Lunes, 11 de mayo de 2015

Existe una teología que ha luchado por prevalecer a través de los siglos, desde muy cerca de la aparición del cristianismo. Pelagio fue su creador, al sostener que el hombre nace sin pecado original, libre para escoger entre el bien y el mal. Normalmente se hace una distinción entre el temprano Pelagio, que cree que el ser humano puede salvarse sin Jesucristo, y el tardío Pelagio, que admite la necesidad de Jesucristo pero que sostiene todavía que el ser humano tiene libertad para tomar uno u otro camino.

La condena de este teólogo por herético fue contundente, pero su parcial arrepentimiento resultó en una treta para que su otra parte de la teología se le admitiera. Es como que si las muchas pequeñas herejías pasasen desapercibidas frente al escándalo de la gran herejía: arrepentido del gran error doctrinal -de pretender la salvación sin Jesucristo-, la iglesia se dejó permear de los pequeños errores del mencionado teólogo.

Pero con la aparición de la Reforma Protestante hubo una revisión tácita de la enseñanza de Pelagio, al punto en que la nueva iglesia rechazó por anti Escritura la vieja tesis del libre albedrío. De esto hizo Roma su bandera y bajo la Contrarreforma y junto al Concilio de Trento (1545-1563) declaró maldito a todo aquel que negare el libre albedrío. CANON IV: Si alguno dijere, que el libre albedrío del hombre movido y excitado por Dios, nada coopera asintiendo a Dios que le excita y llama para que se disponga y prepare a lograr la gracia de la justificación; y que no puede disentir, aunque quiera, sino que como un ser inanimado, nada absolutamente obra, y solo se ha como sujeto pasivo; sea excomulgado - anatema sit (sea maldito). CANON IX: Si alguno dijere, que el pecador se justifica con solo la fe, entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere a conseguir la gracia de la justificación; y que de ningún modo es necesario que se prepare y disponga con el movimiento de su voluntad; sea anatema - anatema sit. Esto contraviene abiertamente lo que dice la Escritura: Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley (Romanos 3:28). Porque ¿Qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia (Romanos 4:3). Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8). Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). CANON XXIV: Si alguno dijere, que la justicia recibida no se conserva, ni tampoco se aumenta en la presencia de Dios, por las buenas obras; sino que estas son únicamente frutos y señales de la justificación que se alcanzó, pero no causa de que se aumente; sea anatema - anatema sit. Esto también contradice la Escritura: ¡Oh Gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? (Gálatas 3:1-3).

Desde Roma financiaron a un teólogo llamado Jacobo Arminio, para que penetrara las filas del protestantismo. Este profesor holandés de la Universidad de Leiden, que vivió entre los años 1560-1609, fue la punta de lanza del movimiento jesuita al servicio de Roma. Existe una carta de un jesuita, de 1628, enviada al rector de Bruselas, con el objetivo de dar a conocer al Superior de los Jesuitas, un informe sobre las posturas civiles y eclesiásticas en Inglaterra. Veamos un extracto: Padre Rector, no permitáis que la humedad del asombro capture su alma ardiente y celosa, deteniendo el llamado no esperado y vaporoso de un Parlamento. Ahora tenemos muchas cintas en nuestro lazo. Hemos plantado esa droga soberana del Arminianismo, la cual esperamos purgue a los Protestantes de sus herejías; y floreció y lleva fruto a su debido tiempo. Para la mejor prevención de los Puritanos, los Arminianos ya han cerrado con llave los oídos del Duque (de Buckingham); y tenemos aquellos de nuestra propia religión, que se encuentran continuamente en la cámara del Duque, para ver quién entra y quién sale: no podemos ser demasiado prudentes y cuidadosos en este respecto. Estoy, en este momento, transportado por el gozo, de ver cómo felizmente todos los instrumentos y medios, tanto grandes como menores, cooperan para nuestros propósitos. Pero, para regresar a nuestro punto principal – NUESTRO FUNDAMENTO ES EL ARMINIANISMO. Los Arminianos y los planificadores, como aparece en las premisas, producen mutaciones los unos en los otros. Esto secundamos y hacemos cumplir por argumentos probables (Escritos ocultos de la oscuridad, p. 89, 90. Edit. 1645. Véase también: El Arminianismo: El Camino a Roma. Augustus Toplady -1740 – 1778).

 

La doctrina arminiana.

Prudente resulta conocer los pormenores de la doctrina de Arminio, la cual ha minado las iglesias protestantes de hoy día. Podemos decir que un gran porcentaje (quizás el 85%) de los protestantes militan en las herejías del teólogo holandés financiado por Roma. El arminianismo cree que el pecador se ayuda con su libre albedrío para arrepentirse y creer. Sostiene que la persona natural es un pecador pero no un hombre muerto en delitos y pecados, como declara la Biblia.

El arminianismo predica que existe una gracia preventiva (gracia general) para toda la humanidad, por la cual el individuo puede creer y ser salvo si su voluntad lo decide. En este sentido, sostiene que Jesucristo hizo posible la salvación para toda la raza humana, pero su gracia salvadora se hace ineficaz en los que no aplican dicha gracia para su vida. Los arminianos creen que Dios da el regalo de la salvación, pero es deber del hombre aceptarlo. De igual forma exponen que al acto individual de la fe Dios responde con el regalo de la salvación.

La Biblia enseña que es Dios quien escoge al hombre y no el hombre quien escoge a Dios. Añade la Escritura que no hay nada bueno en el ser humano, que no hay quien busque a Dios, que no hay ni siquiera un justo por naturaleza humana, de manera que Dios no escoge basado en las obras humanas sino en la gracia soberana (a Jacob amé y a Esaú aborrecí, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que naciesen).

Redundando en el punto anterior, el arminianismo enseña que Dios predestina a la gloria solamente a aquellos que conoce de antemano, de los que está seguro que por su solo acto de libertad escogerán creer en Jesucristo. En otras palabras, Dios escogió a aquellos que supo creerían en Él. La elección de Dios estaría basada en el trabajo del pecador. El énfasis en la libertad humana y en su habilidad hace que el hombre pueda resistir la gracia divina. En otros términos, aparece una blasfemia colateral en el arminianismo, la que ve a Jesucristo como un mendigo que ruega al pecador para que se salve. La soberbia humana insulta a su Creador, como contrapartida de la blasfemia, al responderle que si el hombre es salvo es porque quiso serlo, y si no lo es fue porque no lo quiso ser. Dios no tiene ni arte ni parte en la decisión de la salvación o de la condenación de la humanidad, simplemente es un facilitador y moderador.

Como si fuera poco lo dicho, hay un gazapo grande en el planteamiento de la tesis de Arminio. Si Dios eligió a quienes supo lo acogerían libremente, ¿cuál es la razón para que Jesucristo muriera por los que no iban a creer nunca? Incluso bajo esta premisa arminiana la expiación de Jesucristo debería ser limitada. Se agrega que la responsabilidad moral del hombre no depende de su libertad de elección, pues muerto en delitos y pecados no puede decidir lo que le conviene. Una persona puede ser responsable de una deuda heredada, muy a pesar de que no pueda saldarla. Si alguien habita una vivienda que no le es propia, pero no tiene adonde más ir, su carencia económica no lo habilita para seguir habitando el inmueble. La inhabilidad moral humana no se excusa en la carencia de libertad para decidir; no existe la compatibilidad entre libertad de decisión y responsabilidad humana. Los habitantes de un país heredan colectivamente la deuda externa e interna de su nación, incluso si ésta fue adquirida antes de que ellos naciesen. Su falta de libertad en la toma de decisiones de sus precursores no los excusa del deber de pagar tal deuda.

Si esto sucede en materia terrenal, cuánto más no será obligante en materia celestial. Colocar la libertad de la voluntad como requisito previo para la asunción de la responsabilidad, es un ignorancia suprema en lo terreno y en lo celeste. Más bien, a Dios le plació en su soberana gracia el escoger a algunos para vida eterna y a otros para condenación eterna. Por su placer eterno eligió Dios, por consecuencia de su elección llamó a sus escogidos a la vida eterna. Esto ha enardecido por siglos a los que objetan las Escrituras, por lo cual exclaman: si esto es así, ¿por qué Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? (Romanos 9).

En resumen, la doctrina arminiana pregona la salvación por obras tan querida por Roma. Si la palabra de Dios dice que el hombre no puede ir a Dios, el arminianismo dice que sí puede. Si el pobre pecador siente que no puede, el arminianismo le dice que él puede si quiere. Donde la Escritura declara que Dios escogió al hombre, el arminianismo se apura a decir que fue el hombre quien escogió a Dios. Donde la Escritura decreta la muerte moral de la humanidad caída, Arminio junto a Pelagio revierte la declaración divina al proclamar que el hombre tiene la capacidad para decidir. Si Jesucristo dijo que ponía su vida por las ovejas y no rogó por el mundo, Arminio desmiente y clarifica al proponer que Jesucristo puso su vida también por los cabritos. El arminianismo llena de arrogancia el corazón humano, dándole motivos para vanagloriarse: yo asumo, yo decido, yo puedo; yo declaro, yo decreto, yo elijo. Pero la Escritura nos recuerda que no es por obras para que nadie se gloríe ni se jacte en su presencia.

La responsabilidad humana no se fundamenta en que el ser humano tenga libre albedrío, sino en la declaración de Dios de que el hombre es responsable de sus pecados o errores. La concepción teológica o filosófica acerca de que el hombre debe ser libre para creer y arrepentirse, de manera que solo por esta vía pueda ser declarado responsable de hacerlo o no hacerlo, es antibíblica. Nadie puede venir a mí, a no ser que el Padre lo arrastre hasta mí (Jesucristo). Ustedes no creen porque no son de mis ovejas (Juan 10:26).

Cabe la pregunta de rigor, ¿en cuál evangelio crees? ¿En el de la gracia o en el de las obras, en el de las Escrituras o en el anatema? ¿Crees en el evangelio de Arminio o en el de la gracia soberana? Pues si alguno predicare un evangelio diferente al anunciado (en la Escritura) el tal debe ser decretado anatema (Gálatas 1:8). Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?   (2 Corintios 13:15).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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