Lunes, 23 de febrero de 2015

Nicodemo, el maestro de la ley y miembro del Sanedrín, se sintió atraído por los milagros de Jesús. El impacto que causó en su espíritu fue determinante para reconocer al Señor como un Maestro o profeta, pues nadie se acompañaría de semejantes señales a no ser que viniera de Dios. Sin embargo, Nicodemo llegó hasta ese nivel, no pasó la barrera del asombro y no comprendió que Jesús era el Mesías esperado.

Una de las tantas pruebas que demuestra la diferencia entre el mundo y la iglesia es la perspectiva que se tiene del pecado. El mundo practica el pecado, pero el creyente no peca en ese sentido o con esa actitud. A pesar de que muchos en el mundo pueden mostrar sensibilidad hacia los asuntos que conciernen a Dios, no por eso llegan a regenerarse.

El acto de nacer de nuevo es propio del Espíritu, jamás una obra humana. Por lo tanto, aunque el miedo al castigo embargue a algunos del mundo y los conmine a portarse mejor, ofender a Dios no es el motivo de su preocupación. El infierno asusta a muchos, pero la ofensa hecha a Dios no les preocupa. Por el contrario, el creyente no se asusta con el infierno, su preocupación se centra en no querer ofender a Dios.

Hay muchos que como el rey Agripa exclaman que los predicadores del evangelio casi los persuaden a ser cristianos. Incluso hay quienes se sientan en las asambleas como el pueblo de Dios, escuchando las palabras del evangelio sin ponerlas por obra. Más bien, halagan con sus bocas pese a que su corazón va en pos de su avaricia. El evangelista viene a ser como un cantor de amores, gracioso de voz y que canta bien (Ezequiel 33: 30-33).

¿Cómo podemos reconocer el verdadero valor de la vida y obra de Jesús? No se hace posible a no ser que se haya nacido de nuevo. Así parece habérselo confirmado Jesús a Nicodemo: que si no se nace otra vez no se puede ver el reino de Dios. ¿Qué puede ver un hombre no regenerado? Solamente el reino de la carne, así de simple y por argumento a contrario.

La regeneración presupone depravación; no se puede regenerar a una persona si antes no está depravada. La caída de Adán fue para la humanidad una caída en Adán, por lo tanto todos sucumbimos al pecado. En tal sentido, la necesidad de la regeneración es fundamental para que exista vida. Si hay muerte en delitos y pecados, solamente una fuerza externa e independiente del muerto puede llevarlo a la vida. Le sucedió en una manera física a Lázaro en su tumba cuando fue llamado por el Señor de la resurrección.

Este concepto fue expuesto bajo la necesidad de nacer de nuevo, para poder ver el reino de Dios. Nicodemo no reconoció su propia depravación cuando estuvo ante el Señor, asunto que sí hizo el ladrón en la cruz. Como cualquier fariseo, este maestro de la ley y miembro del Sanedrín se consideraba hijo de Abraham, adjunto al pueblo del pacto. Eso le bastaría, en especial a él que era de entre los principales judíos. Su sigilo para ver a Jesús lo hizo acudir a él de noche, de manera que no fuese visto por el cuerpo colegiado de sus colegas. Su jactancia presupuesta quedó desnuda ante la exclamación retórica de Jesús: ¿Eres tú maestro de Israel y no sabes esto? (Juan 3: 10).

Lo que es nacido de la carne es carne, pero lo que es nacido del Espíritu es espíritu y vida. El árbol malo no puede dar fruto bueno ni el bueno dar fruto malo, la cabra no se vuelve oveja ni la oveja se convierte en cabra. De la misma manera, el amor no puede producir odio ni el odio amor. El hecho de que Dios sea encontrado por aquellos que no lo buscan (Isaías 65:1) es un argumento enfático que sostiene el concepto de la muerte espiritual. Un hombre muerto en delitos y pecados no busca a Dios, por lo tanto si encuentra a Dios lo hace sin que lo anhele. Se entiende que Dios es quien busca, quien llama, aunque no llama a todos. A los que antes conoció (amó) a estos también predestinó, y a los que antes predestinó también llamó. El sustento básico de esta declaración es que nadie se gloríe en su presencia.

La simpatía del maestro de la ley por Jesús se vio patente cuando se apareció con cien libras de mirra y áloe para el embalsamamiento del cuerpo del Maestro. Esto puede ser visto como una buena acción muy válida para el evangelio de las obras. El evangelio de la gracia no toma en cuenta esas demostraciones de simpatía, como tampoco valora el maravillarse por las obras de Jesús. Cualquiera podría apostar que su admiración por Jesús de Nazaret junto a su obra cargada de señales son una prueba irrefutable de su regeneración. Pero los demonios lo reconocieron como Señor, como el Hijo de Dios, cosa que Nicodemo no hizo. Para este fariseo Jesús fue un hombre enviado de Dios -no el Hijo de Dios, no el Mesías esperado por los judíos. Para los demonios que hablaron con el Señor, Jesús era el Hijo del Altísimo aunque no por ello fueron regenerados.

En el evangelio de las obras la actitud de Nicodemo suma puntos y serviría para la especulación de su regeneración. Así lo ha hecho la pintura y escultura eclesiástica tradicional, dando reconocimiento a la bondad teológica de las buenas obras. Pero el hecho de haber andado bajo el discipulado del Maestro por tres años y medio no le sirvió de mucho a Judas, quien no fue llamado para el reino de Dios. Judas no nació de nuevo, aunque profesó estar converso y seguir al Señor durante ese tiempo. Ante el evangelio de la gracia no existe diferencia alguna entre el corazón de Nicodemo y el de Judas, ya que ninguno de ellos había nacido de nuevo.

Cuán grande noticia hubiese sido para los relatores de los evangelios el hecho de ver a Nicodemo convertido en un auténtico discípulo del Señor. De seguro hubiesen escrito acerca de cómo se enfrentó al Sanedrín, de la persecución a la que habría sido sometido, de su coraje por salir a la luz pública predicando la buena nueva de salvación. En cambio, lo que conocemos de Nicodemo fue su sigilo en acercarse al Maestro, su reconocimiento de que ese hombre maravilloso venía de Dios, su colaboración con las especies para embalsamar su cuerpo. Ese Nicodemo no califica en el evangelio de la gracia si no fue llamado.

Si posteriormente Nicodemo fue cambiado en su corazón recibiendo un espíritu nuevo -como lo expuso Ezequiel- no lo sabemos. Pero el Nicodemo del relato del evangelio de Juan no hace mayor diferencia con Judas o con Faraón. Fue Jesús quien dijo que en el día final muchos le reclamarían argumentando que ellos hicieron grandes obras y señales (tal vez estuvieron en los templos predicando), sanando enfermos en su nombre, incluso echando fuera demonios. No olvidemos que la comisión de los 70 regresó contenta porque los demonios se sujetaban en el nombre de Jesús, pero el Señor les dijo que era mejor alegrarse por saber que sus nombres estaban escritos en el libro de la Vida. De igual forma, Jesús había enviado poco antes a los 12 discípulos, entre los cuales se encontraba Judas. De manera que ese hijo de perdición recibió igualmente poder para echar fuera demonios y hacer sanidades. La respuesta del Señor ante las personas que argumentarán como garantía sus obras evangelísticas y sus señales de poder será: nunca os conocí (nunca los amé).

Simón el mago fue bautizado y de nada le sirvió; el ladrón que Jesús salvó en la cruz no tuvo tiempo de bautizarse y eso no fue impedimento para la vida eterna. Nicodemo creía que por ser miembro de la nación de Israel, por ser su maestro, fariseo miembro del Sanedrín, él estaba calificado para los asuntos del reino. Pero no entendía nada del nuevo nacimiento porque sus ojos no fueron abiertos. Muchos pueden pasar su vida leyendo las Escrituras y eso no les aprovecha de mucho. Pese al conocimiento del maestro judío había pasado por alto varios textos que referían a ese nuevo nacimiento. Jehová tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas (Deuteronomio 30:6). No era la parte externa de la circuncisión lo que valía sino la del corazón.

Lo mismo anunció Ezequiel, que Jehová quitaría el corazón de piedra. Parecido escribieron tanto Jeremías como Isaías, así como aparece en todos los libros del Antiguo Testamento, que es Dios el autor de la salvación de su pueblo pero que no todos los que se llamen israelitas son sus hijos. Prueba de ello se revela en lo que el Antiguo Testamento narró referente a tantos que en su desobediencia a Dios fueron aniquilados en el desierto, en las ciudades y en la nación entera de Israel. Absalón fue un ejemplo de impiedad, muy a pesar de venir de un hombre conforme al corazón de Dios como David su padre. El rey Acab fue rechazado y muchos reyes que hicieron lo malo delante del Señor. Entonces, ¿a quiénes llama Dios? Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Más bien, Dios ha elegido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo Dios ha elegido para avergonzar a lo fuerte (1 Corintios 1:26-27).

El Señor se place en esconder de los sabios y entendidos las cosas del reino, pero las revela a los niños, a aquellos indefensos que no tienen de qué agarrarse, sin un ápice de confianza en sus obras y que tienen absoluta dependencia en Dios. Por supuesto, esta metáfora habrá de entenderse de acuerdo al orden divino, pues si ya se afirmó que no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios, si todos están muertos en delitos y pecados, no puede siquiera haber un niño para fin tan noble. Entonces, ¿quiénes son estos niños? Son los que Dios ha llamado y a quienes Dios les ha cambiado el corazón de piedra por uno de carne.

La luz de Cristo no fue suficiente para dar claridad al espíritu de Nicodemo; no porque el Señor careciera de virtud sino porque en el plan de Dios Nicodemo sería una referencia del fariseísmo rancio (al menos para el momento del relato bíblico). El conocimiento de la Divinidad a través de la creación tampoco será el nivel apropiado para generar el nuevo nacimiento. El maestro de la ley tenía la comprensión de ese conocimiento porque su cultura teológica así se lo había permitido. El sabía que el Dios de la creación estaba detrás de todo lo que veía, tenía en su haber los rollos pertinentes para conocer la historia teológica de su nación. Pese a ser un gran maestro y estar en el ranking entre los principales judíos, su ignorancia en materia del reino de Dios fue notoria. No supo que Jesús era el Hijo de Dios, tampoco entendió que él estaba en tinieblas frente al Señor que es la luz del mundo. Más bien se observa en el relato de Juan que este personaje estuvo confiado en su cultura religiosa.

El Señor le dijo a Nicodemo que necesitaba nacer de nuevo, que estaba totalmente perdido. No vemos al fariseo preocupado frente a Jesús, sino más bien mostrando extrañeza por lo expresado en las palabras que oía. Tal vez se alegró de aprender algo nuevo, de recibir una nueva enseñanza que venía de este Maestro sabio enviado de Dios. Pero eso fue todo, se quedó a medio camino. Una gran lección para nosotros hoy día, para que comprendamos una vez más que el evangelio de las obras no sirve de nada para entrar en el reino de Dios. ¿Qué debo hacer para ser salvo? Esa debió ser la pregunta de Nicodemo, cuya respuesta hubiese sido cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.

Pero los demonios creen y tiemblan, mas no son salvos. Creer va precedido de la regeneración del Espíritu, lo cual nos permite estar capacitados para la comprensión absoluta de la vida y obra del Señor. Así como es imposible que alguien aprenda a nacer de nuevo, es también una impertinencia invertir el orden divino: es inútil profesar un evangelio que no se comprende y al que no se ha sido llamado.  ¿De dónde surgen las herejías? De los que siendo cabras se infiltran en el redil de las ovejas. Jesús es la puerta de las ovejas y a cada una llama por su nombre, sus ovejas oyen su voz y le siguen. Al extraño jamás seguirán porque no conocen su voz.

La voz física y audible de Jesús no le fue útil al maestro de la ley, pues necesitaba el llamado interno que solamente hace el Espíritu de Dios.   Esa misma voz que oyó el ladrón en la cruz cuando al lado del Señor clamó para que se acordara de él una vez que viniera en ese reino del que Nicodemo estuvo siempre alejado.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:19
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios