Martes, 13 de enero de 2015

En una oportunidad el Señor recomendó no dar lo santo a los perros ni las perlas a los cerdos. El había comparado el reino de los cielos, su buena nueva de salvación, con una hermosa perla. También había declarado que Su Padre era Santo, de manera que hacía referencia a sus dichos, a su doctrina. Uno de sus discípulos escribió acerca de los supuestos creyentes que se volvían al solaz del pecado, a quienes comparó con la puerca lavada que se vuelve al fango y a los perros que se comen su vómito.

Identificar cerdos y perros es una encomienda celestial, por cuanto se nos pide que no demos las palabras del reino o del evangelio a tales personas. Asimismo, en el Antiguo Testamento encontramos una referencia muy clara hecha a los impíos, que no deben tomar la Palabra de Dios en sus bocas. Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que narrar mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? (Salmo 50:16).

De manera que el evangelio como toda la Escritura inspirada por Dios se hizo para el pueblo de Dios. Hay quienes sin ser parte de ese pueblo se visten con ropaje de ovejas y tuercen las Escrituras para su propia perdición. En la comisión de los 70 Jesús envía a su gente de dos en dos, con el propósito de anunciar su reino. Les recomendó dar su paz a los que la recibieren, pero para los que la rechazaren les vendría el retiro de la oferta: los discípulos sacudirían el polvo de sus pies y el castigo para esa casa sería mucho mayor que para Sodoma y Gomorra. Los que no aceptaban el anuncio eran incrédulos por naturaleza, pero no todos necesariamente perros y cerdos. La Biblia nos habla de algunos que recibirán mayor condenación que otros.

Hay gente que se regodea en el pecado, que lo disfruta sin tener la menor preocupación por sus consecuencias. Les inquieta cuando asumen el quebrantamiento económico o la debacle de la salud personal, pero en aquello que concierne al alma los tiene sin cuidado. Ellos han preferido ganar el mundo a cambio de su alma; su visión se ha enceguecido y su conciencia está engrosada.

La predicación del otro evangelio se hace reiterativa, se anuncia sin descanso para que muchos lo comprendan y lo acepten. En cuanto al verdadero evangelio el anuncio se hace a tiempo y a destiempo, pero con la dignidad del mensaje. Jesús les dijo a los 70: Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros (Lucas 10: 6). Resalta el hecho de que el Señor no nos envió a rogarle al mundo que aceptara su mensaje, simplemente nos dijo que lo anunciáramos para testimonio a todas las naciones. Los que se arrepienten y creen el evangelio son aquellos hijos de paz, que son llamados elegidos, pueblo de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo.

¿Cuántas veces hemos de predicar el evangelio a una criatura? No se nos dice el término, pero por el contexto podemos deducir que Dios no se goza en rogar a nadie ni tampoco se complace en que el impío tome su palabra en su boca. El ha prohibido dar esta oferta a los cerdos y a los perros, pero como no sabemos siempre quiénes son ellos predicamos a todos. Lo cierto es que no hay ruego, no hay súplicas, simplemente un anuncio del reino de Dios acercándose; la reacción que aquello supone es la respuesta esperada por Dios.

La Palabra de Dios no vuelve a Él vacía, sino que hace aquello para lo cual fue enviada: en unos ocurre mayor endurecimiento, pero en otros opera el nuevo nacimiento por virtud del Espíritu Santo. La Escritura no defiende la tesis de la lucha del Espíritu con los incrédulos tratando de convencerlos para que vayan a Jesucristo. Más bien nos demuestra lo contrario, ya que cuando Jesús llamó a sus discípulos lo hizo en forma muy directa y autoritaria sin que ninguno se le resistiera.

Ahora bien, no nos confundamos con el otro evangelio. Muchos son los que lo oyen y no lo creen; de manera que eso no se les computa como si fuese un anuncio del verdadero mensaje. En los elegidos llega el momento en que oyen la palabra adecuada, como en la parábola del sembrador según la cual la semilla cayó en buena tierra. Conoce el Señor a los que son suyos, y pocos son los escogidos. En ocasiones se llama a muchos (y no a todos) pero Jesús afirmó que pese a ello pocos eran los escogidos por el Padre.

Cristo le recuerda a sus Apóstoles y por ellos a nosotros que hemos de reservar el tesoro del evangelio para los hijos de Dios, solamente, sin que tengamos que exponerlo ante los profanos y menospreciadores de la palabra divina. Dado que es difícil para cualquier maestro de Biblia distinguir quiénes son los aludidos en la metáfora de Jesús (acerca de perros y cerdos), hemos de predicar a todos sin distinción. Sin embargo, es posible que los que muestran claras evidencias de ser contenciosos y estar endurecidos contra Dios sean los marcados como los que rechazan el remedio para su mal.

Creo que Salomón nos da una buena pista en relación al tema que analizamos, en Proverbios 9:7 dice:  El que corrige al escarnecedor, se acarrea afrenta: El que reprende al impío, se atrae mancha. Los judíos fueron al inicio de la propagación del evangelio un claro ejemplo de la metáfora de Jesús; pero hoy día hay personas que actúan con brutal estupidez como los cerdos frente a las perlas, o con gran furia ante la admonición de las Escrituras como si fuesen perros rabiosos.

Los que escuchan acerca de la justificación y la eterna elección pero propician la  pereza y la indulgencia carnal, demuestran su naturaleza corrupta. Estos serían los cerdos; mientras otro tipo de gente se da a la destrucción de la sana doctrina, o se vuelven contra los ministros del evangelio con reproches sacrílegos, demostrando que les tiene sin cuidado su salvación (los perros). Estos serían los incurables oponentes de la Palabra de Dios, si bien por partida doble se nos muestra la diferencia entre ellos (Calvino: Comentario a las Sagradas Escrituras).

Como zarcillo de oro en la nariz de un cerdo, es la mujer hermosa y apartada de razón (Proverbios 11:22). ¡Guardaos de los perros! ¡Guardaos de los malos obreros! ¡Guardaos de los que mutilan el cuerpo! (Filipenses 3:2) (Estos perros eran los judaizantes, los que mutilaban el cuerpo con la circuncisión de la carne, que añadían a la gracia de Dios la obra humana, tal como se ve hoy día con el otro evangelio).

Solo el Espíritu de Dios nos ayudará a no darle lo santo a los perros ni las perlas a los cerdos; pero anunciamos el evangelio a toda criatura para testimonio a todas las naciones. El que creyere será salvo, mas el que rehusare creer ya ha sido condenado. Pablo prefirió al hermano depravado referido en la Carta a los Corintios antes que a los judaizantes, o a los que enseñaban un evangelio diferente. De aquel feligrés dijo que lo entregaran a Satanás para destrucción de la carne, de manera que su espíritu fuese salvo en el día del Señor (1 Corintios 5:5), y después lo volvió a incluir en la Iglesia porque se conmovió por su arrepentimiento mostrado (2 Corintios 2:5-11). Pero de los que pregonaban el evangelio de la gracia con las obras dijo que eran anatemas, esto es, malditos (que en alguna medida serían también perros y cerdos).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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