S?bado, 07 de marzo de 2015

Dios no miente ni se contradice, por lo tanto la Escritura como su fiel expresión es veraz. La coherencia y cohesión bíblica se demuestran en el principio de la no contradicción, asunto que habla de  la perfección e inmutabilidad de Dios. Si Jesucristo aseguró que sus ovejas están en sus manos y en las manos del Padre, si su Espíritu aseguró que nadie nos puede separar del amor de Dios en Cristo Jesús, entendemos que nos gobierna un eje de confianza muy fuerte. Recordemos que los seres humanos caemos en la categoría de cosas creadas por Dios, de manera que ni siquiera nosotros mismos nos podemos separar de ese amor del Padre.

En tal sentido, cuando leemos Hebreos hemos de tener en cuenta el principio rector de la confianza del creyente: el consejo de Dios y el juramento que ese mismo Dios ha hecho por Sí mismo. Muchas personas caen en la desesperación lanzada por los enemigos de la fe al suponer que han caído en la apostasía por cometer pecados. Sabemos que todo pecado es voluntario, ya que nuestra naturaleza contiene una ley del pecado en nuestros miembros.

Hebreos 2:1 habla de un posible desliz si no ponemos atención a las cosas que hemos oído. La retribución está garantizada a toda transgresión, de la misma manera se asegura que nosotros no escaparemos si descuidamos una salvación tan grande (2:3) (ya que el Señor al que ama castiga). Nosotros somos la casa de Cristo, si de veras retenemos la confianza y el gloriarnos de la esperanza (3: 6). Acá empieza el autor de este escrito bíblico a introducir el condicional, supuesto con el cual trabajará a menudo para enfatizar el contraste con los que simulan ser creyentes y no lo son.

Para ser participantes de Cristo hay que retener la confianza en él (3:14). Los que no entraron en su reposo tuvieron su causa en la incredulidad (3:19). Los que no entran en su reposo no lo hacen porque endurecen sus corazones al escuchar la voz de Dios, porque no tienen oído para oír, ni ojos para ver (para que viendo no vean, no sea que tenga que sanarles: Mateo 4:12). El que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, así como Dios de las suyas (4:10). Nos toca, sin embargo, hacer un esfuerzo para entrar en ese reposo, no sea que caigamos en desobediencia.

Pero todo pecado es desobediencia y el apóstol Pablo dijo en su carta a los romanos que se sentía miserable por hacer lo malo que no quería, y que era vendido al pecado. ¿Se salió Pablo del reposo de Dios? ¿Cayó el apóstol en la desobediencia descrita en Hebreos por cometer pecados? Y no fue él el único en pecar, pues Santiago habla de las pasiones de Elías  semejantes a las nuestras. Ni Elías, ni Santiago, ni Pedro cuando negó al Señor, ni cuando se comportó indebidamente dando preferencia a los cristianos judíos, se salieron del reposo del Señor. En lugar de eso, Pablo nos aseguró que por Jesucristo sería librado de ese cuerpo de muerte que lo llevaba al pecado una y otra vez (Romanos 7: 24-25).

El  creyente tiene un Sumo Sacerdote al que puede acercarse confiadamente, para hallar gracia para el oportuno socorro (4: 16). Se resalta que Dios sabe todas las cosas, que todo cuanto hacemos está expuesto (desnudo) ante Dios, de manera que no podemos engañarlo. Ah, pero  ese Sumo Sacerdote no nos sacará del reposo de Dios porque hayamos cometido pecado, simplemente nos mostrará misericordia.

MOVIENDONOS HACIA LA MADUREZ

Hay cosas que son difíciles de explicar por causa de los que nos oyen. Las cosas abstrusas lo son en virtud de la pesadez de oídos, de allí que el autor de Hebreos insista en la urgencia de madurar, de crecer para tomar alimentos sólidos y no solamente la leche espiritual. Pero el alimento sólido es para los maduros, para los que por la práctica tienen los sentidos entrenados para discernir entre el bien y el mal (5:14). Si no se tiene tal entrenamiento se corre el riesgo de ser engañado por no tener discernimiento. ¿Hasta qué punto es engañado el creyente? ¿No dijo Jesucristo que estábamos en sus manos? ¿No dijo también que los falsos maestros no podrán engañar a los escogidos? (Mateo 24:24).

En Hebreos se presenta esta tensión con el fin de exhortar a los verdaderos creyentes a estar firmes; el hecho de que estemos en las manos del Señor no nos da licencia para desbordarnos ante la negligencia; antes bien, todo me es lícito, pero no todo me conviene (1 Corintios 10:23). En el capítulo 6 se expone que la iglesia inmadura proponía de nuevo estar en las viejas doctrinas elementales, como sucede hoy día en muchas congregaciones. Es común ver personas que se vuelven a bautizar porque suponen que en la primera vez no hubo idoneidad. Están los que hacen de nuevo profesión de fe, como si pudieran empezar de nuevo. Pero hay unos versos muy duros que hablan de la imposibilidad de ser regenerados de nuevo (versos 4 al 6). Esto no debe tomarse a la ligera como para hacerse tortura espiritual, ya que según el contexto en que están inmersos esos versículos se comprende que se refieren a aquellos que inmaduramente vuelven a las doctrinas elementales.

Este retorno a las doctrinas elementales (como la del bautismo, imposición de manos, etc.) no va a permitir volver a crucificar a Cristo. Los versos 7 y 8 aclaran quiénes son los dos grupos enunciados en el capítulo 6. Están aquellos que cayeron en buena tierra regada por las lluvias, pero al mismo tiempo hay otra tierra que solamente produce espinos y abrojos. Ese es el contraste expuesto en este libro que nos habla de la seguridad de los que esperamos en Cristo. La síntesis del relato es esta: Pero aunque hablamos así, oh amados, en cuanto a vosotros estamos persuadidos de cosas mejores que conducen a la salvación (6:9).

Simón el Mago fue bautizado, pero fue imposible para él la regeneración. Pese a la protección que Dios otorgó a Caín para que los demás no lo matasen, colocándole una marca en su frente, la Escritura nos afirma que él era del maligno. Faraón gustó las maravillas del Dios bíblico, supo de su poder inconmensurable, se agradó de la suspensión de cada plaga, pero fue endurecido por Dios para exaltar la gloria de Su poder y para que se conociese en toda la tierra Su nombre.

Si el texto de Hebreos estuviese diciendo que a los creyentes que pecan les es imposible ser renovados para arrepentimiento, entonces nadie sería salvo. Pablo dijo que él era un miserable, David reconoció que era aquel hombre descrito por el profeta Natán, Manasés, el rey oprobioso, fue restablecido a su reino y perdonado por el Señor. De esta forma, el texto de Hebreos habla de dos grupos en la iglesia, los que son conducidos a la salvación (pase lo que pase) y los que solamente profesan y jamás serán renovados para arrepentimiento.

Nuestra garantía radica no en nosotros, ni en nuestro batallar contra el pecado, sino en aquél que dio la promesa a Abraham, así como también en el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec. Nosotros somos los herederos de la promesa en virtud de la inmutabilidad del consejo de Dios (6: 17). Y como Jesucristo tiene un sacerdocio perpetuo puede salvar por completo a los que por medio de él nos acercamos a Dios (7: 25).

El autor nos presenta una síntesis en 8:1: En resumen, lo que venimos diciendo es esto: Tenemos tal sumo sacerdote que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Todo lo que sigue a continuación da cuenta del sacerdocio perfecto de Jesucristo. Además se añade para consuelo de los creyentes que en virtud del nuevo pacto (que hace caduco al viejo pacto, el cual era sombra de lo que habría de venir), el Señor ya no se acordará más de nuestros pecados. Porque seré misericordioso en cuanto a sus injusticias y jamás me acordaré de sus pecados (8:12). Este texto está dentro del gran resumen que introduce el autor del libro, de manera que allí tendremos consuelo y no la angustia que pudo sentir Simón el Mago, Caín, Judas o el Faraón. El libro de Hebreos no habla de pecados imperdonables sino de personas que no podrán volver a crucificar al Señor. Sobran las razones de esa imposibilidad, pero más allá de que no sea la voluntad de Dios volver a crucificar a Su Hijo resalta el hecho implícito en el texto acerca de la muerte de Jesucristo como expiación limitada.

Jesucristo murió solamente por su pueblo, por el cual oró la noche antes de su crucifixión. Está a la diestra del Padre intercediendo por ese mismo grupo de personas, de manera que aquellos que gustaron el don celestial de la predicación, de la virtud de la congregación, pero cuya semilla cayó en terrenos de abrojos y sequedales, no podrán enviar de nuevo al madero al Señor para una segunda expiación, porque no la habrá ni su lista se ampliará.

En relación a los hebreos destinatarios del mensaje, el autor soslaya el posible desvío que algunos judaizantes cometían. No expresado con ese término se deja ver de todas formas el posible error que cometían, por ello escribió en relación al viejo pacto que Éstas son ordenanzas de la carne, que consisten sólo de comidas y bebidas y diversos lavamientos, impuestas hasta el tiempo de la renovación (9:10). ¿Será que esos hebreos cristianizados querían volver a los antiguos rudimentos sacrificando corderos y palominos? Pues si esa fuese su intención sería como querer volver a sacrificar al Hijo de Dios, representado en aquellos viejos sacrificios del Antiguo Testamento. Y Cristo no se ofreció varias veces (verso 25) pero mediante su sangre y por el Espíritu eterno limpiará nuestras conciencias de las obras muertas para servir al Dios vivo (verso 14).

Por lo tanto, si Cristo ofrendó su vida por sus ovejas lo hizo en virtud de un pacto nuevo. Sus leyes fueron sembradas en nuestros corazones y escritas en nuestras mentes, por lo cual ha declarado que nunca más se acordará de nuestros pecados, ya que donde hay perdón de pecados no hay más ofrenda por el pecado (10:17-18). En tal sentido, los destinatarios hebreos del mensaje deben tener bien claro que no produce buen efecto el agregar a la obra de Cristo la obra del sacrificio del viejo pacto. Judaizarse no mejora la expiación, tampoco la anula como si pudiera. Simplemente es un signo de que no le ha amanecido la luz de Cristo.

De la misma forma la admonición está puesta para nosotros, no en cuanto a si pecamos o no pecamos (pues si decimos que no hemos pecado le hacemos a él mentiroso y la verdad no está en nosotros; pero de igual forma, si hemos pecado abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo -1 Juan 1:8-10). La admonición va contra la apostasía, para que nos alertemos y podamos conocer al mal árbol que dará su mal fruto. No puede el buen árbol dar fruto malo.

Si alguien recibe el conocimiento de la verdad pero peca voluntariamente, sin ningún tipo de conflicto con el Espíritu de Cristo (porque no lo tiene), no queda más sacrificio por el pecado; su conflicto será con su conciencia, como el caso de Judas. Si alguien no es de Cristo quiere decir que él no lo representó en la cruz, por lo tanto no le queda otro sacrificio posible por su pecado.

Poco importa si fue iluminado (como lo fue Balaam), si gustó ciertos beneficios de la comunidad religiosa, si se gozó con la virtud del Espíritu en los que sí lo tienen; lo que le queda a quien no tiene el Espíritu de Cristo es una horrenda expectación de juicio (como le aconteció a Judas). Y estos son los apóstatas, los que salieron de nosotros pero que no eran de nosotros (1 Juan 2:19), pues estos menosprecian la sangre del pacto que los había separado temporalmente del mundo, en virtud de haberse unido a la congregación (porque así fue ordenado desde el principio, que la cizaña esté junto al trigo y que no la arranquemos, ya que no tenemos la autoridad para arrancar el árbol malo que da mal fruto).

SANTIFICADOS.

La santificación por la sangre del pacto en el apóstata tiene sus bemoles (10:29). Este término tiene muchas acepciones en lengua griega y una de ellas es limpiarse externamente (ἁγιάζω -agiazo). El apóstata ha sido separado de los otros, puede tener más luz que el resto de los que están en el mundo, pues aunque no tenga nada de Cristo ha asumido su nombre y en su nombre hace grandes cosas. Si no hubiese sido separado temporalmente del mundo, si no se hubiese incorporado a la militancia de la fe cristiana, no podría apostatar de esa fe. No es de extrañar que Judas anduvo con el Señor, hizo señales en su nombre cuando fue enviado en la comisión de los doce, aprendió de las enseñanzas de ese gran Maestro y se maravilló de sus milagros.

Los apóstatas se sometieron al bautismo, participaron de la cena del Señor y bebieron simbólicamente de la sangre del nuevo pacto. En realidad han comido y bebido juicio para ellos mismos. En la comunión con la simbología cristiana (el pan y el vino, el canto de los salmos, la lectura de la palabra, el ayudar al prójimo, etc.) han participado de las cosas comunes a la iglesia como si fuesen verdaderamente santificados por el Espíritu. Porque hay que tener en cuenta, que si el Hijo de Dios está a la diestra del Padre haciendo intercesión por su iglesia, no lo está en pro de los apóstatas.

El final del capítulo 10 nos dice que nosotros no somos de los que se vuelven atrás para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (verso 39). Cabe resaltar que la presencia de estos dos grupos de cristianos son un contraste en el libro de Hebreos, unos solamente profesan, mientras otros creen en el verdadero evangelio. Los apóstatas fueron los que se deslizaron, pese a que habían gustado del fruto del Espíritu en la virtud de los creyentes de verdad, de la simbólica sangre de Cristo en la participación de la cena  del Señor.

Es cierto que hay personas que escuchan el evangelio, lo conocen y lo comprenden, pero que al mismo tiempo no han nacido de nuevo. Estos son los que al final de su travesía demuestran que rechazaron a Cristo desde siempre. Ellos también están representados en alguna medida en la parábola del sembrador (semilla caída en espinos, pedregales o comida por las aves), de manera que no caigamos en la trampa de suponer que fueron en verdad redimidos por Jesucristo en la cruz (como la que cayó en buena tierra). Su simulación de limpieza es semejante a la que tuvo Simón el Mago, a la de las puercas lavadas o a la de los perros antes de volver a su vómito.  El Señor no se equivoca, por lo tanto les dirá en aquel día: nunca os conocí (nunca tuve comunión con ustedes).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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