Jueves, 26 de marzo de 2015

Si uno lee atentamente la Biblia tiene que preguntarse el sentido de la predestinación. Parte de la naturaleza de Dios es su Omnisciencia, por lo tanto uno infiere que si Dios conoce lo hace en virtud de que planifica y decreta. Más allá del fervor de algunas sectas que intentan emular a la Divinidad, Dios es el único Ser capaz de emitir decretos que se cumplen. Aquellas personas que se la pasan soñando con decretar eventos para sus vidas no están bien centradas en el concepto de la soberanía de Dios.

Cuando se dice que Dios conoce no se trata de que carezca de conocimiento y por ende llega a conocer. Se nos dice que su deseo y voluntad han sido su propósito eterno, por lo tanto conoce todo cuanto desea. Existe otro conocer en las Escrituras que conviene comprender; en muchas ocasiones se nos advierte que Dios conoció y por lo tanto predestinó. Esto ha de verse en el contexto en que aparece ese verbo, pues también se ha dicho que Adán conoció a Eva su mujer y tuvieron otro hijo, o que José no conoció a María su esposa hasta que dio a luz al niño. Jesús también dijo de sí mismo que en el postrer tiempo dirá a un grupo de personas que se aparten de él y que se vayan al lago de fuego, pues nunca los conoció.

Por cierto, si Jesús nunca los conoció ¿cómo es posible que pueda distinguirlos para enviarlos al lago de fuego? Porque ese conocimiento no es un darse cuenta de algo que se ignoraba antes, simplemente implica una relación íntima, tener en cuenta a alguien, amarla. Por ello cobran sentido aquellas palabras cuando las comprendemos en su contexto, ya que a los que antes conoció, Dios también predestinó.

Dios predestina a alguien para llamarlo, justificarlo y glorificarlo, pero lo hace porque lo ha amado con amor eterno, aún antes de que hiciese bien o mal. El propósito también se nos expone en el texto bíblico de Romanos 8 y 9, para que la salvación sea por obra del Elector y no por la obra de los hombres. De otra manera, se nos dice, la gracia no sería ya gracia y el ser humano tendría de que gloriarse.

Pero las sectas contemporáneas parecen haber salido del pozo del abismo, de la cueva de los demonios. Ellas aseguran que Dios vio algo bueno en la criatura que escogió para amar, de manera que insisten en predicar el libre albedrío que Dios otorga como buen Caballero a los seres humanos. Con esta libertad se evitaría que Dios pueda ser tenido por injusto.

La justicia y la injusticia en Dios es valorada en términos económicos y terrenales; esto es, mientras más libertad Dios le dé al ser humano más justo se muestra a Sí mismo. En sentido contrario sería que mientras más destine Dios menos justo se ve su accionar. Pero esta acusación no es nueva, data de muchos siglos y ha sido colocada en el texto de las Escrituras para testimonio de la naturaleza humana.

En la carta a los romanos, Pablo presentó a un objetor que discute con Dios. Molesto con el argumento acerca del destino previo de Esaú aún antes de que naciese o hiciese bien o mal, se levantó con sus puños al cielo diciendo: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? Esta objeción es equivalente a la que se hace en estos momentos, a las promulgadas por las sectas que pululan en las sinagogas de Satanás.

Ahora se dice de otra forma, pero con el mismo sentido; ahora se camuflan las antiguas palabras para suavizar el engaño. Se dice que Dios prevé y puede predestinar de una manera más justa. Pero quienes esto proponen mienten doblemente, pues por un lado agregan virtud donde no la hay -en la humanidad muerta en delitos y pecados- y por otro lado restan virtud en el Dios soberano, al cercenar el derecho a hacer lo que quiera con su masa de barro.

El derecho del alfarero sobre el barro es el argumento que el Espíritu inspira a Pablo como respuesta del cielo. Ante el argumento de por qué razón Dios inculpa a una criatura que ha creado para que no pueda cumplir la norma general, Dios responde que la criatura no tiene derecho alguno para protestar. Esa protesta sería semejante a la que hiciese un vaso de barro que reclama a quien lo forjó la razón por la cual lo ha hecho de esa manera. Como es absurdo siquiera imaginar una tinaja de arcilla reclamando a su fabricador alguna cosa, de igual manera resulta oprobioso siquiera imaginar injusticia en Dios o reclamarle por el destino que cada uno tiene en este mundo.

Ante esta exposición de las Escrituras la mente del impío se escandaliza, sus pies tropiezan en la roca que es la cabeza del ángulo, sus palabras son una cuerda en torno a su garganta que será halada en el día final. Pero de igual modo que los creyentes somos olor grato para Dios en  los que se pierden, existe el olor de vida en los que se salvan. Los que hemos sido llamados comprendemos que el evangelio es verdad, que su centro es la redención expiatoria que Jesucristo hizo sobre su pueblo elegido, que no existe otra manera para ser salvos sino que hayamos sido escogidos desde la eternidad para tan noble propósito.

Pero no nos equivoquemos, pues el grito de los escogidos es unísono, mas el de los que permanecen en impiedad es variado. En estos concurren los que rechazan abiertamente el evangelio, pero también asisten los que simulan haber alcanzado la salvación por derecho propio. Este grupo pretende causar confusión en los elegidos por el Padre, pero su accionar no es más que una simulación de redención. Ellos oran a un dios que no puede salvar, que murió por todos sin excepción, pero que depende de la voluntad del que está muerto en delitos y pecados para aceptarlo. Su cántico es el de la sirena que busca halar hacia la profundidad del mar a los incautos. Sin embargo, el Señor dijo que su pueblo está escondido en sus manos y en las manos de su Padre, que nadie podrá arrebatarlo de ese lugar y que ni siquiera el diablo podrá engañarlos, ya que no le será posible. Por otra parte, también ha asegurado que sus ovejas huyen del extraño porque desconocen esa voz.

La oveja puede asombrarse por su soledad, pero es el Señor quien le ha dicho que no tema por pertenecer a una manada pequeña, ya que al Padre le ha placido darle el reino. La voz de las cabras es más ruidosa, en consonancia con la multitud de sus pares. Sus cabezazos son fuertes y en ocasiones sus patas hacen desérticos los verdes pastos. Pero el aprisco de las ovejas está asegurado porque el Señor es el Buen Pastor que conduce por verdes pastos a las que le son propias. Y para despejar cualquier duda teológica propuesta por las diversas doctrinas de demonios, el Señor agregó que él ponía su vida por las ovejas, rogó solamente por los que el Padre le había dado, los cuales comprendían a las ovejas de entonces y a las que se añadirían a la iglesia porque habían de ser salvas.

Por si fuera poco la contundente declaración bíblica, se añaden muchos otros textos. Baste ahora recordar que fue el Señor quien le dijo a un grupo de personas que no podían creer en él porque no eran de sus ovejas. Es decir, se tiene que ser oveja para llegar a creer en él. Esta es la predestinación y su razón descansa en que es la vía escogida por Dios para que no nos gloriemos de nadie más que del Elector.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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