Viernes, 16 de enero de 2015

Cuando los judíos quedaron privados del templo, con su altar de sacrificio y su sacerdocio no se dieron cuenta de que en realidad Jesucristo era el gran Sumo Sacerdote, el único altar y sacrificio, el verdadero acceso a la presencia de Dios. Para ello hacía falta caminar por fe y no por vista, pero la costumbre del culto ceremonial les condujo a tener ceguera ante el mensaje de los apóstoles y de los nuevos creyentes.

El libro a los Hebreos aparece como un testimonio de aquellos santos registrados en las Escrituras que son nombrados oportunamente en este mensaje apostólico. De una importancia doctrinal ejemplar, el libro de Hebreos constituye un modelo pedagógico de lo exhibido en el Antiguo Testamento y de cómo el Nuevo Pacto subsumió aquellas enseñanzas y las conjugó en un solo proyecto. Acá también se instruye sobre el templo, pero no de aquel hecho con manos humanas sino del Tabernáculo celestial (Hebreos 8:2).

Los judíos se habían habituado a los símbolos y a las ceremonias convertidos en ritual, y esto los había alejado de la fe de Abraham. Ellos andaban por vista, por las maravillas de sus emblemas, acostumbrados a pedir señales, fosilizados en la vieja idea de ser el pueblo de Dios. Hijos de Abraham, como se decían a sí mismos, no aprendieron de ese padre la esencia de su amistad con Dios, ya que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia.

La justicia judía era la piedra lanzada contra la mujer adúltera, la devoción al sábado de reposo, el sacrificio (junto a su comercio) de palominos en el templo. Contra estas ideas transmitidas por generaciones batalló Jesucristo, cuando volteó las mesas de los cambistas, cuando sanó en día sábado diciendo que tal día se había hecho por causa del hombre y no el hombre por causa del sábado.

A la pregunta acerca de si era lícito curar en día de reposo, Jesús respondió: Y si a uno de vosotros, en día de sábado, se le cae en un hoyo la única oveja que tiene, ¿no le echa mano y la saca? Pues ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! (Mateo 9: 11-12). El Señor del día de reposo hizo muchas actividades en los sábados: arrancó espigas junto a sus discípulos, sanó a un hidrópico, a otro que había estado enfermo por 38 años, a un ciego, a una mujer enferma por 18 años (tan solo como un breve ejemplo).

Pero la ley de Moisés era el ícono del judaísmo y habían abandonado su espíritu para aferrarse a la pura letra. La letra mata, esa fue su gran ignorancia, como lo sigue siendo hoy día. Incluso en el mundo secular se ha llegado a concebir al espíritu de las leyes, pues toda justicia debe ir más allá de la letra de la norma para encontrar su esencia y su ámbito de justa aplicación. La herencia del legalismo es un mal que hace ver la paja en el ojo ajeno sin darse cuenta de la viga que existe en el nuestro.

El evangelio de Jesucristo expuesto ante los judíos de aquel entonces era como echar vino nuevo en odres viejos. Una profunda tristeza embargó por siglos a los judíos por la destrucción de su templo. Hoy día el judaísmo intenta su reconstrucción y ya han obtenido muchos implementos que utilizarían en él. Peor aún, siguen olvidando que Jesús es el Sumo Sacerdote, que Dios no habita en templos hechos de manos, que el creyente en Jesucristo es templo del Espíritu Santo.

El libro a los Hebreos surge por ese problema suscitado hace 2000 años, y en él se establece la gran diferencia entre el mensaje de Moisés y el mensaje del Mesías anunciado. Aquello fue figura de lo por venir, fue un tipo de lo que habría de acontecer. El Tabernáculo con sus instrumentos y adornos, el sacerdocio y su servicio, los distintos tipos de sacrificio y ofrendas, apuntaban a una sola persona en la cual se sostuvieron muchos como viendo al invisible. Todo señalaba a los oficios y glorias del Señor Jesús.

Estas cosas y los sacerdocios sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le había advertido a Moisés cuando estaba por acabar el tabernáculo, diciendo: Mira, harás todas las cosas conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte. Jesús alcanzó un ministerio sacerdotal más excelente, como mediador de un pacto superior, establecido sobre promesas superiores. Ya que si el antiguo pacto hubiese sido sin defecto, no se habría procurado lugar para un segundo (Hebreos 8: 5-7).

El sacrificio animal nunca quitaba en forma absoluta el pecado, sino que era un símbolo de lo que haría el sacrifico de Jesucristo en la cruz. Los que creyeron en aquello como apuntando al Mesías salvador, son los que Jesús salvó en la cruz, al ofrecer su sacrificio una vez y para siempre eliminando también para siempre su pecado. Los sacerdotes humanos eran pecadores, débiles e imperfectos, pero el sacerdote perfecto sin pecado que vive para siempre es Jesucristo (Hebreos 7). De la misma manera se ha expuesto el tabernáculo terrenal hecho de manos (Hebreos 9:1-2) frente al tabernáculo celestial no hecho de manos (Hebreos 8:2).

El maravilloso templo de Salomón fue apenas un tipo o modelo del templo natural, del cuerpo místico de Cristo. La evidencia de tal declaración bíblica es el Espíritu de Dios que habita en nosotros (1 Corintios 3:16). Precisamente esta declaración de Pablo viene precedida de su comentario acerca de los hermanos cuya obra quemada (por ser madera, hojarasca y heno) es desechada, si bien los mismos serán salvos como de un incendio. De igual forma, el libro de Hebreos nos asegura que la salvación es para siempre (Hebreos 5 y 9), ya que Dios salva completamente y Cristo no deja de interceder por los suyos (Hebreos 7). Tenemos una herencia eterna porque Cristo se presenta ante Dios por nosotros (Hebreos 9 y 10); lo más grandioso es que Dios nunca más recordará nuestros pecados (Hebreos 10), si bien Dios castiga a sus hijos (sin condenarlos) (Hebreos 12), de manera que podemos estar contentos con el hecho de que Jesucristo nunca nos abandonará (Hebreos 13).

Aquellas cosas se escribieron para nosotros, vale la pena invertir tiempo para leerlas. Si somos templo del Dios viviente, entonces adornémonos con las obras preparadas de antemano para que andemos en ellas. No olvidemos que somos el verdadero templo, que el de Salomón era apenas un tipo del que habría de venir.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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