Martes, 20 de enero de 2015

Dios conoce todas las cosas desde el principio, puesto que son todas sus obras. Sí, los apóstoles se refirieron a eso, en especial cuando hablaban de la conversión de los Gentiles en el libro de los Hechos, capítulo 15 verso 18. Y es que Dios ha visto de antemano lo que habrá de acontecer, por ser el gran programador de los eventos del universo.

Vio la serpiente en el Edén seduciendo la voluntad de Eva, y a ésta persuadiendo a Adán. Lo demás lo conocemos, Adán culpando a su mujer y la serpiente guardando silencio. Pero el Todopoderoso no quiso evitar nada, tampoco fue un espectador silente, sino que se había propuesto la caída de su primer hombre para llevar a cabo su plan de redención.

El Cordero estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), pero no como los que tuercen las Escrituras argumentan. Jesucristo no fue un as bajo la manga del Padre, sino su primer predestinado, su elegido para la obra redentora. Ese fue el precio que fijó el Padre como pago por la justicia satisfactoria, lo fue porque así lo planificó. En ningún momento Dios previó lo que la humanidad desearía (la salvación eterna) y lo que la humanidad le haría a Su Hijo (la crucifixión tortuosa). Eso no fue así, como si necesitase averiguar el futuro por intermedio de la mente humana. La Biblia nos relata que esa obra salvadora es conocida por Dios desde siempre, por cuanto todo lo que quiso Dios ha hecho, porque Él anuncia lo porvenir desde mucho antes de que acontezca.

Dios ha decretado cuanto acontece, no nos anuncia el futuro como un profeta que lee en los corazones humanos, ya que eso implicaría que el futuro estaría formado primero en los corazones de sus criaturas y después el Dios soberano leería  y plagiaría las noticias para revelarlas a su pueblo.

Tal concepción está adornada de blasfemia, suponer que el Creador quedó limitado por su creación. De ese dios no nos hablan las Escrituras, pero ese dios es una creación del imaginario teológico de la humanidad. Un dios antropomorfizado, hecho a la imagen y semejanza de los hombres, que alegra momentáneamente el corazón humano por cuanto encaja con sus imperfecciones.

La tragedia griega nos ha hablado de esos dioses. Los relatos de Homero nos cuentan también de las pasiones humanas divinizadas, cuando sus dioses incurrían en deseos semejantes a los de la humanidad. Pedro el apóstol anticipa este peligro y nos advierte acerca de torcer las Escrituras, un concepto que anunciaba el trabajo nefasto de la interpretación privada de la palabra revelada. 

Dios conoce todo aquello que previamente decreta y ordena que suceda; no hay causas fuera de Él que le den conocimiento. La Deidad no depende del saber adquirido respecto a la voluntad humana, ni de ninguna circunstancia casual exterior a Dios mismo. La predestinación de todo cuanto acontece es la base de Su conocimiento, que se ciñe en todo lo que previamente ha decretado. Bien lo reflejó Zanchius: Una Deidad sin decretos y unos decretos sin inmutabilidad son, de todos los inventos del corazón humano, lo más absurdo (Zanchius. La Doctrina de la Absoluta Predestinación).

Uno hace énfasis en esta enseñanza porque su contrario pregona a un Dios inhibido y frustrado, a la espera del arrepentimiento humano y bajo el sufrimiento por las almas que le son arrebatadas por Satanás. Semejante pugna entre el bien y el mal parece estarla ganando las fuerzas de las tinieblas, mientras el buen Dios se aflige al ver como se desprecia el trabajo y la persona de Su Hijo.

La Biblia nos dice que tengamos cuidado de aquellos que llaman bueno a lo malo y a lo malo bueno (Isaías 5:20), a los que ponen tinieblas por luz y luz por tinieblas, a los que invierten lo dulce por lo amargo y viceversa. El texto de Isaías resalta la definición que Dios hace de lo bueno y de lo malo, al colocar como perversión el que el hombre invierta tal definición.

La humanidad se ha volcado hacia un relativismo teológico, donde la verdad bíblica puede ser suavizada bajo el pretexto de alcanzar las masas para Cristo. De igual modo, la perversión humana se mitiga para que no se haga una crítica devastadora, de manera que las puertas de los templos se mantengan abiertas y los nuevos fieles entren a depositar su dinero en las arcas.

La doctrina torcida es maldad y como tal debe ser denunciada. Los apóstoles batallaron para mantener la pureza doctrinal. Pablo habló de maldición, de anatema, contra todo aquel que anuncie un evangelio diferente, sin importar que aquel pudiese ser incluso un ángel del cielo. Juan resaltó el hecho de no decir bienvenido a ninguno que no traiga la doctrina enseñada por los apóstoles; Pedro habló contra los que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

Así como Jesús anduvo con Judas, sabiendo que era diablo, la iglesia tiene su cizaña la cual no ha de arrancar. De igual forma, en el Nuevo Testamento se habla de hermanos englobando tanto a creyentes como a profesantes no creyentes. Y en el Antiguo Testamento se menciona al pueblo de Dios, como el conjunto de personas creyentes o profesantes de una fe, del que no todos tenían necesariamente el conocimiento adecuado de Dios.

Dios habló por intermedio de Jeremías y llamó a su pueblo ignorante, carente de entendimiento. Les dijo que eran expertos para hacer el mal y que no sabían hacer el bien. En síntesis, les argumentó que no lo conocían (Jeremías 4:22).  Dios había escogido a una nación para ser su pueblo por sobre todos los pueblos de la faz de la tierra, pero como bien dijera el Espíritu a través de Pablo: en Isaac te será llamada descendencia. De manera que no todo Israel era el Israel de Dios. En la iglesia hay gente que tiene una profesión de fe pero que aún no conoce a Dios; muchos no han tenido la experiencia del nuevo nacimiento y no distinguen la gracia de Dios de las obras muertas que practican.

La aclaratoria la da el Nuevo Testamento, cuando se ha escrito que bajo el cielo no hay ni uno solo que haga lo bueno, no hay tampoco quien busque a Dios. De manera que se entiende que la gracia de Dios es absolutamente necesaria para hacer lo que es bueno, para conocer al mismo Señor. Por lo tanto, también se deduce que si no todos conocen a Dios es porque no a todos les ha amanecido Cristo. Y para eso nadie es suficiente, pues es necesario nacer de nuevo, que el corazón de piedra sea removido y se implante uno de carne, con un espíritu nuevo que reconozca a Dios, que ame sus estatutos, que le busque con avidez. Pero esta operación es exclusiva del Espíritu de Dios que hace como quiere, aunque siempre hará su trabajo en aquellos que el Padre ha señalado para ir a Jesucristo.

Por eso la Escritura concuerda, ya que el Hijo dijo: Todo lo que el Padre me da vendrá a mí ... Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. La fe y la perseverancia son dos regalos de Dios y Él sabe sobre quienes va a depositar esos bienes. De allí que es de importancia capital que la predestinación sea predicada, pues constituye la retribución de gloria a Dios por su misericordia y al mismo tiempo refleja nuestra incapacidad total para ser salvos. Y por si fuera poco, es la verdad más vilipendiada hoy día desde los templos cristianos que parecen más bien las sinagogas de Satanás descritas en el Apocalipsis.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:05
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