Lunes, 12 de enero de 2015

Los primeros filósofos platónicos (o neoplatónicos) convertidos al cristianismo introdujeron en la iglesia la idea de la libertad de la voluntad. Su sentido era el de la auto determinación, auto valoración, algo como llegar a ser su propio maestro o regidor de sí mismo. Con el término vertido al latín, conocemos la expresión liberum arbitrium (libre juicio o libertad de la voluntad).

Las relaciones humanas parecen regirse por ese principio y así lo apoya el Derecho. La culpa, el dolo, la negligencia, son actos derivados de la voluntad de los seres humanos y generan responsabilidad. Una voluntad descuidada da a luz a la negligencia, un espíritu indocto origina la impericia. La toma de decisiones que hacemos a diario nos valida esta idea del libre juicio, pero como estudiosos de la Escritura uno debe preguntarse si la Biblia avala tal concepto. Nada más lejos de la realidad expuesta en los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Sin embargo, es cierto que Dios ha dado al alma intelecto y voluntad, para poder comprender y juzgar de acuerdo a la conciencia. De hecho eso hacemos en este momento, sojuzgar conceptos según los dones del alma para decidir si amamos u odiamos aquello que nos parece correcto o incorrecto. Por la voluntad humana aceptamos o rechazamos algo, pero aquello que hacemos no se realiza independientemente de Dios.

El concepto de la soberanía de Dios domina toda noción de libertad. La voluntad humana viene a ser esclava y no una neutralidad adaptable a las circunstancias. Dios tiene la prerrogativa de encauzarla hacia lo que Él desea, de manera que Sus planes eternos e inmutables se cumplan como lo ha decretado. Ante esta proposición, por demás bíblica, el hombre natural reclama por su libertad: si él no es libre entonces tampoco ha de ser culpable. Pero Dios no responde ante nadie, pues no tiene igual o superior a Él para rendir cuentas; más bien ha dicho que el hombre no es nada ante el Todopoderoso, que es semejante a una olla de barro en manos del alfarero.

La lógica humana se rebela y clama otra vez en torno a por qué Dios inculpa, pues nadie puede resistir a su voluntad. Al menos en este planteamiento encontrado en Romanos 9 uno puede darse cuenta de que el objetor admite la soberanía absoluta de Dios, si bien no se agrada de ella. Lo que Dios le hizo a Esaú no  tiene perdón humano, dentro de la visión natural del que alterca con el Creador.

Por esta razón, entre otras, decimos que la libertad es una sensación, más que una realidad en nosotros. Dios conoce infaliblemente lo que acontecerá en cualquier asunto material o espiritual en el universo creado, pero ese conocimiento no le viene por adivino, ni por ciencia predictiva, sino porque es el autor de sus propios decretos. Hay textos bíblicos que serían muy útiles si pudiésemos memorizarlos; pienso en Isaías 46:9-11 que nos habla del Dios que predestina. Más allá del étimo está el concepto, de manera que podemos comprender el contexto en el cual Dios habla a través de su profeta.

Acordaos de las cosas del pasado que son desde la antigüedad, porque yo soy Dios, y no hay otro. Yo soy Dios, y no hay nadie semejante a mí. Claro, el pasado nos habla del  poder soberano de Dios, pero eso es historia y se puede escribir una vez acontecidos los eventos. Sin embargo, el mismo Señor aclara la posible duda: Yo anuncio lo porvenir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no ha sido hecho. Digo: 'Mi plan se realizará, y haré todo lo que quiero.'  

El Señor conoce porque planifica lo que acontecerá, no porque ve el futuro en la mente de los hombres, sino en virtud de sus planes. Desde la antigüedad planificó amar a Jacob y odiar a Esaú (Romanos 9), así como que Judas entregara a Su Hijo por unas piezas de plata, por lo tanto su plan se realizará por necesidad. Pero hay algo más en el añadido, un asunto que dice mucho de la personalidad del Altísimo: Él no es un Dios frustrado ni está en batalla contra el mal. Desde lo alto de su soberanía hace todo lo que quiere. Si hace todo lo que quiere, entonces no puede verse frustración alguna en su carácter sino más bien el mundo es un reflejo de todo aquello que ha planificado al detalle.

Claro, aún las cosas duras de oír, el caos del pecado extendido por doquier, todo ello fue anunciado por sus profetas y eso es lo que Dios ha querido. Yo llamo desde el oriente al ave de rapiña, y de tierra lejana al hombre que llevará a cabo mi plan. Yo hablé, y yo haré que suceda. Lo he planeado y también lo haré. Un Dios que en esencia es eterno se conjuga con sus actos eternos: todo lo que hace se ha inspirado fuera del tiempo, desde siempre. Por esta razón, Él es inmutable como aquello que realiza, su amor por Jacob y su odio por Esaú. El ser humano es quien ve los cambios en su propia vida, porque está sometido a la relatividad del tiempo, al antes y al después.

Por lo dicho, la voluntad humana es una esclava de la naturaleza del hombre; los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Con esta proposición de Jesús nosotros entendemos que el ser humano tiene voluntad pero atada a su naturaleza caída. Pese a ello, esa voluntad esclava al pecado está sometida al plan soberano de Dios. Ciertamente, Dios no pudo darse el lujo de abandonar a Judas a su propio arbitrio, pues bien podía no haber vendido al Señor sino que a lo mejor lo hubiese asesinado él mismo. La muerte en la cruz era la meta del Padre, dentro de su plan de redención para su pueblo; el propósito de Satanás fue que Jesús no alcanzara ese objetivo. Visto de esta manera, Judas pudo servir mejor a su padre el diablo con su voluntad esclava al pecado; pero el Padre Soberano no se permitirá voluntades libres que estropeen sus decretos inmutables.

Comprendemos que la falacia del libre albedrío lo es por partida doble, como doble es su esclavitud. La voluntad es esclava al pecado, pero además está atada a los propósitos específicos de Dios. ¿Puede una persona caída en el pecado convertirse del mal hasta regenerarse a sí misma y llegar a creer en Jesucristo? Dado que la voluntad humana está atada al pecado, el ser humano permanece ciego, ignorante, malo y sin el poder o sentir el verdadero deseo de cambio. Tiene hostilidad contra la ley de Dios, por aquello de que las cosas espirituales han de ser juzgadas espiritualmente.

En términos bíblicos, el hombre está muerto en sus delitos y pecados. Tiene una mente carnal en enemistad contra Dios, sin que pueda someterse a Él (Romanos 8:7). Todo ser humano es condenable y si no obtiene la perfecta satisfacción de la justicia de Dios seguirá cargando con sus pecados y culpas. Solamente Dios justifica y limpia la culpa, sin que el hombre pueda dar algún pago por su alma.

La única esperanza que tenemos está en Cristo en la cruz, pues si no llevó nuestros pecados entonces seríamos dignos de conmiseración. El nuevo nacimiento lo da el Espíritu de Dios y de acuerdo a la voluntad del Padre que es el que lleva a su pueblo a Jesús. Nadie podrá ir a Jesucristo a no ser que el Padre lo lleve allí, de manera que si esa es nuestra inclinación felices hemos de sentirnos. No en vano nos fue dicho por el Hijo: Venid a mi todos los que estáis trabajados y cansados, que yo os haré descansar. Solamente cuando sentimos la fatiga del pecado y miramos a Jesús en la cruz podemos estar ciertos de que la promesa se hizo para nosotros.

La confianza en la libertad humana mata, por cuanto es un asidero de arena para sembrar una casa. Repetir oraciones de fe son ilusiones que no certifican el llamado del Padre. Por eso debemos aprender la palabra de Jesucristo, quien dijo que errábamos si ignorábamos las Escrituras. También agregó que la escudriñáramos, porque en ella nos parecía que teníamos la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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