Jueves, 23 de abril de 2015

Quizás muchos estudiosos de la Biblia aseveran que se llega a creer si Dios así lo dispone. Es muy cierto, pero también parece serlo el mecanismo para alcanzar tal meta. Primero que nada existe un supuesto lógico que nos asegura que es necesario que quien se acerca a Dios crea que le hay. Este principio elemental es un supuesto bíblico, pero es también un universal del intelecto. ¿Cómo conocer a Dios si no hay quien lo predique? Al parecer, Jesucristo expresó una idea similar la noche antes de su crucifixión: rogó por los que habrían de creer por la palabra de sus discípulos (Juan 17).

El que ha predestinado el fin asegura los medios también predestinados. Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, con lo cual el apóstol afirmaba que ese era el método básico para que la persona llegue al conocimiento teológico necesario y comprenda quién es Dios. La predicación ocurre en diferentes formas, pero la simple lectura de la Escritura o la exposición de ella pueden llevar a la reflexión de la persona a quien se le dará la fe.

El ladrón en la cruz es un ejemplo interesante de lo que se intenta decir. En apariencia era un ignorante de la teología, como parecen esgrimir algunos. Hay quienes suponen que en ese personaje se ve la manifestación de la salvación con la ausencia total de teología, por lo cual reclaman prescindir de ésta en pro del misticismo puro. Por este camino se desprenden del intelectualismo y sostienen la dicotomía corazón - mente, como elementos antagónicos.

Pero aquel malhechor que estuvo al lado de Jesús no fue ajeno a la teología, más bien sostuvo una doctrina apegada a las Escrituras. El cumplió con el precepto de creer que Dios existe, pues de otra manera no se habría acercado a Él. Reconoció que Jesucristo era el Señor, que vendría de nuevo con su reino; de esta manera supo que resucitaría, ya que no podría volver si hubiese quedado en la tumba por siempre. También conocía que su vecino era un hombre justo que no merecía el castigo de los impíos (como él y su camarada al otro lado de la cruz). Tal conciencia evidencia que entendió que Jesús era el Cordero sin mancha del que hablaban las Escrituras.

Hay muchos otros aspectos que se pueden deducir de ese escenario del evangelio. A pesar de saberse pecador, el ladrón entendió que Jesucristo podía acordarse de él en su regreso. Aquel impío comprendió que solamente Jesús podía hacerlo digno de tan magnánimo deseo, acordarse de él cuando volviera a la tierra.  Solamente alguien que fuera Dios podía morir y resucitar para venir a instalar un nuevo reino, lo cual muestra la doctrina que Jesús explicó una y otra vez cuando las señales divinas lo acompañaban en esta tierra.

En medio de la multiplicidad de dioses en que convivían los romanos, cualquiera podría estar propenso a contaminarse con esas ideas religiosas. En medio del odio judío que enardecía a las multitudes para que acompañaran a Jesús hasta el suplicio, aquel ladrón pudo haber seguido el rumbo del escándalo que lo rodeaba. Sin embargo, no se fue tras Júpiter o cualquier otra divinidad romana (en su mayoría prestada del paganismo helénico), no siguió la corriente de odio del judaísmo que maldecía a Jesús. Más bien sintió dolor por lo que su compañero de marras decía contra el Señor martirizado en aquella cruz.

La burla y el sarcasmo no adornaron sus palabras, tampoco la duda. No hubo un si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y luego a nosotros; esa teología de la barbarie quedaba para el otro impío que moría desolado, sin ningún conocimiento de lo que de veras acontecía a su alrededor. Sabemos que, para poder actuar de la manera como lo hizo, el arrepentimiento de aquel hombre fue el producto de haber nacido de nuevo. Esta es una operación exclusiva del Espíritu Santo, como ya lo había explicado Jesús a Nicodemo. Aquello no era obra humana por ningún ángulo, sino una actividad divina. De igual forma comprendemos que luego de su regeneración pudo manifestar su prístina teología que contrastaba con la bárbara religión de su compañero de prisión.

El ladrón arrepentido exhibió un conocimiento conforme a ciencia, ya que no interpuso su propia justicia ante la justicia de Dios que es Cristo. Al igual que el publicano, se sintió pecador y comprendió por sus maldades que nada bueno tenía que ofrecer. Su grito de angustia fue similar al del hombre público que clamó sé propicio a mí, que soy pecador.

El no tuvo obra alguna para ofrecer porque todas eran indignas, como las del hombre público del relato del evangelio. No pudo decir que no adulteró o que no robó, o tal vez que no asesinó. Al contrario, su conducta reconocida merecía castigo. Cuando se ha nacido de nuevo se tienen todas las obras hechas como nada y como menos que nada, se consideran sin mérito alguno ante el tamaño del pecado perdonado. Al mismo tiempo, se reconoce que la sangre de Jesús fue suficiente para pasar por alto el pecado que amerita la muerte eterna. El hecho de que el compañero impío no haya podido ver esta realidad indica que no había nacido de nuevo.

Hay una diferencia entre el que nace y no nace de nuevo. El que nace del Espíritu reconoce humildemente su incapacidad para alcanzar misericordia, pero el que continúa en su impiedad no puede comprender el reino de Dios. El que ha nacido de nuevo se ocupa de su teología, de lo que cree, de la salvación tan grande que le ha sido dada. Este se dedica como Timoteo a indagar en la doctrina, para librarse de las herejías, para ayudar a otros en la tarea. Lejos de ser un ignorante sus ojos se abren al entendimiento acerca de las enseñanzas del Hijo de Dios, de su persona y de su obra. Comprende que cuando se dijo Consumado es se realizó todo el trabajo expiatorio necesario y ya no hay nada más que agregar.

El ladrón arrepentido en la cruz muestra la expiación limitada de Jesús, pues su colega no fue alcanzado por aquella gracia que sostuvo al hombre que nació de nuevo. Por esa razón se entiende que Jesús murió por uno de ellos y no por el otro, se comprende que la noche antes Jesús oró por los que el Padre le había dado y no por el mundo. Podemos preguntarnos dónde había oído ese ladrón acerca de lo que hacía el Señor. Tal vez lo escuchó mientras estuvo libre, poco antes de ir a prisión; a lo mejor lo escuchó en el calabozo, pues era notorio lo que el Señor hacía acompañado de señales prodigiosas que testificaban de ser el Mesías esperado. Lo que sí sabemos es que una vez que el Espíritu lo vivificó su teología se manifestó límpida, sin subterfugios ni con mezclas ideológicas.

El ladrón en la cruz no creyó en Astarté -Afrodita o Venus- (la diosa de moda de los paganos de entonces), como tampoco colocó su justicia al lado de la de Cristo. No creyó en el Dios no conocido en adición a otras creencias de divinidades paganas, no miró a un apóstol para que intercediera por él, no hizo ninguna obra buena como ayudar a los pobres, dar ofrendas o ir a un templo a adorar, ni tuvo tiempo de bautizarse. Lo que sí hizo fue comprender que Dios es justo y  es el justificador, por medio de la fe en Jesucristo. El otro ladrón se hallaba en la misma condición que él, pero lejos de la gracia divina. ¿Habrá muerto creyendo que tenía algún mérito para ser salvo, o que su propio martirio en la cruz como malhechor pagaría por sus males? Lo que sabemos es que murió envuelto en su soberbia sin que le importara la teología, lo cual es ya una mala teología.

El ladrón redimido fue justificado por la fe sin obras (Romanos 3:28).  La expiación eficaz de Jesucristo implicó la sustitución de la pena eterna de aquel ladrón, también anuló la ira de Dios para siempre en su vida. En aquel sacrificio se vio a Dios como Padre que lo escogió desde antes de la fundación del mundo, al Hijo muriendo por el elegido y al Espíritu Santo llevándolo a Cristo a través del nuevo nacimiento. El ladrón en la cruz se agradó al saber que ese mismo día estaría con el Señor en el Paraíso. Mucha teología en unos breves instantes y toda ella aprendida por una misma fuente: el Señor de las Escrituras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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