S?bado, 03 de enero de 2015

Se dice que el creyente se reparte entre la conciencia de Cristo y el corazón del mundo. Dado que la voluntad del hombre creyente continúa caída porque hemos sido vendidos al pecado, con nuestra mente servimos a Dios, pero con nuestra carne al mal. El creyente a veces hace lo que no quiere, lo que aborrece; sin embargo, por ese método sabe que la ley es buena y que el mandato divino es correcto. El hecho de conocer que aborrecemos el pecado (y que en ocasiones nos aborrecemos a nosotros mismos por cometer lo que tanto odiamos) nos permite deducir que lo que Dios nos pide es bueno en gran manera.

El creyente sabe que el pecado que mora en él es quien hace aquello que tanto detesta. Según el hombre interior se alegra en la ley de Dios, aunque en sus miembros una ley diferente combate contra la ley de su mente. Pese a esa lucha particular, el creyente es conminado a servir a Dios, ya que no se puede servir a dos señores, a Dios y a las riquezas (Mateo 6:24).

Cuando se habla de las riquezas no solamente se hace referencia al dinero, sino también a lo que abunda en el mundo. Si estamos al servicio de Dios, debemos caminar como sus siervos, como sus amigos y aún sus prisioneros (así lo dijo Pablo). Este apego a su ley es mucho más que aferrarse a la letra del mandato, trasciende la formalidad de la norma en la búsqueda de su espíritu. El pecado en el creyente se puede definir como una gran mentira, es hacer aquello que no queremos hacer, es suponer que seremos felices con lo que nos hace tristes o alegrarnos con lo que nos perturba.

Servir al Señor implica reinar con él.  Con ese aperitivo uno puede proseguir en la degustación del conjunto general de la vida en Cristo. Ya no vivo yo, decía el apóstol, sino Cristo en mí. El reino de Dios no es de este mundo, pero como estamos acá en medio de ese otro reino somos perseguidos y maltratados, aunque al mismo tiempo exaltados por la presencia de Dios. Esa es la delicia del creyente, la esperanza bienaventurada, saber que nuestra ciudadanía no está acá en el mundo sino en los cielos.

Pero la Biblia contiene muchos ejemplos y situaciones que nos ilustran acerca de lo difícil de entender a Dios. Recordemos a Samuel o a Isaac. Ambos personajes eran vasos escogidos para misericordia: Isaac era el portador de la semilla de donde le sería escogida descendencia. De su linaje vino el Mesías Salvador, lo prometido en el Génesis 3:15. Samuel fue apartado para el ministerio desde muy niño cuando Ana lo entregó al sacerdote Elí en el templo. Con todo el conocimiento que ellos habían adquirido del Señor y pese a desear más que nada servirle en este mundo, ambos se confundieron en el ejercicio de sus funciones.

Isaac amó a Esaú en forma especial, lo reconocía hasta por el olor de su ropa. Quiso darle la bendición que le correspondía de acuerdo a la norma de la primogenitura, pero ignoraba que ese no era el plan de su Dios. El Señor usó la trampa de Rebeca para que su amor por Jacob se viera recompensado en esta tierra, y sacó a Esaú de su rol de primogénito porque lo había aborrecido desde siempre -aún antes de hacer bien o mal (Romanos 9). El plan de Dios no fue comprendido por Isaac, muy a pesar de saber que era el portador de la promesa dada a Abraham.

A Samuel le sucedió algo parecido con Saúl, su rey amado. Eran amigos, le había tomado cariño y cuando tuvo que profetizar que su reino se había rasgado por la desobediencia al Altísimo, por sus mentiras continuas, por pretender engañarlo diciendo que los animales los había tomado el pueblo para hacer una ofrenda a Jehová, sufrió en gran manera. El cumplimiento del deber conlleva dolor las más de las veces. Samuel había hablado en nombre del Señor, o el Señor había hablado por medio de Samuel. Pero lo que había tenido que decir era tan necesario como triste: pasó una noche entera orando, intercediendo para que la misericordia de Dios se retuviera en la vida de Saúl.

Las plegarias de Samuel, su vigilia y su fogosidad de espíritu no fueron suficientes para mover la decisión de Dios. Lo que sucedió lo sabemos, Saúl va de mal en peor, con nuevas mentiras que trataban de ocultar las mentiras anteriores. Antes de morir lanzándose sobre su espada Israel sufre derrota tras derrota, por este rey desechado por Dios. Lo cierto es que tanto Isaac como Samuel se habían encariñado con dos sujetos a quienes Dios rechazaba, lo mismo que nos acontece a nosotros en muchas ocasiones. Cuántos amigos o familiares no tenemos que quisiéramos fuesen salvos, que amaran al Señor por sobre todas las cosas, pero son rechazados por el Altísimo y ellos no dan fruto de arrepentimiento.

Hay otra escena dolorosa en el pueblo de Israel, cuando escogieron mujeres  de otros pueblos y procrearon hijos. Después del arrepentimiento por sus pecados tuvieron que desprenderse de ellos (de mujeres y niños) con mucho sufrimiento en la época de Esdras. Pero hoy día sigue vigente el dolor por lo emocional, por el cariño mal puesto, pues ¿qué comunión tienen la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial? Por tanto no hemos de unirnos en yugo desigual con los infieles.

El creyente no escapa de la trampa sentimental, sino que vive en la suposición de que aquello que su ánimo le dicta proviene del Espíritu de Dios. Le sucedió a Samuel con Saúl, lo mismo a Isaac con su amado Esaú. Pero Dios demostró que otros eran sus planes, ya que conocer sus planes eternos es posible solo a través de la revelación (en nuestro caso ya escrita). El que sus hombres de confianza hayan sido sus escogidos para fines proféticos o de la promesa no los validaba para hacer suponer que sus sentimientos estarían en concierto con los del Altísimo.

No en vano la Escritura señala que si alguno se gloría, que se gloríe en conocer a Dios. El es en alguna medida el Dios escondido, el que oculta las cosas de su reino de los sabios y entendidos y las da a revelar a los niños. En cuanto a nosotros siempre tendremos en esta vida a dos señores, pero hemos de servir a uno solo. Dos ciudadanías nos han sido dadas, la terrenal y la celestial; hemos sido sentados en los lugares celestiales con Cristo, pero continuamos en este mundo tangible. Estamos puestos en el mundo aunque no somos del mundo; se nos manda a aborrecer al mundo y a no amarlo, pero al mismo tiempo se nos dice que amemos aún a nuestros enemigos. Discernir estos puntos es tarea conjunta que hacemos con el Espíritu de Dios y con Su Palabra, pues nuestra sabiduría espiritual está en pugna con lo mucho que sabemos del mundo.

Una gran pregunta se levanta en la mente del creyente, ¿podremos dejar de lado el sentimiento  para apegarnos a la racionalidad de la enseñanza divina? ¿Superaremos fácilmente nuestro apego por las cosas del mundo tan queridas para nosotros, en las cuales nos hemos acostumbrado por años? Pablo sufrió mucho y tuvo grande dolor por sus parientes según la carne (Romanos 9), pero superó con creces el sentimentalismo porque se doblegó ante la inminente verdad de la soberanía de Dios.

El Dios soberano hace como quiere y no tiene quien detenga su mano, no hay quien de su mano libre. Solamente la sombra de su Presencia podrá brindarnos protección contra todas estas señales que el mundo envía. Asaf comprendió todo lo que le acontecía cuando hubo entrado al Santuario, supo el fin de los impíos y la eternidad de dolor que se les abría a ellos. En cuanto a él entendió que Jehová había sostenido su mano, lo mismo que le ha acontecido a cada uno de los redimidos a lo largo de la historia.

En el Santuario de Dios (su Presencia) comprenderemos en secreto lo que se hará notorio en público. Uno de los dos señores caerá por siempre derrotado, pero quedaremos de pie con el único de ellos que jamás se doblega: el Dios de la soberanía, el Dios de la predestinación, el que todo lo ha sujetado a sus designios y decretos desde la eternidad. Eso será suficiente para alcanzar descanso. Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios. Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos (Romanos 11:33).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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