Jueves, 14 de mayo de 2015

Todo lo eterno tiene el carácter de lo absoluto. Nada puede ser asignado antes de un acto eterno como si fuere su causa eficiente. De esta forma, aparte de la voluntad de Dios no existe nada que lo estimule a hacer lo que ha hecho. La predestinación es la causa principal de todos los seres creados, por lo tanto no se puede argumentar que exista algo en la criatura que haya estimulado a Dios para predestinarlo en uno u otro sentido. La causa de la predestinación es el deseo de Dios, y más allá de este deseo no hay razones que lo induzcan a predestinar. Por eso la Biblia declara que nos predestinó según el beneplácito de su voluntad.

De manera que si Dios es la causa de todas las cosas, sería negarlo a Él si se afirmara que son las cosas creadas lo que lo mueven a actuar en uno u otro sentido. Al ser Dios, tiene múltiples atributos; es sabio, todopoderoso, absolutamente libre. La predestinación es sin condición en relación a la libertad divina. Dado que no existe estatus, cualidad o reputación alguna  en la criatura, el grado de la omnipotencia divina se sublima y rinde tributo a su gloria y majestad.

En el orden de las cosas resalta otra cualidad del Creador, su sabiduría. Aún en el pecado de Pedro cuando negó al Señor tres veces, por el solo hecho de que el apóstol regresara arrepentido, se observa la sabiduría de Dios. Tenemos la pareja de Jacob y Esaú, o la de Pedro y Judas, uno para vida eterna y otro para condenación eterna. Nada hay en estos personajes que haya movido la voluntad de Dios a favor o en contra. Si su creer o incredulidad fuesen antecedentes del decreto inmutable de Dios, tanto Pedro como Judas, o Jacob y Esaú, hubiesen sido atractivo suficiente para moldear la voluntad divina.

La libertad de Dios es nuestra esclavitud, pues si Adán hubiese sido libre de cualquier inclinación cabría la posibilidad de que no hubiese pecado. Si esto hubiese sucedido de la forma en que muchos piensan, si Adán no hubiese caído ante la tentación de la serpiente, entonces el Cordero de Dios, preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), no hubiese cumplido su propósito y Dios hubiese visto frustrado sus planes de redención. Lo mismo ocurre con Satanás, de quien muchos piensan que como agente malo surgió espontáneamente con poder propio. Si Dios no lo hubiese hecho primero bueno y después malo, no se validarían los muchos textos de las Escrituras que así lo anuncian: Hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4); ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad que Jehová no haya hecho?  (Amós 3:6); ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38). Al parafrasear el texto diríamos: ¿Salió Satanás de la boca de Jehová? La respuesta obvia es afirmativa.

No existe cualidad en la arcilla para que el objeto creado sea noble o innoble; más bien es el alfarero quien decide hacer un vaso para honra y otro para deshonra. Por cierto, éste es un alfarero que no tiene consejero y que además es dueño absoluto de su barro también formado por él. El objeto creado depende de la voluntad de su creador, no al contrario -como el absurdo de los que proclaman la libertad del albedrío humano. Desde ninguna perspectiva puede asumirse que la voluntad de Dios dependa de sus criaturas, ya que no ha habido nada fuera de Él que lo mueva a crear o a actuar en uno u otro sentido. Aún al malo, dijo el Señor, ha hecho para el día malo.

La suerte se echa en el seno: Mas de Jehová es el juicio de ella (Proverbios 16:33); Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías (Hechos 1:26); Dos versos antes los discípulos habían orado pidiéndole a Dios la decisión sobre quién tomaría el cargo que ostentaba Judas, ya que Dios conoce los corazones de todos los hombres. Recordemos cómo la suerte cayó sobre Jonás para que fuese lanzado de la embarcación, en el relato del Antiguo Testamento. Si Dios conoce los corazones humanos, esta suerte no es al azar en la perspectiva divina, lo es desde nuestra óptica. Con todo, los discípulos también supieron que pese a que ellos no sabían de antemano quién sucedería al cargo de Judas, Dios sí que lo sabía con certeza.

Pablo estima que nosotros los creyentes hemos tenido suerte, al haber sido predestinados para ser conformes a la imagen de Jesucristo. Ese es el vocablo de la versión Reina Valera Antigua, en Efesios 1:11. El término suerte aparece en muchas ocasiones en el Antiguo Testamento. Aarón echaba suertes sobre los dos machos cabríos, una suerte por el Señor y otra suerte para el macho cabrío expiatorio (Levítico 16:8). Aún la tierra de Palestina se repartió echando suertes al estilo de la lotería, de donde se deriva el término lote. Si usted mira el lote de tierra que le tocó a los hijos de Judá en Josué 15:1, descubrirá la relación del término lote con lotería o suerte.  El vocablo griego del Nuevo Testamento es κλῆρος (kleros) y tiene que ver con repartir las tierras en la herencia. Las más de las veces se liga al hecho de recibir la tierra inmerecidamente, simplemente como favor del padre moribundo quien ha podido desheredar al hijo si así lo hubiese dispuesto. Poco a poco y a través de los siglos adquiere el sentido jurídico ya conocido, lo cual pasa a ser un derecho inexpugnable. Pero en el sentido bíblico la semántica del término es otra.

Nosotros fuimos hechos herencia de Dios, por eso tuvimos suerte, ya que se nos repartió lote, el espacio para habitar en la presencia del Padre. Los linderos me han tocado en lugar placentero; es hermosa la heredad que me ha tocado -dice el Salmo 16:6- (esos linderos son las cuerdas, como traduce otra versión: las cuerdas -de medición del lote- me han caído en lugares deleitosos: las cuerdas de la medición de la heredad).

La suerte echada en el Antiguo y Nuevo Testamento tiene la intención en muchos de los casos de elegir sin intervención de la voluntad humana. Se le atribuía a Dios la decisión de ella, porque sólo Él es omnipotente y sabe lo que debe acontecer en el mundo y en su pueblo. Puesto que Dios es el que gobierna todas las cosas absolutamente, se considera que el resultado de echar suertes está bajo el control divino. Nuestra suerte está en manos del Todopoderoso. Y los malos también tienen su suerte echada: Al tiempo de la tarde he aquí turbación; y antes de la mañana ya no es. Esta es la parte de los que nos despojan, y la suerte de los que nos saquean (Isaías 17:14).

Hemos de concluir que si la absoluta voluntad de Dios es la que causa todas las cosas, ningún acontecimiento se da al margen de la voluntad divina. La voluntad de Dios no puede jamás ser resistida, lo que deseó esto acontecerá (Isaías 14:24; Salmo 115:3). Por este conocimiento Job pudo exclamar: Yo sé que Tú puedes hacer cualquier cosa (Job 42:2). Nuestra sumisión debe ser tan absoluta como sensata, de la forma en que lo reconoció el profeta: Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros lodo, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos, todos nosotros (Isaías 64:8).

El Dios incausado causa todas las cosas, a diferencia de los dioses griegos creados por la imaginación humana. Mal podemos invertir la carreta y colocarla frente al caballo, como mal podríamos nosotros suponer que antes de que existiésemos Dios vio atributos en nosotros para escogernos. Nos escogió cuando estuvimos en su pensamiento, antes de la fundación del mundo sin que hubiésemos hecho ni bien ni mal. Como nadie puede resistir a esta voluntad tan soberana y poderosa, surgen muchos objetores de su soberanía preguntándole por qué razón inculpa, ya que nadie puede resistir su destino. Esaú fue creado como vaso de deshonra, sin que hubiese obra mala en él (antes de hacer bien o mal, antes de nacer). Por otro lado Jacob tampoco hizo méritos para ser escogido como vaso de honra, y eso enardece a la criatura en su estado natural. Acostumbrado como está a ver a Dios como un juez que premia y castiga en base a buenas o malas obras, al hombre natural se le increpa desde las Escrituras a que cambie de mentalidad respecto a Dios. Por eso se le dice que se arrepienta, lo que no es otra cosa que someterse a la metanoia griega: el cambio de mentalidad, pero en este caso respecto a Dios.

Un Dios absoluto e incausado bien merece que nos aboquemos a estudiarlo hasta admirarlo. Ciertamente no hay Dios como el descrito, y no podemos hacerlo semejante a nadie. Solamente Él es Dios y no hay quien de su mano libre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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