S?bado, 28 de marzo de 2015

La naturaleza de la fe le permite traer al presente lo que en el momento está ausente. Enoc fue un claro ejemplo de la fe bíblica, ya que desde el inicio del mundo vio su fin, la venida del Señor con su miríada de testigos. En el principio del mundo hizo presente el día del juicio final (Judas 14). Muchas personas tienen experiencias de fe que pueden ser religiosas o simplemente prácticas de vida. Un hombre habituado a hacer mal también puede anticipar su terror cuando está en su lecho de muerte, un demonio da por cierto lo que al final le vendrá. Esto último fue descrito en el evangelio, cuando el espíritu inmundo argumentaba con Jesús en relación al destino último que todavía no le había llegado.

Pero de mucha más gloria es la fe que Dios da para creer en el Hijo. No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y la fe es un don de Dios (Efesios 2:8), dos claras sentencias que desnudan parte de la naturaleza de la fe del creyente. Y es que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11), por lo tanto, lo que ya se tiene ¿para qué esperarlo? Hemos sido salvos en esperanza, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? (Romanos 8:24).

Existe una oposición natural entre lo que se espera y lo que se posee, entre la fe y lo que se ve. La fe apunta hacia lo eterno, no miramos nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas (2  Corintios 4:18). Como quiera que la fe presupone una actividad de nuestro espíritu, se nos hace difícil conversar con Dios que es Espíritu. Acostumbrados a lo tangible, a lo que vemos y a su temporalidad, la fe se vuelve un ejercicio del cual nos distraemos fácilmente.

No en vano la Biblia nos advierte que si nos acercamos a Dios tenemos que creer que Él premia a quienes acudimos a su presencia, pero que antes es necesario creer que Él existe. Es cierto que si vamos a Dios es porque suponemos su existencia, pero la Biblia insiste en que es conveniente creer que Dios está allí, que Él existe, que le hay (Hebreos 11:6). No se trata de creer en la existencia de Dios sino además en como Él se ha revelado en su palabra, en tanto Padre de Jesucristo, como Hijo-Mediador, así como Espíritu que aplica su gracia. Pero la revelación abarca mucho más, pues en ella encontramos la presentación de los muy variados atributos de la Deidad, sus decretos inmutables, la predestinación de todo cuanto acontece, su manifestación de que hará lo que quisiere, tanto endurecer como tener misericordia.

Algo más se añade como estímulo para acercarnos a Dios confiadamente, se dice que nos galardona por acudir a su presencia. Él mismo es el premio, al igual que su gracia, pero en consonancia con la promesa hecha por el Hijo de que nos daría todas las cosas. La búsqueda de su reino y su justicia hace que abandonemos las cosas como preocupación o la preocupación por las cosas que necesitamos (comer y vestir), ya que ellas están garantizadas como recompensa y parte de su providencia. En la oración de Jesús se incluye el pan nuestro de cada día, lo que también implica todo aquello que nos haga falta para el diario vivir. Y sabemos que el ser humano es más que el alimento o la comida (pues no solo de pan vivirá el hombre), de manera que tendremos la seguridad de la palabra provisora de Dios.

Tengamos presente que el primer milagro del Señor fue convertir el agua en vino, que si bien anunciaba el propósito de su venida también demostraba su conocimiento acerca del placer humano. El vino era un elemento importante en las bodas y Jesús lo proveyó en abundancia y con la mejor calidad, sin confrontaciones morales acerca de la bebida ofrecida. ¿No fue ese un milagro para disfrutar? Y así fue el inicio de su manifestación sobrenatural pública.

El Señor no es adverso a nuestros placeres (no hablo de placeres carnales), lo que sucede es que lo más natural para acercarnos a él ha sido la adversidad. La multitud de nuestros pecados (errores) nos mete en problemas y por ello acudimos presurosos a pedir que las montañas sean apartadas de en medio. Pocos acuden a buscar también el placer que necesitan para el diario vivir. El Dios revelado en la Biblia es muy distinto al Dios interpretado por las tradiciones humanas incrustadas como fósiles inmutables en las iglesias.

Por la fe sabemos que todas sus promesas son seguras, que tendrán su cumplimiento oportuno; por la fe conocemos que está presente todo aquello que ha dicho acerca de nosotros. ¿No se nos dijo que todo ayuda a bien, en aquellos que hemos sido llamados conforme a su propósito? ¿No se nos dijo que ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo? También se ha dicho que somos más que vencedores, que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Aunque el reino de Dios no consiste en comida ni bebida, se nos ha garantizado la provisión para el diario vivir, pero ocuparnos de ese reino nos lleva a comprometernos con la justicia, con la paz y con el gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17). Ni en este mundo ni en el venidero el reino de Dios consiste de perecederas cosas, como tampoco de ceremonias y asuntos legales de hacer o no hacer. Antes, ese reino se ocupa del evangelio de la gracia, ya que las ordenanzas de la carne consisten solo de comidas y bebidas y diversos lavamientos, impuestas hasta el tiempo de la renovación (Hebreos 9:10).

Por la fe sabemos que el reino de Dios está constituido por la justicia de Jesucristo (no la nuestra), Cristo, nuestra pascua; por el gozo que constituye esa justicia que nos dio la reconciliación con el Padre, lo cual nos ha permitido la pacificación y tranquilidad al haber sido quitada la enemistad natural que existía entre Dios y el pueblo que todavía no había sido redimido. Y es el Espíritu de Dios el que nos enseña a vivir sobriamente en medio de este mundo rodeado de tanta maldad inspirada en el pozo del abismo.

Por la naturaleza de la fe hacemos presente lo que viene sin falta para nosotros. Como no es natural que el hombre tenga la fe necesaria para alcanzar las cosas celestiales, Dios la da de acuerdo a como quiere otorgarla, pero no la da a todos sino a aquellas personas que Él desea le agraden (pues es el autor y consumador de la fe). Sin fe es imposible agradar a Dios, pero esa misma fe es un regalo de Dios. El círculo se cierra y siempre nos encontramos con que en Él vivimos, nos movemos y somos. ¿Adónde huiremos de su presencia?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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