento torcido en veraz. La explicación que el lobo hace de Juan 3:16 deja ver otra de sus trampas para atrapar incautos.

La teología del lobo es que Dios amó a cada habitante del planeta creado, por lo cual entregó la vida de su Hijo para hacer posible en potencia la salvación a toda criatura. Añade el falsificador que el hombre depende de su propia voluntad para elegir, para aceptar el regalo, con una frase felizmente arminiana.  Respondemos que si Jesús hubiese venido a morir por todos, sin excepción, no habría dicho el lamento por Corazín y Betsaida, dos ciudades donde se hicieron milagros y no hubo fruto espiritual. Las comparó a Sodoma y Gomorra, donde si se hubiesen hecho aquellas señales hubiesen creído algunos. La pregunta lógica sería: ¿por qué no hizo los milagros en Sodoma y Gomorra, de manera que hubiese habido arrepentidos?

Es cierto que Dios amó de una manera tal al mundo, pero el mundo amado por Dios es la totalidad de los elegidos, de acuerdo al contexto del relato del evangelio de Juan. El que es creyente (pisteuon) tiene vida eterna, ya que  el enunciado no dice el que crea, sino el que es creyente (un participio de presente). ¿Y quiénes son los creyentes? Los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, pues no vino Jesús a condenar el mundo (que ya estaba condenado) sino a salvarlo (el de los elegidos). Pues si el amor de Dios por el mundo fuese extensible a cada criatura en particular, nadie sería condenado, ya que no depende del que quiere ni del que corre sino de la misericordia de Dios. Si Juan 3:16 se entiende como misericordia de Dios para con todo el mundo sin excepción, todos sin excepción serían salvos.

El que en él cree tiene vida eterna, afirma el texto; pero no dice pueda tener vida eterna, tampoco se lee tiene potencialmente vida eterna. La vida eterna es una actualidad, no una potencialidad. Por otro lado, los que no son creyentes ya son condenados; no dice el texto serán condenados sino ya son condenados.  El que cree en él no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18). De igual forma se dijo de Jacob y Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal, antes de su nacimiento. No obstante, se aclara que a pesar de ser elegido para salvación la persona en esta vida ha de creer en el evangelio anunciado en las Escrituras. Por eso se escribió en la Biblia que a los que Dios amó desde antes de la fundación del mundo los llamó en su debido tiempo. Asimismo se prescribe la predicación del evangelio en todo el mundo, pues ¿cómo creerán (los elegidos) si no hay quien les predique?

Los que están en Cristo Jesús no tienen ninguna condenación, éstos son los que no andan conforme a la carne sino al Espíritu. Una frase apositiva o explicativa que deja ver a los creyentes como las personas que andan en el Espíritu. No que haya dos tipos de creyentes, unos que creen pero caminan según la carne y contra el Espíritu, y otros que hacen lo contrario de los anteriores. Más bien la frase explica quiénes son los que están en Cristo Jesús, los que han sido hechos libres de la ley del pecado y de la muerte.

Aunque peque, el creyente no se deleita en el pecado sino que lo sufre como un trago amargo de dolor que le genera arrepentimiento ante el Padre.  Es lógico que los que andan tras la carne procuren sus cosas típicas  (los deseos de los ojos, la vanagloria y arrogancia de la vida, los deseos de su naturaleza corrompida). Esto es una oposición absoluta frente a los que andan conforme al Espíritu, lo cual no sugiere que no se cometa pecado. Pero cierto es también que los que andan conforme a la carne no pueden por naturaleza someterse a las cosas del Espíritu, debido a la clara enemistad de la naturaleza humana con el Dios de la creación. La mente carnal está en enemistad contra Dios, por lo tanto no agrada a Dios. En cambio, dado que el Espíritu de Dios habita en nosotros, en virtud del nuevo nacimiento, nos amistamos con Dios y nos dan placer las cosas que son del Espíritu. De manera que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él (Romanos 8:9).

Aunque el falsificador pretenda estar dividido en una multiplicidad de formas religiosas, el elegido por Dios discierne sin dificultad su variedad. Las muchas máscaras son manejadas por un solo actor, el padre de la mentira, el que ha entenebrecido el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio. Jacobo Arminio le hizo un servicio a Roma al introducirse con piel de oveja en la universidad de Leiden, para enseñar su herejía que se ha propagado como maleza y cizaña en medio del trigo. Su obra da fruto a ciento y a trescientos, pero aunque su esfuerzo le permitió ganar el mundo protestante del momento perder su alma no le aprovechó de nada.

Llamar su obra herética pero decir que sus seguidores son ovejas es una contradicción supina del espíritu humano. Por el principio de inclusión, el hacedor de herejías es tan hereje como su seguidor. Jesucristo habló de los ciegos guías de ciegos, pero calificó a los seguidores de los fariseos como doblemente dignos del castigo eterno. De manera que quien sigue a un hereje es doblemente responsable porque al no discernir desecha el análisis y procura una vez más su propia caída. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito; y cuando lo lográis, le hacéis un hijo del infierno dos veces más que vosotros (Mateo 23:15). Coloquemos el vocablo arminianos en lugar de escribas y fariseos y obtendremos igual resultado.

La razón del doble castigo es porque aparte de su ateísmo o de su malformación religiosa previa, el prosélito adquiere un conocimiento religioso desviado que suma a sus errores. Por otro lado, los prosélitos (seguidores ideológicos) son entrenados por sus maestros para llevar mayor perjuicio sobre otros, de manera que se conforma una cadena humana inextinguible, repleta de mentiras aprendidas.  El hacedor de herejías no es inocente, pero su discípulo repetidor y propagador del error tampoco lo es.  No en vano se escribió hace siglos el siguiente enunciado que resume lo que acabamos de exponer: Y Jehová no os dio corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír, hasta el día de hoy (Deuteronomio 29:4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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