Domingo, 12 de abril de 2015

El Faraón de Egipto no tuvo congojas por su muerte, jamás se propuso indagar más de lo sabido en relación al Dios de Moisés. Su relación con sus dioses le impedía siquiera pensar en la idea de un solo Dios. A pesar de haber sido testigo presencial de algunas de las maravillas del Dios de las Escrituras, el Faraón fue endurecido en su corazón. De sus entrañas emergió un profundo odio contra aquellos seres humanos que eran considerados el pueblo de Dios.

La naturaleza humana está enemistada con Dios. Pero más allá de suponer que la adversidad entre la tierra y el cielo es uniforme, debemos comprender que la soberanía de Dios gobierna cada detalle del odio. El Faraón fue levantado con un propósito específico, el cual ha cumplido a cabalidad en la historia de la humanidad. No podemos suponer que sucede algo distinto con el resto de la gente, pues el que puede lo más puede lo menos. Si el corazón del rey está en las manos de Dios y para donde quiere lo inclina, cuánto más no lo estarán aquellos que son de menor escala social y política.

Si Dios no hubiese querido la caída de Adán lo hubiese preservado de caer, y si no lo preservó fue porque quiso que cayese. Lo mismo le ha acontecido al Faraón, a Pilatos, a Judas Iscariote y de igual forma le sucederá a cualquiera que haya sido predeterminado para cumplir el propósito de la ira divina. Todo lo que Dios ha querido lo ha decretado, pues no hace nada que no haya decretado y no decreta nada que no quiere que acontezca; tanto la voluntad y el decreto son absolutamente eternos, por lo cual su ejecución acontecerá en el tiempo debido (Zanchius, Jerome. The Doctrine of Absolute Predestination).

Si hubiese un solo texto que hablase al respecto, bastaría el de la carta de Pedro. Aunque hay una gran variedad que refiere al tema, baste la cita siguiente: Ya ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos por amor de vosotros (1 Pedro 1:20). Cristo estuvo preparado desde antes de que Dios hiciese a Adán, de manera que el propósito de la expiación precedió al pecado humano. ¿Cómo pudo Adán no pecar, si Jesucristo había de venir a redimir a su pueblo de sus pecados?

Semejante argumento puede ser extendido hacia el Faraón, ¿cómo pudo no haber sido endurecido si ese era el propósito de Dios? (Romanos 9:17). Si Judas era el hijo de perdición y la Escritura tenía que cumplirse, ¿cómo pudo no haber traicionado al Señor si ese era su destino? Mirarán al que traspasaron o me mirarán a Mi, a quien traspasaron (Juan19:37 y Zacarías 12:10), una profecía completada en relación a Jesucristo. El lancero romano no pudo menos que cumplir lo que aparecía en su guión, aunque él no lo supiese.

Nadie puede decir que Dios no tomó partido en la crucifixión de su Hijo, pues al mínimo detalle se escribió desde siglos atrás sobre la forma en que vendría y cómo sería sacrificado por manos de inicuos. ¿Acaso podemos dudar de lo que se ha escrito para el futuro de la humanidad? Pablo expuso abiertamente el problema que se le presenta a quien se molesta con Dios por aquello que tiene que pasar, muy a pesar de que lo que acontezca se supone ajeno al amor divino. ¿Por qué, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? Este es el punto álgido de la teología en el corazón del hombre que no armoniza con el Espíritu de Dios.

La visión que Dios nos da de su soberanía es que es absoluta e irresistible. Y si Dios creó al malo para el día malo (Proverbios 16:4) hemos de suponer que también creó a los objetores de su soberanía, a quienes les ha dicho: ¿quién eres tú, para altercar con Dios? Lo que sigue de su argumento lo conocemos, que somos comparados a ollas de barro en manos del alfarero cuya voluntad consiste en hacer unos vasos para honra y otros para deshonra. Sin duda, el objetor es contado dentro de los vasos sin nobleza.

Cualquiera que niegue la voluntad de Dios en todo cuanto acontece niega a Dios mismo. La voluntad, el decreto y el conocimiento previo (en virtud de lo que ha decretado) no son nada más que Dios queriendo, decretando y conociendo (Zanchius). Este es un argumento de implicación excelente:  por cuanto Dios es simple, libre de accidente y composición, todo lo que decreta forma parte de su esencia. Su voluntad inmutable habla de Él como si fuese un atributo esencial -nunca accidental o que forma parte de otro elemento-, por lo tanto quien niega esa voluntad inmutable lo niega a Él.

Dice la Biblia que no cae a tierra un pájaro sin mediar la voluntad de Dios en ello, también agrega que aún los cabellos de nuestras cabezas están todos contados. Dos cosas tan simples y aparentemente intrascendentes han sido preordenadas y atadas al plan maestro de Dios. El destino humano es mucho más relevante que la caída de un ave o que conocer el número de nuestros cabellos, por lo cual el Dios que se interesa de lo menos se ocupa de lo más.

A un grupo Dios lo llama manada pequeña, son los que ha reservado (Jeremías 1:20), los formados para Él mismo (Isaías 43:21); son los que entienden los misterios del reino de los cielos (Mateo 13:11), el remanente de acuerdo a la elección por gracia (Romanos 11:5), los cuales son puestos para alcanzar la salvación por Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:9). Esta gente tiene sus nombres escritos en el libro de la Vida (Filipenses 4:3) y conforma en su totalidad el conjunto de los cuales Pedro refirió: Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).

A otro grupo Dios lo ha identificado como odiado por Él antes de que naciesen (Romanos 9:11-13), preparado para destrucción (Romanos 9:22), hechos para el día malo (Proverbios 16:4), los que desde antiguo habían sido destinados para esta condenación (Judas 4) los que convierten la gracia de Dios en libertinaje y niegan al único Soberano y Señor nuestro, Jesucristo. Estos son los que no pueden creer por no ser parte de las ovejas de Jesús (Juan 10: 26), los que murmuran diciendo que la palabra de la predestinación es dura de oír (Juan 6: 60).

Podemos estar ciertos de que cuando Dios dijo que predestinó a los que antes conoció, se refería a los que antes había amado. El conocer bíblico se inclina hacia el amar. Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron un hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño. Nunca os conocí, dirá el Hijo de Dios a pesar de toda su Omnisciencia. La verdad es que el amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). Fue él quien nos escogió, no nosotros a él (Juan 15:16).

Ser del mundo implica ser de un mismo espíritu y de iguales principios con él, así como abordar sus mismas prácticas. Dado que el mundo ama lo suyo, en virtud de su semejanza, los hombres del mundo se aman, se aprecian entre ellos y disfrutan sus tertulias. Esto lo dijo Jesús cuando aseguró: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pese a que un día fuimos del mundo y tuvimos las mismas conversaciones efímeras y carnales, con idénticos principios y prácticas, ya no somos del mundo,  por cuanto fuimos llamados por Cristo para seguirle.

Seguimos a Jesucristo porque él nos eligió del mundo, por lo cual el mundo nos aborrece. Pero contrario a tomarlo como una carga esto pasa a ser motivo de regocijo, ya que es un signo del llamado eficaz y de la no pertenencia al mundo. En tal sentido ya no seguimos al príncipe del mundo, sino que fuimos llamados de las tinieblas a la luz. Ya no buscamos la banalidad, lo terrenal, lo sensual, ni somos dados al placer de las riquezas, a la ambición, ya que todo esto se nos opone por naturaleza.

Ahora somos influenciados por principios ajenos al mundo, somos amados por Dios, mientras el mundo es seducido por el amor al pecado. No que no pequemos, por cuanto seguimos en esta vieja naturaleza investidos de una nueva, sino que ahora el pecado nos molesta. Una de las evidencias de que somos amigos de Dios es la oposición suscitada contra nosotros por el odio del mundo. Jesús les dijo a un grupo de hombres impíos que el mundo no podía aborrecerlos a ellos, en cambio a él lo aborrecía porque él testificaba contra sus obras malas (Juan 7:7). Y no os maravilléis, hermanos, si el mundo os aborrece (1 Juan 3:13).

El mundo nos aborrece, por lo cual no olvidamos que sus lobos rapaces rondan el aprisco. Las enseñanzas de los falsos maestros dejan ver su odio a la doctrina de Jesús. El punto álgido de su plática consiste en el profundo rechazo de la predestinación absoluta de Dios. Si uno examinase las razones encontraría al menos ésta, que detestan en grado sumo el saber que fueron destinados para ese fin. He allí el suplicio, como cuando los demonios le dijeron a Jesús que todavía no les había llegado su hora. Ahora, estos encantadores de la religión desvían la mirada hacia lo más evidente del discurso divino, la soberanía y gobierno absoluto del Omnipotente. Trabajan a tiempo completo para torcer las Escrituras en un último intento de hacer desaparecer el contenido de su condena. Nada novedoso han hecho, sino que más bien continúan en la vieja conseja que les dice que esta palabra les parece dura de oír.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:59
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