Jueves, 26 de febrero de 2015

Cuando la Biblia habla de la redención que Dios hace al hombre jamás añade como valor agregado la obra humana. Antes bien, la Escritura enfatiza en el hecho de que es por gracia y no por obras a fin de que nadie se gloríe. Al dejar la obra humana por fuera, vana es la jactancia e igualmente innecesario otro tipo de gracia, como si hubiese más de una.

El favor inmerecido de Dios hacia el hombre no puede reclamarse como derecho humano. El hombre en su estado natural puede argumentar contra Dios quien soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira. Si hay vasos de honra que todavía argumentan contra Dios entonces habrá que decir que todavía no les ha amanecido.

Suponer exitosa la proposición de Luis de Molina acerca de la gracia preventiva es intentar arar en el aire o en los mares del mundo. No podemos añadir gracia a la gracia como tampoco podemos condicionarla. La naturaleza de la gracia implica que es un don que se recibe sin resistencia, cual Lázaro que no pudo objetar el llamado del Señor para salir de su tumba. La tesis de Molina, llamada por consecuencia molinismo, equivaldría a colocar al Señor en un terreno neutro, despojado de la gloria de su soberanía. De esta manera, el Dios de la Biblia se amarra a Sí mismo, se coloca una mordaza para no proferir palabra alguna y voluntariamente se coloca los grilletes para no poder moverse libremente.

El hombre que ha sido declarado por el mismo Dios bíblico como muerto en delitos y pecados es por comparación un cadáver como lo fue Lázaro en su tumba. La declaración añadida por las Escrituras enfatiza el hecho de que no hay quien busque a Dios y no hay quien haga lo bueno, ya que no hay justo ni aún uno.

Bajo esta declaración uno puede preguntarse qué sentido tiene el dibujar a un Dios atado de pies y manos (a pesar de que se suponga un hecho voluntario de Él) y colocarlo junto a un cadáver espiritual que ni lo ve, ni lo oye, ni puede moverse. Es como llevar al Todopoderoso al terreno de la muerte para que espere pasivamente a que el cadáver se mueva y manifieste que quiere resucitar.

En tal absurdo cayó Luis de Molina, pero el sentido común parece ser el menos común de los sentidos. La mayoría del mundo cristiano sigue esta tesis complicada en cuanto a lógica se refiere; en innumerables templos se pregona el libre albedrío humano frente a la gracia pasiva divina, para que el hombre que está muerto pueda recibir vida en virtud del terreno neutro en que el Todopoderoso se ha ubicado, motu proprio, a la espera del hombre que camina en pro de la majestad divina.

Y si por gracia, ya no es por obras, de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos 11:6); no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:9). No son solo dos textos los que hablan contra las obras y en favor de la gracia, hay toda una teología desarrollada en la Escritura junto a su entramado de versos que es contundente y que no puede ser contradictoria con ella misma. ¿No dijo Jesús que nadie iba a él a no ser que el Padre lo lleve a la fuerza? Ese es el sentido del texto griego en Juan 6:44: ἑλκύω (helkúo) es una forma verbal que significa mover algo o llevar a alguien aplicando una fuerza continua, jalar, atraer, impeler.

¿Podría esa expresión de Jesucristo ayudar a Luis de Molina en lo más mínimo para desarrollar su tesis? ¿Es un Dios neutro o una gracia neutra la que lleva la gente a Cristo? El texto de Juan dice claramente que es el Padre el que aplica una fuerza continua en aquel a quien quiere llevar hacia su Hijo Jesucristo. Por eso es que toda la Biblia tiene la misma fuerza teológica de la soberanía de Dios; jamás se ha pretendido algo distinto en las Escrituras, ya que el solo hecho de que existan obedece a la voluntad divina y nunca a la humana. La gracia de Dios nos conduce al nuevo nacimiento, que es un principio de vida que no existe previamente en nosotros.

El hombre da honra a la criatura antes que al Creador, por lo cual ha brindado adoración a las cosas creadas y profana la gloria del Dios incorruptible. De esta forma ha dado culto a sus estatuillas en semejanza de animales, de humanos, de elementos de la naturaleza. Todas las cosas creadas por Dios vinieron a ser objeto de adoración por el hombre, de manera que en su mente torcida la humanidad concibió la consecuencia como la causa. Es decir, la estrella solar que existe en virtud de cosa creada nunca es la causa de la aparición del hombre sobre la tierra.

Cuando el profeta Ezequiel nos habla del cambio del corazón de piedra por uno de carne, presupone un acto creativo de Dios. ¿De dónde va a sacar Dios el corazón de carne? Este no preexiste por sí solo, de manera que es imperativo que Dios lo haga (que el nuevo espíritu sea un acto de creación divina, al menos desde la perspectiva del hombre muerto en delitos y pecados). Lázaro estaba muerto, de allí que la resurrección no ocurre como consecuencia natural de la muerte sino como una acción soberana de Dios, que redunda en Su gloria y beneficia al cuerpo inerte.

Pero de la misma forma en que el hombre caído colocó la consecuencia como causa, en su extrapolación espiritual el ser humano se pone a sí mismo como la causa de la vida. Al presuponer que la voluntad humana es la causante de la fe, del deseo de honrar a Dios y de andar en sus estatutos, el hombre está colocando a la criatura primero que al Creador.

Porque el Dios que dijo: "La luz resplandecerá de las tinieblas" es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Este es un Dios activo que hace resplandecer su luz en nuestras tinieblas, nunca es a la inversa como si la obscuridad nos permitiera ver la luz. Más allá del contraste entre lo obscuro y lo claro, no hay propiedad activa en las tinieblas que le permitan añadir luz sobre ellas. En consonancia con Juan 6:44, este texto refuerza el argumento bíblico del Dios que ordena por medio de su palabra que la luz aparezca; es el mismo Ser que aplica una fuerza continua en nosotros (los elegidos) para ir hacia Jesucristo.

La causa precede a la consecuencia así como la gracia a las obras. Las buenas obras han sido preparadas para que andemos en ellas (nunca para que la gracia aparezca). Aún la oración del impío o su ofrenda son abominación a Jehová (Proverbios 15:8). La Biblia habla de la elección de gracia, por lo tanto no de obras (Romanos 11:5). La gracia y las obras no pueden ser ambas causa de la redención, o es una o es la otra, porque ambas son excluyentes como generadoras de salvación. Fue el placer de Dios lo que le hizo escoger a una persona para honra y a otra para deshonra, nunca un elemento de virtud hallado en su criatura. De la misma masa dijo Pablo, de manera que no existe ningún elemento agradable en las propiedades del barro que le haga preferir un trozo de ella frente a otro pedazo de la misma.

El favor no merecido, que se llama gracia, es el sumo amor que se nos ha demostrado. El que Él haya escogido a uno y no a otro no tiene su razón en que el vaso de honra sea mejor que el de deshonra. Y he allí lo que disgusta al hombre natural (no redimido), pues no puede entender que se pueda elegir sin que el objeto amerite razones para la elección. La razón de la elección está fuera del objeto elegido, radica en el soberano placer de Dios.

En esa elección de gracia las obras humanas quedan por fuera, pues de otra manera la gracia no sería ya gracia. Simple lógica, simple razonamiento, pero que se tuerce en el desviado corazón humano. Mal pudiera el Dios de la Biblia decir una cosa por medio de su Espíritu y al mismo tiempo avalar el argumento de Luis de Molina acerca de la obra de la voluntad humana en la elección divina. Porque eso es lo que enseña el molinismo, que Dios previó en el túnel del tiempo lo que el ser humano iba a elegir. De esta manera predestinó a quienes previamente tendrían la voluntad a Su favor.

Pero Dios es un Dios de orden y no de confusión, lo que Él dijo eso hará.  Ya que si la salvación es por obras (la cualidad de la voluntad humana de elegir a Dios) entonces ya no se hable de gracia, sino de salvación por obras. Yo anuncio lo porvenir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no ha sido hecho. Digo: 'Mi plan se realizará, y haré todo lo que quiero' (Isaías 46:10). ¿Creeremos a la palabra revelada o, por el contrario, a las fábulas de Roma? Hay que tener sumo cuidado con los que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:52
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