Viernes, 15 de mayo de 2015

El verdadero creyente tiene una base sólida para su fe, como el constructor que edificó su casa sobre la roca y no sobre la arena. Vinieron vientos y aguas, pero la casa sobre el peñasco prevaleció contra los embates de la naturaleza. Lo mismo acontece a la mente del creyente que tiene una doctrina sólida, o que está en la Roca que es Cristo.

Por supuesto, puede darse el caso de conversos que titubean porque su enseñanza ha sido floja, pero si en realidad tienen el Espíritu de Cristo entonces tendrán también la mente de Cristo y su confianza será sempiterna. Hay un gran error que se pregona en los centros religiosos llamados cristianos, creído por la gran mayoría de los confesos, pero que descubre a quienes lo creen como ajenos a la verdadera fe.

De todas formas, si alguno se vuelve del error será porque Dios lo ha alcanzado con su gracia para escapar de la mentira. Se escucha en muchos sitios que la salvación se pierde, siempre que el creyente incurra continuamente en pecados, en especial en aquellos que son socialmente escandalosos.

Ante esta situación tenemos que razonar de acuerdo a las Escrituras. Si Dios amó a Jacob, desde antes de la fundación del mundo, será imposible que lo deje de amar. Pues lo que Él hace es lo que siempre quiso, de manera que no hay mudanza en su afecto puesto que el mismo no depende del objeto amado. La cualidad intrínseca de Jacob no difiere en lo más mínimo de la cualidad de Esaú. Ambos fueron hechos de la misma masa, por lo tanto ambos están contaminados por el pecado.

Pero desde la eternidad Dios se propuso rescatar a unos por el trabajo del Hijo en la cruz, en cambio dejó a otros en su pecado, a quienes también odió mucho antes de que hiciesen bien o mal. El propósito de esta actitud del Altísimo es demostrar el valor de su elección por sobre cualquier obra humana, de manera que nadie se gloríe en sí mismo y que solamente los escogidos sean salvos. De no haber sido por este amor eterno e inmutable, nadie sería salvo.

Si usted estudia a Cristo en el contexto de las Escrituras, comprenderá que la salvación es todo un trabajo suyo que ya consumó en la cruz. Cuando el Cordero dijo: Consumado es (Tetélestai), quiso expresar que la perfección de lo hecho no podía repetirse jamás. Ciertamente, el pecado nos agobia y a muchos les es tropiezo una y otra vez. Pero tenemos un caso narrado en la carta a los Corintios, el hermano que se acostaba con su madrastra. Pablo ordena reprenderlo y entregar su cuerpo a Satanás, a fin de que su espíritu sea salvo en el día postrero. En la segunda carta el apóstol ordena reincorporarlo a la iglesia, porque el pobre ya había sufrido demasiado y se había recuperado de ese escándalo en el cual había caído. Es decir, había sido enmendada su conducta pública ante la iglesia.

Este caso es motivo de tranquilidad para el creyente, pues si pecado tan feo no hizo que el hermano se perdiera en la eternidad se corrobora que la salvación recibida no fue obra suya. Fue obra completa de Jesucristo, quien es el autor y consumador de la fe. Si ese sujeto no hubiese sido salvo por completo, sino en forma intermitente, comprobaría que la salvación sería un trabajo suyo -con un poco de ayuda del Espíritu- lo que equivaldría a afirmar que Cristo no es suficiente para salvar completamente.

Cierto es que la Biblia menciona el término salvación, o salvar en muchos sentidos; de igual forma habla de perder o de perdición en sentidos diversos. No siempre salvar refiere a la salvación eterna, como no siempre el concepto perderse se motiva por la muerte eterna. En ocasiones un creyente se pierde en el presente tiempo en medio de diatribas innecesarias, de discusiones inútiles. Pero eso no significa que cuando la Escritura habla de evitar que el hermano se pierda se haga referencia a la muerte eterna. De la misma manera, ocuparse de la doctrina ayuda a salvarnos y a salvar a otros, pero no necesariamente de la muerte eterna. Si bien la doctrina importa y es un reflejo de lo que se ha creído, Pablo no le dijo a Timoteo que él mismo se salvaría de la condenación eterna si se ocupaba de la doctrina, por cuanto Jesucristo es el único que puede salvar. Los contextos son imprescindibles, como necesaria es la gramática.

Por otro lado, es de suma importancia comprender que el Señor no deja a sus hijos en la ignorancia. Hay ciertos elementos básicos del conocimiento espiritual que no pasan desapercibidos para los regenerados. El que ha nacido de nuevo es calificado como alguien a quien el Padre le ha colocado un corazón de carne y un espíritu nuevo para que aprenda a andar en los estatutos de Dios. Al mismo tiempo, ese regenerado ya no tiene el corazón engañoso y perverso, más que todas las cosas, por cuanto le ha sido quitado para siempre el corazón de piedra.

Pablo llama locos a los Gálatas, porque habían empezado por la gracia pero pretendían seguir con la carne (Gálatas 3:3). Ellos habían olvidado que Jesucristo era el único salvador de ellos. Hay una tendencia a querer meterse en el rescate para ayudar a aligerar la carga, pero es inútil en materia del espíritu. No ayudamos a Dios sino que nos complicamos a nosotros, nos turbamos en la mente y perdemos nuestra paz. El centro del evangelio es precisamente que nosotros estábamos muertos en delitos y pecados, pero Jesucristo nos dio vida eterna.

Los sacrificios del Antiguo Testamento sirvieron para ilustrar el sacrificio final del Hijo de Dios. A través de ellos muchos fueron liberados del pecado por cuanto tenían la fe en el Hijo, como le sucedió a Moisés, a David, a tantos otros. De igual forma, antes de la ley, la salvación de Abraham nos muestra que su fe le fue suficiente para ser llamado amigo de Dios. Su fe le fue contada por justicia, porque Abraham supo que de su simiente vendría el Salvador de los elegidos de Dios. Por esta razón el autor del libro a los Hebreos enfatiza que ya no es necesario ningún otro sacrificio a la manera de los que hacía Aarón, pues nos convenía un Sumo Sacerdote eterno y para siempre, que intercediese por nosotros. Cuánto más no debemos entender que ninguna suma que pretendamos hacer será tomada en cuenta; más bien, toda adición que hagamos será una blasfemia, un intento de descrédito al trabajo del Hijo.

En este punto debemos preguntarnos, ¿es Cristo quien nos salva o es apenas una ayuda la que nos da para que completemos su trabajo? Pues si Cristo es superior a los ángeles, a Moisés y a la Ley, al sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, cuánto más superior no será él ante los vanos intentos que hagamos por demostrar nuestra mortal y frágil justicia. El que la Biblia nos instruya para no caer de la gracia implica que no vayamos hacia atrás en búsqueda de algo que es inferior a Cristo, a su trabajo y a su persona. El creyente redimido por Jesucristo está imposibilitado de cometer el pecado imperdonable, de manera que no ha de temer la eterna condenación. Su perseverancia estará garantizada en la preservación que Dios hace de los suyos, por lo que cuando él persevera en la verdad reconoce que Dios lo ha preservado de la mentira.

Este error de creer que perdemos nuestra salvación es el reflejo de una creencia doctrinal herética, en donde el sinergismo prevalece sobre el monergismo. Sinergismo es el trabajo conjunto entre Dios y la voluntad dispuesta de la criatura, monergismo es el trabajo único y suficiente de Dios en salvar a los que quiere. Pues se ha escrito que no depende del que quiere ni del que corre (como si el sinergismo fuese posible) sino de Dios que tiene misericordia (el cual actúa monergísticamente).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:21
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