Jueves, 05 de marzo de 2015

Los judíos se ufanaban de ser hijos de Abraham, creían que cada uno de ellos formaba parte de la promesa que Dios había hecho un día, de manera que un aire de superioridad los cobijaba como nación. La aparición de la iglesia los incomodó, en especial el nacimiento del cristianismo; muchos de ellos comenzaron a perseguir a los creyentes hasta la muerte. Con el tiempo, cuando no pocos de ellos se convirtieron, surgió otra molestia. Ahora tenían el problema de incorporar a los gentiles en la congregación cristiana.

Entonces se les hizo fácil separar los grupos, con el alegato de que había que circuncidarse y mantener ciertas tradiciones del judaísmo. Hubo un concilio en Jerusalén por el año 50 donde se dilucidó el problema de la iglesia incipiente. Algunos querían que los gentiles (que en ese momento eran una gran mayoría griega) se dedicaran a asumir la ley de Moisés; otros más benévolos pedían guardar menos mandatos y ritos. Algunos apóstoles escribieron notas a la iglesia  de Antioquía, Siria y Cilicia,  exponiendo que no deseaban que fuesen turbados en el ánimo por los judaizantes. Solamente se les pediría que se abstuvieran de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de lo ahogado, y de fornicación (Hechos 15:23-29).

Cosas parecidas acontecen hoy cuando los judíos mesiánicos aparecen en escena recurriendo a la sutileza de la lengua hebrea. Ellos enfatizan en el verdadero nombre de Jesús, hacen énfasis en el hebraísmo y también intentan persuadir acerca de la primacía judía aún dentro del cristianismo. No les bastó con la persecución que siglos atrás hicieran, sino que ahora conversos acosan con la pretensión hegemónica dentro de las iglesias. Incluso usan atuendos propios de la tradición judía.

Pero el cristianismo no es judaísmo, ni pretende imponer cultura judaica. El mata y come que fue dado a Pedro en forma de visión refleja el cambio de paradigma que Dios tenía en mente a partir de la iglesia. Ahora no hay judío ni griego, dice la Escritura, de manera que la pretensión judaizante queda demarcada y señalada como perniciosa. Pero más allá de la forma del rito, los judíos de aquel momento sostenían que ellos eran hijos de Abraham y reclamaban el derecho de salvación. Jesucristo se enfrentó a ellos en ese tema cuando les dijo que a Dios le era fácil levantar de unas piedras hijos a Abraham.

Pablo escribe acerca del tema y dice que no por ser descendientes de Abraham se es hijo de Abraham, sino que la Escritura enseña que en Isaac será llamada tu descendencia (Romanos 9:7). Una cosa era ser hijo de Abraham por vía natural y otra era ser hijo de Dios por adopción. En el plano espiritual, los judíos no fueron todos hijos de Dios ni todos hijos de Abraham. Un claro ejemplo de lo que el apóstol expone es Ismael, el hijo de Abraham con la esclava. De la misma manera que Esaú no era considerado hijo de Abraham (en la forma espiritual), tampoco lo serían muchos israelitas.

La enseñanza de la Escritura mostraba que en Isaac sería llamada descendencia. Sabemos que la semilla referida es el Mesías que habría de venir, ya que esa era la promesa anunciada en el Génesis. Los hijos de Abraham en sentido natural son también hijos de la carne, por lo cual el reclamo de los judíos carecía de base teológica o bíblica. No se comienza a ser hijo de Dios por la vía de la descendencia natural -de carne y de sangre; solamente el que es nacido del Espíritu es hijo de Dios.

Si Ismael fue un tipo de los que nacen en la carne, Isaac es el tipo de los que nacen del Espíritu. Este es el hijo de la promesa que no es nacido de la carne o de sangre sino de Dios. No que Isaac no haya nacido de mujer sino que en asunto espiritual conforma la promesa de Dios. Los judíos habían tomado lo que teológicamente les interesaba y a partir de allí elaboraron una estructura religiosa a su conveniencia. Nicodemo fue un representante de ese fariseísmo que pretendía dirigir teológicamente a Israel, por lo cual tampoco supo lo del nuevo nacimiento (la circuncisión del corazón y no de la carne, de la que hablaron los profetas).

La matriz muerta de Sara es un ejemplo de la imposibilidad humana para tener descendencia. Solamente una intervención divina daría vida a lo extinto y exigiría el fruto de la resurrección. De la misma forma aquella matriz es un ejemplo de lo que la Escritura expone, que se necesita el milagro del nuevo nacimiento para ser hijo de la promesa o lo que es lo mismo, solamente los hijos de la promesa nacerán de nuevo.

Jacob no fue llamado en base a sus obras (ni buenas ni malas) pero Esaú tampoco fue rechazado porque hubiese cometido malas acciones o no tuviese buenas obras. El objeto de la predestinación -para vida o para muerte- descansa en una misma condición, en la voluntad del elector. El ejemplo bíblico demuestra que de la misma masa hizo Dios tanto a Jacob como a Esaú, a uno amó y a otro aborreció. No amó a Jacob por sus buenas obras ni odió a Esaú por sus malas obras, ya que eso aconteció antes de que hiciesen bien o mal o de que naciesen. Los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento (Romanos  11: 29).

A LA DEFENSA DE DIOS

Hay quienes le aseguran una defensa a Dios para que evite el escándalo. ¿Cómo es eso de que Dios odia? Apenas se enteran cuando ven uno que otro artículo que habla del tema, de manera que van a la Biblia y se dan cuenta de lo que allí dice. Sí, Dios odia, pero ¿no será que ama menos? Tal vez, dicen, Esaú no fue odiado sino menos amado que Jacob. Suponen que a Judas le pasó lo mismo, al igual que a Faraón: Dios no lo amó tanto como para salvarlo, pero lo amó en definitiva.

El verbo griego usado para aborrecer, rechazar, odiar es μισέω (miseo), de donde nos viene la expresión misógeno (el que rechaza o desprecia a las mujeres).  En su acepción, odiar es su eje central. El lector común no puede aceptar a un Dios que odie, pues ha sido acostumbrado a escuchar que Dios es amor. Bueno, también es fuego consumidor. Si en cada ocasión que la Biblia menciona el término aborrecer, odiar, rechazar, se sustituye por amar menos, el resultado es no solo divertido sino catastrófico.  Si Dios ama menos a Esaú, aquel que ama menos a su hermano es considerado un asesino, de acuerdo a 1 Juan 3:13-15.  En  otros contextos leeremos que el mundo nos ama menos y por eso nos persigue, o que los diez cuernos y la bestia aborrecerán a la ramera (amarán menos a la ramera) y la dejarán desolada y desnuda. Comerán sus carnes y la quemarán con fuego (por haberla amado menos) -Apocalipsis 17:16.

La interpretación que propone miseo como amar menos no es feliz. Es un intento por mitigar el impacto de Romanos 9 cuando Dios habla de Sí mismo como de alguien que odia a Esaú. Pero es cierto que está el texto de Lucas 14:26 que refiere a Jesús cuando dice que debemos odiar a padre y madre, esposa e hijos, hermanos y hermanas, y aún nuestra propia vida para poder ser su discípulo. En su contraste se coloca a Mateo 10:37, que habla de la indignidad del que ama a padre, madre, hijo o hija más que al Señor. ¿Es el texto de Mateo una mitigación del de Lucas? ¿Autoriza Mateo la sugerencia de que miseo es amar menos?

Mateo no interpreta a Lucas ni Lucas mitiga lo dicho por Mateo. Son dos percepciones diferentes que bien pudieran referir a contextos de eventos distintos. Tal vez son dos dichos separados de Jesucristo en sus poco más de tres años de ministerio. Se llega a aborrecer a la familia cuando esta se aparta del camino de la verdad, rechaza el evangelio anunciado, se burla de los que en ella se aferran al evangelio de Jesucristo. Esa familia se hace aborrecible cuando de manera continua desprecia a aquellos que intentan reprender las obras infructuosas de las tinieblas que ellos exhiben. Por analogía diríamos que nadie es profeta en medio de su familia, ya que Jesús no vino a traer la paz sino la espada. El padre estará dividido contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra (Lucas 12:53). No, Lucas nunca mitigaría a Mateo, pues también escribió lo que acabamos de citar; simplemente recogió otra expresión dicha por Jesús.

Finalmente, valga el ejemplo siguiente para concluir: Si amar  es lo contrario de odiar, y viceversa, cuando Pablo refiere en Romanos 9 que Dios amó a Jacob, quiso decir que no lo odió; pero cuando escribió que Dios odió a Esaú, quiso decir que no lo amó. Como bien dijera Carpenter, No hay amor para Esaú, ni siquiera en un menor grado de amor. Véase:

http://www.outsidethecamp.org/romans68.htm.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:36
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