Jueves, 22 de enero de 2015

Los judíos habían sido alimentados con la ley de Moisés, por intermedio de sus célebres escuelas rabínicas y en conjunción con sus maestros de la Torá. La ley, la enseñanza y la instrucción son la esencia de este vocablo hebreo, de manera que para el judaísmo la Torá es la Ley. Allí se concentra la revelación divina otorgada al pueblo de Israel, bajo el contenido de la ley mosaica. El Pentateuco comprende los cinco primeros libros de Moisés, tan venerados como si fuesen el patrimonio de identidad de la nación de Israel.

Cuando el Mesías esperado les vino ellos lo rechazaron, pues su corazón se les había engrosado al término que les llevó a crucificar al Señor. Con todo, los primeros creyentes en Jesucristo fueron de la nación judía y el Señor indicó que la salvación venía de los judíos. Claro, Jesucristo mismo era parte de ese grupo étnico, pero no como una creación de ellos sino como su creador. La iglesia naciente se vio nutrida de judíos pero allí concurrieron de inmediato los gentiles, dando cumplimiento a la apertura que Dios hizo al resto del mundo.

Cuando ocurre la destrucción del templo (año 70 aproximadamente) y la diáspora judía toma su fuerza, son los gentiles los encargados de llevar a cabo la tarea evangelizadora en el mundo. Por su parte, aquella nación que fue testigo del nacimiento de la iglesia se atrincheró en su culto judaico y se abrazó a esa idea como al cemento que los unía en cada nación del planeta. Hoy día conocemos la historia reciente en que Israel vuelve a ser una nación, con su lengua, pueblo y territorio.

Dentro de ese grupo étnico y patriótico hay quienes siguen practicando la religión judaica, que no reconoce al Mesías que instituyó la iglesia. Existe el  grupo de ateos que no cree en nada (al menos es lo que ellos dicen) y también aparece el grupo de creyentes cristianos conversos. Pero un fenómeno ha tomado lugar en la extensión del mundo cristiano, la aparición de los judíos mesiánicos.

Estos no solamente son judíos que dicen creer en el Mesías Jesucristo, sino que además se muestran arrogantes con los demás creyentes cristianos del planeta. Para empezar no reconocen la versión del Nuevo Testamento griego sino que la tildan de pagana, por lo cual introducen un sinnúmero de nombres en hebreo para darle mayor misticismo a sus lecturas del evangelio. Si la versión griega es pagana, parece ser que la terminología hebrea tiene el poder de des-paganizar el texto.

Jesús ya no es Jesús sino Yeshua, porque dicen ese fue el nombre hebreo (o arameo Yeshúa) que tuvo en su hogar con María -que tampoco es María sino Mír-yam, y en arameo sería Maryam. Pero lo que no desean aceptar es que Dios quiso notificar al mundo a través de la lengua griega, donde Yeshua es Ιησούς (Isoús) pronunciado /iisús/. Para desacreditar el texto griego señalan que ese no es más que un intento pagano de pervertir las Escrituras, pues Dios no pudo escribir su revelación en otra lengua que no haya sido hebreo o arameo.

Con esa insolencia persiguen la hegemonía lingüística de la revelación, quizás bajo la esquemática idea de que en el cielo se hablará solamente hebreo, muy a pesar de lo que el Apocalipsis enseña de la conversión en cada nación, lengua y tribu. Deberían considerar que si la salvación viene de los judíos, no es de cualquier judío ni tampoco de la nación israelí. Viene de Jesucristo -quien era judío de nacimiento y linaje-, pero eso no quiere decir que venía del Sanedrín o de la religión judaica. Así Jesús se lo hizo saber a la mujer de Samaria, para indicarle que ellos alababan lo que desconocían. Al parecer los judíos han hecho lo mismo, han alabado a quien no conocen y como ahora pareciera haberles amanecido la idea del evangelio, entonces solamente la aceptan bajo el filtro del judaísmo o de su espíritu regionalista.

Pero qué es lo que hace a una persona judía. Según la Biblia no es lo exterior, no es la circuncisión de la carne o del cuerpo; el verdadero judío se hace interiormente, con la circuncisión del corazón (Romanos 2:28-29). Pero los que se apegan a las formas y tradiciones humanas como si fuesen mandatos divinos para el espíritu están trayendo otro evangelio.

¿Qué le dijo Juan el Bautista a sus coterráneos judíos? ¿Acaso los alabó porque venían a bautizarse y el que fuesen judíos les ayudaba en algo? Más bien les dijo: Camada de víboras. ¿Quién les dijo que podían escapar del castigo que se acerca? Produzcan frutos dignos de arrepentimiento. No piensen que podrán alegar: Tenemos a Abraham por Padre, porque les digo que Dios es capaz de sacarle hijos a Abraham incluso de estas piedras (Mateo 3:7-9).

Por cierto, el término fariseo implica división, hacer una brecha. Los fariseos se separaban a sí mismos del resto del pueblo judío, dado que observaban cosas superfluas y se apegaban a la letra de la ley (que mata) y no a su espíritu. Los mesiánicos de hoy hacen cosas parecidas, al apegarse a los símbolos del judaísmo, a la tradición de su historia. Su soberbia es solamente comparada a la de sus padres los fariseos, que clamaban ser hijos de Abraham, si bien estos de ahora proclaman que la Iglesia está en deuda con ellos.

Los judíos -dicen los mesiánicos- le dieron a la humanidad la Biblia y el Mesías, de manera que la Iglesia les está en deuda. Vaya calamidad de reclamo, pues según la misma Escritura Abraham no era judío, ni lo fue Adán ni tampoco Eva, y ya el Señor les había anunciado un Redentor (Génesis 3:15). Entonces, ¿con quién tenemos deuda, tanto judíos como gentiles, en materia de salvación? Aseguran los mesiánicos que sus ancestros fueron perseguidos por la iglesia católica, pero desconocen que por su desobediencia a la Palabra que les fue dada el castigo les vendría.

¿Acaso hay que convertirse en judío para ser cristiano? ¿No habla la Escritura que en Jesús ya no hay judíos ni griegos (gentiles), libres ni esclavos? Estoy seguro de que estos mesiánicos no podrán engañar a la iglesia de Cristo, pues no les será posible. Ellos engañarán a los que están en el mundo, los profesantes que se dicen creyentes y no lo son, que se admiran de los vocablos hebreos como si fuesen elementos de la lengua celestial, que son llevados por todo viento de doctrina. Bien lo dijo el Señor hablando de Sí mismo como el Buen Pastor: ...Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños (Juan 10:4-5).

Estos judíos mesiánicos son parte del conjunto de extraños que reclaman obras judaizantes, al menos en su forma. Eso tiende a cambiar la doctrina, por lo cual se hacen anatema como lo dijera Pablo. Y Juan añade que si viene alguno con una doctrina diferente no le digamos bienvenido.

Por esta razón debemos tomar seriamente el evangelio, que nos habla de Jesucristo y su obra cumplida en la cruz. Esa es la esencia del mensaje del evangelio, es la declaración de Dios acerca de lo que hizo Su Hijo por nuestra salvación. Lo demás es añadidura perniciosa, simbolismo y práctica de una cultura muy regional que en nada es predicada dentro de las Escrituras.

A los gobiernos totalitarios les da por cambiarle el nombre a las instituciones, a los conceptos anteriores, a las cosas en general. Los judíos mesiánicos han tomado un derrotero similar, cambiando el nombre griego por nombre hebreo, como si con ello transformasen los conceptos. Ciertamente hay soberbia detrás de esos conatos, pues su lengua amada es la primigenia en materia del espíritu, sacrificando el principio de extensión universal del evangelio: a toda criatura, de toda lengua, tribu y nación.

Los judaizantes del siglo I se desvanecieron a lo largo de su diáspora, pero ahora reunidos en una nación pretenden la hegemonía de aquello que tanto odiaron: el evangelio de Jesucristo. Su celo por la forma raya en la desesperación de aferrarse al étimo, como si la cosa estuviera en el nombre. Se han vuelto a los viejos rudimentos, a guardar las fiestas, los días y los años, a la virtud de comidas especiales y aún a la circuncisión física. ¿Será un añadido pagano la visión de Pedro en relación a las viandas? Mata y come, se le dijo al apóstol, lo que Dios ha purificado no lo llames inmundo. Toda variedad de animales prohibidos en la ley mosaica ahora desfilaban en la visión apostólica, dejando a un lado las costumbres judaicas que eran simplemente una figura de lo que habría de venir.

No olviden que todos los que dependen de las obras de la ley (aunque sea de una pequeña obra solamente) están bajo maldición (Gálatas 3:10). Cristo nos hizo libres del yugo de la esclavitud, por lo cual Pablo nos dijo que si nos circuncidábamos de nada nos aprovecharía Cristo. Esto es muy grave, pues es como si condicionara la redención a no cumplir la obra de la ley, ya que si es por obras entonces no es por gracia. Y si por gracia, no es por obras. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído (Gálatas 5:1-4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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