S?bado, 14 de marzo de 2015

Uno puede imaginarse a un personaje que esté protegido en todos sus contextos. Su mente en calma podrá alcanzar sueños de paz, tendrá gracia en los ojos de la gente, encontrará la salida para cada problema. Tal individuo será feliz por derecho, porque su naturaleza se lo exige y nadie se interpone ante su dicha, aún en medio de las calamidades de la vida.

Si uno presta atención a las palabras de la gente encontrará que la maldición es su constante. Maldecir es decir mal. Las personas se golpean con los improperios, con las malas palabras, pero sobre todo con el hablar mal, tanto de cada circunstancia como de su prójimo. Las razones pudieran sobrar sin que se discutan, pero el acto de hablar mal es pecado. De toda palabra necia dará cuenta el hombre en el día del juicio, aunque acá en esta historia la palabra necia conlleva su castigo. No que cada palabra sea castigada en esta vida, pues entonces no habría nada que juzgar en la venidera, sino que la actitud de la maledicencia es el boomerang más preciso y peligroso que se haya construido.

Lo que el impío teme, eso le vendrá (Proverbios 10:24). Esta es la sentencia contra la impiedad de la maledicencia, ya que todo aquello que se dice ajustado al temor vendrá a su cita en tiempo convenido. Su antítesis sigue en el mismo verso del proverbio: pero a los justos les será dado lo que desean. Semejante oposición se dicta en virtud de la comprensión de lo que nos acontece, ya que todas las cosas obran para bien de los que amando a Dios hemos sido llamados de acuerdo a Su propósito. Lo mismo sucede con este otro texto: Huye el impío sin que nadie lo persiga: Mas el justo está confiado como un león (Proverbios 28:1).

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mateo 7:7). Esta promesa dejó Jesús a sus amados discípulos, como un legado que nos toca gracias a la transmisión de la predicación del evangelio. Así como el Señor oró por los que habrían de creer por la palabra de aquellos alumnos, el texto recogido por Mateo nos persigue como si fuésemos sus propietarios. Hay dos acciones referidas a la palabra oral o escrita: pedir y llamar. Por ello se circunscribe absolutamente a la oración ante el Padre, pero el buscar implica estar pendiente de aquello que pedimos. Tal parece que el profeta Elías estuvo comprometido con estos mandatos, cuando pidió, buscó y estuvo pendiente de ver si la  lluvia venía, mientras se mantuvo orando. La alegría de la respuesta no es tan solo la respuesta misma, sino saber que la montaña se va a mover.

El que duda no recibe lo que pide, sino que es también semejante a la onda del mar llevada por el viento. Dice un proverbio conocido: en la duda abstente. Sabemos que Dios es el autor y el consumador de la fe, que da a cada hijo una medida de fe. Por lo tanto, si oramos por algo y dudamos de aquello que pedimos, pareciese que no hemos sido llamados a orar por aquello que emprendimos.

De igual modo, lo que no es de fe es pecado (Romanos 14:23), similar al viejo refrán de abstenerse ante la duda. Orar sin fe es pecado, sería como acudir a un llamado que no se nos ha hecho. Es prudente confiar en el Espíritu que nos ayuda a pedir como conviene, porque lo más seguro es que muchas veces no sabemos qué pedir. Cuando Jesús habló de cerrar la puerta del aposento implicó que al orar debemos alejarnos del ruido (el del medio ambiente y el del tormento del corazón). Una persona ilusionada con un afecto puede estar atormentada, de manera que no sabe  lo que conviene pedir. Cerrar la puerta implica alcanzar primero el sosiego para poder pedir, buscar y llamar.

Volvamos al inicio, a la historia de aquel personaje protegido en todas sus circunstancias. Ese es el creyente que confía en Jehová, descrito por la palabra de los profetas. Imagínese lo que Dios ha dicho respecto de esa persona: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá. Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54: 15 y 17).

Para comprender la magnitud de esas palabras habrá que examinar al Dios que habla. Solamente comprendiendo la veracidad de la Deidad, su omnipotencia, su amor inmutable, la elección soberana, sus decretos eternos, podemos asumir el valor y el peso de lo dicho. No nos comparemos con el impío, el cual recibe de acuerdo a sus temores, mientras huye sin persecución alguna. Dejemos de preocuparnos por las calamidades del mundo para que podamos disfrutar de la benevolencia del Señor. Una cosa es ayudar a quien nos lo pida, al necesitado, al que tiene hambre, pero otra muy distinta es ocuparnos con el mundo en su maledicencia. Digamos junto al escritor bíblico: Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él (Salmo 118: 24).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 

 

 

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:20
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios