Lunes, 19 de enero de 2015

Nos parece que lo que acontece en el universo es producto de un conjunto de leyes naturales que permite que funcione el orden frente al caos. Lo que ocurre en el plano social debería tener sus propias normas, de manera que lo sociológico acontece por la fuerza de las relaciones del individuo con la sociedad. Pero, ¿quién está detrás de todo lo que pasa en este planeta?

Se ha dicho que el diablo es el que genera el mal, que la mentira es su norte y la apariencia su engaño. El ha sido homicida desde el principio; se ha añadido que engañó a Eva en el Edén, que por su intervención Adán cayó como cabeza federal de la humanidad y en Adán caímos todos. Ese es el planteamiento bíblico y nos socorre para entender lo que sucede en nuestra esfera terrenal.

Jesucristo caminó sobre las aguas y ascendió a los cielos, sin que la ley natural de la gravedad pareciera afectarle, porque Dios no se sujeta a sus normas, sean naturales o espirituales. Conocemos la ley de la gravedad como principio natural, pero detrás de la ley natural está su mano y su voluntad, de manera que puede intervenir para que se anule su efecto cuando quiera.

En el plano espiritual comprendemos como una declaración verdadera el hecho de que Dios dijera que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), así como todas las demás cosas. Pero el texto añade que lo hizo para sí mismo, es decir, aún Satanás con su poderío y maldad ha sido hecho por Dios con el propósito eterno e inmutable de glorificarse en su ira y en su poder.

Como la eternidad es parte de la esencia de Dios, sus actos son eternos, sin que medie improvisación; como la perfección también le es esencial, necesario es que en Él no haya ensayo ni error. Pero a la mente humana le cuesta mucho trabajo admitir que lo que acontece en materia social es el producto de un decreto eterno y sin cambio. El hecho de que la voluntad humana intervenga en las decisiones políticas, económicas, públicas y privadas, la asoman como a una soberana responsable de los fenómenos humanos.

Hoy día la ciencia nos ha dado una pista interesante con el descubrimiento del genoma humano. Hay un orden de la ingeniería del cuerpo que en alguna medida decreta nuestro destino biológico. Uno pudiera derivar por analogía  hacia el argumento del genoma espiritual, para vislumbrar lo que acontece en nuestro alrededor y comprender mejor las Escrituras. La proposición bíblica A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí nos puede dar una pauta de salida en este laberinto. El amor eterno de Dios produce la salvación en Jacob, hace que desee la primogenitura como su mayor anhelo; al contrario, el aborrecimiento eterno de Dios por Esaú exige que éste la venda o la cambie por un plato de lentejas.

Eso es lo que vemos a diario, gente que estima en nada el conocimiento de la Palabra de Dios; gente que desprecia en grado sumo todo aquello que le hable de Dios. De esta forma el caos social aparece cuando la suma de tantas personas que odian a Dios pone en movimiento la rueda de las relaciones sociales. Pese a ello, hay unos pocos que anhelan escuchar la verdad de las Escrituras, los cuales se constituyen en la luz del mundo de tinieblas, en la sal de la tierra desabrida moralmente. A estos últimos les toca contender con la fuerza descomunal del mundo, con sus atractivos e improperios, como caballos que halan la carreta del destino.

El hombre cayó de la imagen divina en la cual hubo sido creado, para descender de la felicidad original hacia el caos social (Génesis 3). La razón del amor por las tinieblas sigue al hecho de que sus obras eran y son malas. Por supuesto, esto no se desliga del que Dios haya querido que Adán cayera en el pecado, pues también había decretado que Su Cordero estuviese preparado de antemano (antes de la fundación del mundo) para la salvación de su pueblo (1 Pedro 1:20; Mateo 1:21).

Zanchius bien lo expuso, que si Dios no hubiese querido que Adán cayese en la transgresión ¿cómo es que esto no fue lo que sucedió? Se pregunta: ¿Es el hombre más fuerte y Satanás más sabio que Aquél que los hizo a ellos? De seguro que no. De nuevo, ¿no pudo Dios -que ha hecho lo que le ha placido- haberle obstruido al tentador el acceso al paraíso? ¿O no pudo haber creado al hombre como hizo con los ángeles elegidos, con una voluntad firme e invariable, inclinada absolutamente a lo bueno, incapaz de desear lo malo? (Jerome Zanchius. La Doctrina de la Absoluta Predestinación).

En respaldo a lo dicho por Zanchius sirva al menos un texto entre tantos que existen, para que sea más creíble su declaración: Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). Ha hecho como ha querido en la creación, en la providencia y en la gracia. Ha creado las criaturas que quiso, y para su propio placer, de manera que hace de acuerdo a su voluntad. Nada se mueve sin su deseo, sea en los cielos o en la tierra; Él muestra su gracia a quien quiere mostrársela (Romanos 9), salva y llama a los hombres, no de acuerdo a sus propias obras sino a Su propósito eterno e inmutable. Esa es la esencia de la soberanía, la necesidad de su poder absoluto; su nombre así lo dicta: Jehová, el que hace que todo sea posible. ¿Habrá acaso alguien tan igual que pueda hacer aún al malo para el día malo?

Ante esta declaración de contexto de las Escrituras (y en muchas partes también literal), surge el objetor en pelea con su Hacedor: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? (Romanos 9: 19). Pero el objetor ignoraba que aún él había sido hecho por Dios de esa manera, ya que estuvo argumentando dentro del límite del espacio-tiempo, dentro de la historia filosófica y religiosa humana, pero en la ejecución de aquello que se había decretado en la eternidad.

Una gran verdad extraordinaria se demuestra de este argumento, que el objetor no acusa a Dios de ser indiferente ante la caída de Adán. Ciertamente, Dios no fue un espectador en el Edén, contemplando el engaño de la Serpiente a la humanidad que Adán representaba, sino que fue Actor Escritor del libreto que ellos representaron. De allí surge la pregunta que objeta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Si nadie ha podido resistir a su voluntad.

El creyente debe permanecer en calma y reposo, con lo cual se avizora mejor la salvación de Jehová. El ha dicho que tiene contados nuestros cabellos, cosa que nadie ha hecho jamás. Ha agregado que un pájaro no cae a tierra sin su voluntad, cosa trivial ante nuestros ojos. Nuestros cabellos y los pájaros cayendo a tierra parecen acontecimientos sin importancia a nuestro entendimiento, pero aún esas nimiedades son de vital trascendencia para Dios. ¿Hemos de temer al mundo y a su principado? Hemos de resistirlo, solamente, por cuanto nuestro camino no le es oculto a Dios, ni nuestra causa le es inadvertida. Jehová es el Dios eterno que creó los confines de la tierra, quien no se fatiga y cuyo entendimiento es insondable (Isaías 40:28).

Si por la voluntad de Dios acontece cuanto sucede por doquier, deducimos que Él no es indiferente a lo que pasa. Pero también hemos de concluir que ni en la menor medida puede Dios ser considerado un Ser frustrado. Por necesidad, Dios no puede ser resistido, mucho menos su voluntad podrá ser menoscabada. Lo terrible para el hombre en su pecado es que no puede escapar de su esclavitud por cuenta propia. Antes, al contrario, busca aferrarse más a él y enarbola su puño contra el Altísimo para recriminarle por todo lo malo que acontece en el planeta. Pese a toda su protesta, Dios le sigue inculpando de pecado y le reclama su responsabilidad moral en todo el caos que el hombre en su pecado ha generado en el mundo en que habita.

La soberbia parece no conocer límites, Lucifer así lo demostró. No le bastó la caída del cielo, sino que instó al Hijo de Dios a adorarle, como si pudiese sugestionar a Su Hacedor, como si pudiese engañar al Sabio Dios para conseguir la efímera meta de la adulación. Con todo lo expuesto en las Escrituras, una inmensa cantidad de seres humanos lo adula voluntariamente, mientras otra lo sigue engañada. Pero a todos se les anuncia su responsabilidad, bien por la revelación escrita en el papel o por la revelación escrita en el corazón del hombre. Pues lo que de Dios se conoce nos ha sido manifiesto por la creación, de manera que no hay quien se excuse.

En la Biblia dice Dios, arrepentíos y creed en el evangelio. Como si gritara: cambien de mentalidad respecto a Mí, conózcanme un poco más; escudriñen las Escrituras, pues parece que en ellas está la vida eterna. El evangelio no se predica por partes, ni tampoco escondiendo las cosas difíciles de entender. Se ha de anunciar su plenitud, más allá de que los indoctos e inconstantes tuerzan las Escrituras para su propia perdición.

Lo que ha sido decretado o normado desde la eternidad se ata al hecho de que Dios no hace nada sin haberlo fijado a un plan previo. Lo que ha planificado no lo ha hecho en contra de su voluntad, sino siguiendo aquello que le parece bien que ocurra. En este sentido, si la catástrofe natural acontece por las leyes naturales, el caos social también está normado, aunque por otras causas. Pero detrás de todo lo que acontece está la suprema voluntad divina.

En el decir de Zanchius, el hilo de oro que nos conduce a través de todo el sistema cristiano es la elección. Es el núcleo que conecta y mantiene todas las partes juntas en un conjunto, sin lo cual sería un sistema arenoso. Lo que Dios ha querido desde el principio eso es lo que acontece, de otra manera Dios estaría luchando en una guerra dualista que blasfema su nombre. ¿No ha hecho Dios al malo para el día malo?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:11
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