Lunes, 09 de febrero de 2015

El asunto de la providencia divina es de interés fundamental para llegar a comprender una parte de la esencia de Dios. Dios es quien provee, pero su provisión alcanza a todas sus criaturas. El que ordenó por su palabra que sucediesen todas las cosas también las ha hecho permanecer de acuerdo a como ha querido. Nuestro gran dilema es que estamos sumergidos en el espacio-tiempo, en la sintaxis del acontecer de las cosas donde un elemento va antes que otro. Lo vemos hasta en lo que escribimos, donde una grafía se escribe después de la otra.

Desde ese plano también vemos como el tiempo va ejerciendo su poder implacable y nosotros vamos feneciendo en su fachada. Por supuesto, un Dios que hizo el tiempo pero que no está sometido a su empuje no envejece ni se fatiga, no se afecta porque jamás disminuirán sus fuerzas. Cuando Adán fue creado ya había sido creado el tiempo. Adán de seguro envejecería, a no ser que el Señor hubiese ordenado su no afectación. Pero más allá de que no se hubiese gustado la muerte, todo ya tenía su proceso de nacimiento y crecimiento, hasta su madurez.

Hubo ángeles que no fueron tentados por el mal sino preservados según el plan eterno de Dios. Empero, con el hombre sucedió diferente, fue tentado y seducido por el mal, fue arrastrado hacia el pecado y tuvo que ser expulsado del huerto del Edén. Sin embargo, Dios había provisto ejercer su misericordia para con un gran grupo de personas a lo largo de su historia. No hizo así con los ángeles caídos, los cuales fueron condenados todos en su maldad sin ninguna suerte de perdón o esperanza.

El intelecto humano se pregunta por qué razón Dios no quiso tener misericordia de toda la humanidad. Muy pocos se han ocupado de indagar acerca de los ángeles caídos; pero de seguro sería otra la historia si el Señor se hubiese ocupado en redimir a toda la humanidad sin excepción. No teniendo más de qué preocuparse, el hombre se hubiese volcado a reclamar por los pobres ángeles que pecaron. No obstante, ha sorprendido en algunos seminarios teológicos el hecho de que sus estudiantes y profesores se hayan dedicado a orar e interceder por los ángeles condenados. De hecho, hay quienes piden a Dios el perdón para Lucifer.

Aunque Dios haya ordenado el mundo de la manera en que lo contemplamos, con los defectos del pecado y con la maldición por el mismo, Dios no se burla de sus criaturas. Simplemente, cada quien debe sentirse inexcusable por descuidar y por no observar los mandatos de Su voluntad. Si el hombre no cree en la Palabra revelada, si no observa sus preceptos, la falta no está en Dios sino en la criatura. Es la depravación de la naturaleza humana, sumergida en la corriente del pecado (el error de alejarse de Dios) lo que ha pervertido la voluntad del ser humano.

Si Dios invitase a toda la humanidad a ir hacia Él y luego le diese la espalda a los que le buscasen, eso sería burlarse del hombre pecador. Pero el hecho de que Dios capacite solamente a algunos para que lo adoren en espíritu y en verdad, garantizándoles que serán salvos por siempre, no lo hace culpable de no ejercer misericordia hacia los que ha querido endurecer para la gloria de su poder y justicia.

¿Es culpable Dios de no tener misericordia de Lucifer y su tropa de ángeles rebeldes? ¿Lo culparemos porque Jesucristo estuvo preparado de antemano para ser el Cordero expiatorio en el plan de redención que concernía solo a parte de la humanidad? ¿Quién puede acusar a Dios por hacer lo que desee con la masa de barro que le pertenece? Por otra parte, cuando el hombre peca no se siente compelido contra su naturaleza o llevado a actuar contra su deseo carnal. Judas traicionó al Señor sin ningún tipo de complejos, con la seguridad de hacer aquello que su espíritu anhelaba hacer. De la misma forma, al haber comprendido su maldad tuvo remordimiento, devolvió la ganancia de su traición y decidió ahorcarse en el intento de aplacar el grito de su conciencia.

¿No fue esa también la voluntad de Dios? Ciertamente sí lo era, porque escrito estaba. El discurrir filosófico y teológico sobre la voluntad divina y el accionar humano puede ser rico en sus debates, sustentador en sus principios; pero aunque no se nos impide tampoco se nos ordena a que cada uno tenga que preguntarse si está o no está predestinado a creer en el Hijo de Dios.

El mandato bíblico consiste en ir por todos lados a predicar el evangelio, para que el que crea no se pierda sino que tenga vida eterna. Si alguien cree puede entender que lo ha hecho porque esa ha sido la voluntad divina. Si alguien no cree podrá o no entender que así lo ha querido Dios. No obstante, aunque el anuncio del evangelio sea genérico, con tendencia universal en su alcance, la acogida que tenga el mensaje será siempre singular en los escogidos del Padre.

Los seres humanos por mucho que se inmiscuyan en la sociología como disciplina de estudio jamás eximirán de culpa a un violador y asesino de niños. Podrán comprender el porqué actuaron de esa forma, se podrá entender la razón sociológica detrás de tales individuos. Incluso se llegará a mirar con cierta piedad por el hecho de que tal destino estuvo encausado por una serie de factores que escaparon de la voluntad individual de cada uno de ellos. A pesar de que se descubra que la fuerza sociológica los llevó por tal sendero, que algún traspiés psíquico operó en la perversión, el perpetrador de tan oprobioso acto será declarado meritorio de castigo.

Más allá de que el Mesías haya sido ordenado para su sacrificio, también se dijo ay de aquel por quien fuese entregado. Por supuesto, sería igualmente dicho un ay  a nombre de Poncio Pilato, de Herodes, de los conspiradores que lo asesinaron. Pero aunque el Señor pidió en la cruz que el Padre perdonara a los que no sabían lo que hacían, no aconteció lo mismo con Judas quien ya estaba ahorcado para ese momento.

Dios tiene derechos sobre todas sus criaturas. El es libre de hacer que la voluntad y el accionar de ellas vayan en conjunción con su decreto eterno e inmutable. La providencia divina se extiende a todo cuanto ha creado, humanos, animales y la plenitud del universo. La providencia divina también se vio en Judas, quien no murió siendo un niño, ni fue asesinado en una trifulca ni herido mortalmente en un combate. Más bien fue protegido para ser conducido al cumplimiento de su designio. Cuando Dios provee lo hace en dos sentidos, en unos para maldición (como los representados en Esaú) y en otros para bendición (como los representados en Jacob). Pero ante este hecho revelado en las Sagradas Escrituras, el hombre se levanta con su puño erguido y reclama ante el Señor: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?

Solo hay una respuesta posible dada por el Espíritu de Dios: ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer con el mismo barro un vaso para honra y otro para deshonra? En esta respuesta se coloca al hombre en una posición muy incómoda; por si fuera poco, la misma Escritura declara en otro lugar que Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes.

Conviene recordar las palabras de Elifaz al exhortarnos a tener amistad con Dios, ya que Dios salvará al humilde de ojos (Job 22:29). O las de Isaías, que nos incitan a buscarlo mientras puede ser hallado, a llamarlo mientras está cercano. El Dios de las Escrituras es el único capaz de llevarnos a su presencia, de darnos su redención eterna. Los dioses fabricados por el alma humana han sido incapaces de salvar siquiera un alma. Ellos suenan más melodiosos, más amoldados a nuestro parecer, pero su fin es camino de muerte. El Dios de las Escrituras nos recuerda la horrenda cosa que es caer en sus manos, pero de igual forma nos dice que dejemos el camino de impiedad y nos volvamos a Él, el cual será amplio en perdonar.

Como en la parábola del sembrador, solamente la semilla que cayó en tierra abonada dio fruto a su tiempo y en su debida cantidad. Lo acá expresado verá su fruto en los corazones de carne preparados por el Espíritu de Dios de acuerdo a la voluntad inmutable del Padre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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