Martes, 12 de mayo de 2015

En la Biblia se ha escrito que Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo. Imaginemos por un momento lo que eso significa, que el ser más importante del universo nos haya pensado, que su pensamiento tuvo lugar mucho antes de que hubiésemos nacido, aún antes de la creación de nuestro planeta. Incluso, Satanás todavía no aparecía en escena, de manera que él no estorbó tan grande amor.

La razón por la cual no cambia el consejo de Dios es muy sencilla. Hay una característica en la esencia divina que imprime carácter eterno e inmutable a todos sus actos, hablamos de la inmutabilidad de Dios. Empero si él se determina en una cosa, ¿quién lo apartará? Su alma deseó, é hizo (Job 23:13). Otros textos nos recuerdan que Dios no es hombre para que mienta o se arrepienta, que el Señor no cambia, que en él no hay sombra de variación. Se agrega que el consejo de Dios permanece para siempre

Los seres humanos no tenemos una referencia clara en nosotros mismos, acerca del no cambio, dado que cambiamos a menudo de parecer. Por el contrario, de Dios se ha escrito que conoce todas sus obras desde el principio del mundo. Podríamos decir que Dios ha decretado el cambio de las cosas sin que Él tenga la necesidad de cambiar. Para nosotros el tiempo marca la dinámica, el movimiento, ya que implacable el reloj corre anunciando que algo pronto termina. Pero como Dios no está sometido al tiempo (una creación suya) no tiene semejante problema como los humanos, de allí que nuestra referencia de lo incambiable se esfuma y nos cuesta trabajo pensar en la inmutabilidad del consejo de Dios.

Pero hay otro texto que nos habla de una consecuencia de lo acá expresado. Ya nosotros estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo, incluso el Cordero de Dios preparado desde la fundación del mundo fue inmolado desde entonces (Apocalipsis 13:8). En otros términos, Dios nos pensó con nuestro destino, nos dio un guión que cumplir sin que falte ni una de sus palabras. La razón por la cual todo su pensamiento ha de completarse a cabalidad es porque Él no cambia, de manera que si pensó algo de nosotros fue porque lo deseó, y cuando su alma ha deseado algo lo ha alcanzado sin estorbo. No hay nada difícil para Dios, el que pudo hacer el mundo en seis días -si bien ha podido hacerlo en un instante. A su voz la luz apareció, las aguas se ordenaron, la tierra dio su fruto; con el accionar de su mano el barro fue movido y el hombre esculpido. ¿A qué haremos semejante a Dios?

En la perspectiva de su inmutabilidad miramos mejor la predestinación que ha hecho de nosotros. Sería natural en Él que nos predestinase, por cuanto si pensó el final desde el comienzo entonces también ha ordenado que aparezcan los medios para alcanzar sus objetivos. Judas tuvo que ser preservado hasta el momento de la traición, la cual no pudo acontecer ni antes ni después de lo sucedido al Hijo de Dios.

La providencia de Dios es otro de los grandes asuntos que pueden ser mirados como consecuencia de su inmutabilidad. Lo que deseó eso hizo, lo que hizo tiene un principio y un final desde nuestra perspectiva, por lo tanto tiene que suplirse el conjunto de elementos que se necesita para su acabado. Hay circunstancias, tiempo y modo en el tetélestai del Señor en la cruz: Consumado es. Para lograr ese objetivo hubo que suplir toda una serie de necesidades que lo condujeran al cumplimiento de su propósito eterno.

Sin Judas y el Sanedrín no habría habido crucifixión, sin la turba enardecida que gritaba por el martirio el Mesías no hubiese acabado su obra. Pilatos tuvo que lavarse las manos, aunque pensara en soltar al inocente hombre en la sala del crimen. De la misma forma acontece en nosotros, ya que hemos creído por la palabra que se nos ha anunciado. Tuvo que llegar ante nuestras manos algún texto de la Escritura, alguien tuvo que leerlo por primera vez, alguna onda de radio lo anunció, otro nos habló, tal vez oró al cielo por nuestro entendimiento en materia espiritual. Lo cierto es que son providencias creadas por el Padre para que se cumpla lo que Él hubo deseado desde antes de la fundación del mundo.

De otra forma continuaríamos sumergidos en los delitos y pecados, en la ignorancia completa acerca del Hijo de Dios. El decreto de Dios concerniente a la salvación de su pueblo a través de Jesucristo es inmutable. La soberanía de su voluntad que no tiene consejero, lo inescrutable de su sabiduría que nadie logra comprender, la omnipotencia de su mano que hace cuanto quiere, junto a la incondicionalidad del objeto decretado, exhiben el gran amor que nos ha dado el Padre. Porque si hubiese condición en el objeto entonces su voluntad sería movida por agentes externos; mas la criatura no es nada sin la orden del Creador, como nada fue antes de que se la pensase, por lo cual da más gloria a quien la ha formado.

Dios quiso pensarnos con vida eterna como promesa, como herederos entre todos los que somos de Cristo. Por tal razón nos justificó por la justicia del Hijo, nos hizo creer en él, nos concedió llamarnos hijos de Dios. La inmutabilidad de su consejo viene sellada por dos cosas también inmutables: 1) Su palabra pura, como plata purificada en horno de tierra, siete veces refinada, según palabras del Salmo 12:6;  2) Un juramento por Sí mismo, ya que no tiene alguien más alto ante el cual jurar. Hubiese bastado su palabra sola, pero quiso remarcar la trascendencia perpetua de su decreto y le anexó un juramento por Él mismo.

En consecuencia, tenemos un gran consuelo en el hecho de que Dios no miente ni nos engaña. Pero pese a que jamás una palabra suya se haya torcido, quiso confirmar la promesa dicha a través de un juramento. Es imposible que Dios mienta, engañe o cometa algún error; es imposible que su propósito sea frustrado o que se arrepienta como humano de su propósito eterno. La promesa de Dios para nosotros está basada en la esperanza de la vida eterna, que el Dios que no miente prometió desde antes del comienzo del tiempo (Tito 1:2).

Nosotros, mortales y pecadores, aunque redimidos por la gracia de Dios, necesitamos un fuerte consuelo por causa del pecado que nos agobia. El tribunal acusatorio al cual somos llevados con frecuencia para escuchar al Acusador de los hermanos, el mundo con su mensaje reiterativo acerca de los deseos de la carne, la pasión de los ojos y la vanagloria o arrogancia de la vida, exigen una consolación también reiterativa. Por esta razón debemos entender y recordar que la palabra de Dios es verdad, pero que además en materia de salvación se nos ha jurado que ella es verdad. Este doble lazo nos golpea el alma diciéndonos que Dios no miente.

Si hemos creído que Dios con su voz ordenó la luz, que la voz de Cristo levantó a Lázaro de los muertos, que la muerte no pudo contener al Hijo de Dios en sus entrañas, que el dios de este siglo ya ha sido juzgado, entonces será mucho más fácil creer la promesa doblemente validada. Gran consuelo tenemos en ella los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Su gracia contrasta con la bajeza del pecado en nosotros y con nuestra debilidad para mantenernos firmes por mucho tiempo. Caemos a menudo, pero abogado tenemos para con el Padre; si pecamos confesamos nuestro pecado ante quien es fiel y justo para perdonarnos. La gracia no solamente contrasta sino destaca el gran amor de Dios al hacernos herederos de la promesa que hemos creído. La inmutabilidad del consejo de Dios es la esperanza del creyente.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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