Jueves, 29 de enero de 2015

Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. El que permanece en la doctrina, éste tiene al Padre y también al Hijo (2 Juan 1:9).  De cierto, de cierto os digo que el que no entra al redil de las ovejas por la puerta, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y asaltante (Juan 10:1). Estos dos textos son demasiado claros, por lo cual decimos que lo que es evidente no necesita explicación.

Son un llamado a la reflexión del pueblo cristiano. Recordemos que muchos que militan en el cristianismo lo hacen en virtud de una tradición, de una costumbre, de un ambiente cultural en el cual se han formado. Otros asumen el evangelio como un dogma de fe, pero muy pocos conocen la esencia de aquello que dicen creer: la doctrina de Cristo, que es el núcleo del mensaje de salvación, el centro de la persona y obra de Jesucristo.

El trabajo que el Padre le encomendó al Hijo es la tarea que hizo a perfección cuando vino a la tierra como Verbo encarnado. Su culminación quedó plasmada en la cruz, pero fue especificada por las palabras del Señor al momento de expirar: Consumado es. Es decir, la obra que el Padre le encomendó fue cumplida a cabalidad, la expiación de todos los pecados de su pueblo -tanto judío como gentil.

Recordemos que los judíos dividían el mundo entre ellos y los demás, entre judíos y gentiles (el resto de la gente). Lo mismo hicieron los romanos, eran ellos y el resto de las gentes. Como prueba de lo dicho, ellos aportaron el Derecho Romano para tratar los asuntos entre los ciudadanos de Roma, pero el tema jurídico de los demás fue tocado bajo el Derecho de Gentes. Dentro de ese contexto se entiende la palabra de Juan cuando habló de la propiciación de Jesucristo por los pecados de los judíos y por los de todo el mundo (los gentiles). Ese todo el mundo de Juan, cuando el apóstol habla del alcance de la propiciación, hace referencia al mundo gentil, lo cual expuso a su iglesia compuesta fundamentalmente por judíos (1 Juan 2:2).

Pero Juan estaba consciente de que muchos de sus contemporáneos judíos quedaron por fuera de la expiación de Jesucristo, ya que rechazaron y crucificaron al Mesías. Lo mismo acontecía en el mundo pagano (gentil), donde el nombre de Jesús era ignorado y donde tampoco conocían del Mesías que habría de venir. De manera que Juan hablaba de Jesucristo como la propiciación por los pecados de los judíos que componían su iglesia (y por extensión todas las iglesias de los judíos creyentes), así como del alcance y extensión al mundo de creyentes gentiles (el resto del mundo). Sumados judíos y gentiles se constituye todo el mundo.

Es evidente que Juan conocía la frase del Señor: muchos son los llamados y pocos los escogidos. Con esa información en mano, mal podía escribir en sus cartas que Jesús se proponía ser la propiciación de los pecados de todo el mundo sin excepción. De igual forma otros textos apoyan el uso habitual del adjetivo todo como una hipérbole. Toda Jerusalén salió para ser bautizada por Juan, pero no fueron todos sus habitantes sin excepción los que acudieron a las aguas.

De este argumento se deriva que los que no permanecen en la doctrina de Cristo no tienen a Dios. Todo aquel que confiesa otro evangelio es anatema; todo el que supone que la expiación de Cristo es universal, sin excepción, está creyendo un evangelio diferente al anunciado por Jesús y sus apóstoles. 

Resulta que la doctrina de Cristo ha sido expuesta de manera límpida, con suficiente claridad para ser contrastada con su antagónica enseñanza por parte de los falsos maestros. Nadie puede empezar la vida cristiana con un Cristo falsificado y después pretender heredar la vida eterna. Si usted como cristiano cree que Cristo murió por Judas, por Caín, por Faraón, por todos los réprobos en cuanto a fe -de los cuales la condenación no se tarda-, por los que no tienen sus nombres inscritos en el libro de la Vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), por todos los que detienen con injusticia la verdad del evangelio, por aquellos a quienes les fue enviado un poder engañoso de parte de Dios para que crean en la mentira y se pierdan, por cuanto no quisieron creer en la verdad, entonces usted está tan perdido como cualquiera de ellos. Si Jesucristo murió por los que nunca nacerán de nuevo sino que seguirán muertos en sus delitos y pecados, tampoco salvó a nadie en particular.

Jesucristo es la puerta, pero hay otras entradas ocultas para los salteadores del camino. Entradas que propician los falsos maestros, anunciando un evangelio diferente ya declarado anatema. En el evangelio de imitación que se tiene hoy día -nada nuevo, pues su vieja data así lo atestigua-, se pregona la mentira de que Jesucristo murió por todos sin excepción, que pagó por los pecados de todo el mundo (incluyendo a Judas y a todos los mencionados anteriormente). Son muchos los templos donde se repite en la celebración de la Cena del Señor una frase de falsa esperanza: a los amigos le decimos que si tienen algún pecado que les atormenta, ya Cristo pagó por él en la cruz. A Judas le atormentó el pecado de su traición, pero ese no fue pagado por Jesús en el madero; tampoco fueron pagados los pecados de ese conjunto de personas enunciados en la Biblia y ya antes expuesto.

Jesús compara a los imitadores y falsificadores del evangelio con salteadores que entran por la puerta trasera del redil. Ellos son ladrones que vienen a robar la paz, a robar el verde pasto de la palabra sana, cabras monteses que cabecean a las ovejas. Celoso de su pueblo los llama sus amigos, su iglesia, sus elegidos. Por ellos vino a dar su vida, por ellos vino a rogar ante su Padre. Hoy día continúa intercediendo por ese grupo amado que buscará al final de los tiempos para transformar sus cuerpos y glorificarlos perpetuamente.

Jesús tiene un mensaje que darles a los salteadores y ladrones que forjan las llaves del reino para meterse en la parte trasera del redil de las ovejas. En su oración intercesora recogida por Juan en su evangelio, en el capítulo 17, les dice: no ruego por el mundo. Está claro que Jesús no rogó por ellos, por lo cual tampoco hoy día intercede por ellos.

La síntesis final también fue resumida en otra palabra del Señor: no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre ha placido daros el reino. Habló del temor de la manada pequeña frente a la gran multitud de lobos disfrazados de ovejas, de cabras que entran como ladrones y salteadores por la puerta trasera. Este mundo hostiga a los creyentes de la verdad, los perturba con sus insinuaciones y tentaciones, con sus señalamientos y en especial con la variedad de doctrinas de demonios que se lanzan desde los púlpitos de las sinagogas de Satanás, para hacer creer que el de ellos es el verdadero mensaje de salvación.

De nuevo sirvan las palabras de Jesús: pese a que seamos una manada pequeña, no debemos tener miedo. La razón es muy sencilla, ya que los decretos de Dios son inamovibles, inmutables, imprescriptibles: se nos ha dado el reino por el puro placer de la voluntad del Padre. No en vano también se ha dicho que de quien quiere, Dios tiene misericordia; pero al que quiere endurecer, también endurece.

El Dios soberano no será removido jamás en su disposición eterna, de manera que gocémonos desde ya por el inmenso bienestar que nos aguarda. En ese lugar adonde nos acercamos (y en el cual ya estamos sentados) no entrarán ni los ladrones ni los salteadores.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:31
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios