Viernes, 26 de diciembre de 2014

La proposición de Pablo ante los corintios fue de no conocer más nada que a Cristo crucificado. El apóstol de los gentiles tuvo como tarea negarse para sí mismo el placer del conocimiento del mundo; por supuesto, sabemos que Pablo era un docto en la ley de Moisés, que citaba poetas griegos, que procuraba leer los papiros del momento. Con todo, en su reflexión ante la iglesia corintia, exclamó que no quería otro conocimiento diferente a Cristo en la cruz.

Ni los poetas o filósofos, ni los oráculos misteriosos de los griegos, ni la sabiduría general de las tradiciones helénicas, satisfacían a Pablo el creyente. Pese a ello, no escatimó el apóstol citar a algunos sabios o dichos griegos, como el atribuido a los epicuros, comamos y bebamos que mañana moriremos, o el del poeta Arato: En él vivimos, nos movemos y somos. Otros dichos comunes de escritores conocidos en su época decían: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. O este otro: la comunión con lo malo corrompe el buen carácter que es descrito como los malos amigos echan a perder las buenas costumbres.

De manera que Pablo conocía la cultura que le circundaba y se la pasaba cultivándose en la filosofía y literatura conocidas de entonces, mas su encuentro con el Señor bastó para dejar de lado su prolífica inquisición por el pensamiento secular y mundanal. En sus cartas menciona cerca de 500 veces el nombre Jesús, con lo cual demuestra el énfasis de su nueva vida. ¿Qué había en ese Jesús que lo llevó a dejar de lado tantos años de búsqueda intelectual en la tierra?

La verdad descubierta anunciaba a Jesús como el enviado del Padre, el  primero entre muchos hermanos, el unigénito de Dios. Aquel personaje profetizado en el Antiguo Testamento se había presentado recientemente en medio de los pescadores galileos, había tenido comunión con muchos y dejaba una obra caracterizada por señales. Pero más que eso, se le había aparecido al perseguidor y torturador de su iglesia.  Sin embargo, el conocimiento religioso del apóstol estaba mal enfocado y no le permitió reconocer que Jesucristo era el Mesías esperado.

No obstante, ese Jesús le habló y se le manifestó como aquel a quien Saulo perseguía. Cuando empezó a conocerlo se dio cuenta de que su presencia lo llenaba todo, de manera que le dijo a la iglesia corintia que no quería saber más nada sino solo a Jesús crucificado. Comprendió que el conocimiento de Dios y de su Hijo no valían de mucho si no estaba ligado a la crucifixión; un Jesús vacío de la cruz equivalía al mundo ya conocido, vacío de trascendencia.

La cruz para Pablo significaba la conciliación de Dios con el hombre, la pacificación del Todopoderoso, la expiación particularizada de los escogidos del Padre. Sin cruz, el conocimiento que pudiera tener de Jesús sería igual al que había tenido Judas, pura referencia sin beneficios. De manera que Pablo se separó de sus dos corrientes culturales primordiales: la cultura griega, como ya dijimos, y la cultura del judaísmo. El era de la tribu de Benjamín, fariseo de la ley de Moisés, celoso perseguidor de la iglesia, irreprensible en cuanto a la justicia de la ley. El hombre que había estudiado a los pies de Gamaliel consideró que todas las cosas que eran para él ganancia las tenía ahora como pérdida por causa de Cristo. Por su causa lo he perdido todo y lo tengo por basura, a fin de ganar a Cristo (Filipenses 3:8).

El mundo tiene su valor, nos ha permitido subsumir un conocimiento cultural con el cual entretenernos todos los días hasta nuestra muerte. Llegar a perder ese valor puede ser doloroso, ya que en ocasiones no queremos desprendernos del adorno que presupone el conjunto de costumbres con las cuales nos relacionamos con la gente de esta tierra. Aquello que leemos, las cosas con las cuales nos distraemos y entretenemos, la forma de alimentarnos, todo ello repercute en lo que somos. Pablo tuvo por basura todo eso por amor a Cristo, para dedicarse a aprender a Jesucristo crucificado.

El Cordero de Dios fue preordenado para ser entregado por su iglesia, por el determinado consejo de Dios; sufrió en lugar nuestro de tal forma que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz. Con esto sería suficiente para aborrecer las costumbres del mundo e incorporarnos a no querer saber más nada sino a este Cristo crucificado. Cuando estudiamos algo, cuando trabajamos en algún proyecto, deberíamos relacionarlo con el conocimiento del Señor, con lo cual se añadiría riqueza a lo que hacemos y nos daría el verdadero sentido de trascendencia.

Pensemos en que los milagros de Jesús fueron preparados como abono a su doctrina, para que validara sus enseñanzas, al igual que la santidad de su vida, de sus palabras que educaban como un adorno a su persona. Pese a ello, ¿cuál sería el sentido de todo este conocimiento acerca del Hijo de Dios si no lo viésemos relacionado con la cruz? Nuestros crímenes, nuestra naturaleza corrompida, la esclavitud al pecado y las tinieblas del maligno cubrirían nuestra existencia sin rastros de esperanza. Judas Iscariote fue un prototipo de lo que decimos, pues habiendo andado con el Señor el mismo tiempo que los demás discípulos no comprendió el sentido de la cruz.

¿Te imaginas tener a Dios como nuestro enemigo por la eternidad? Eso implicaría que Satanás sería nuestro compañero eterno y su tiranía nos borraría la sonrisa que alguna vez existió. El mundo pretende ignorar esta realidad, diluyéndola en sus múltiples distracciones. Pero los creyentes sabemos que la muerte de Cristo en la cruz apaciguó la ira de Dios con su pueblo.

Dios cargó en Cristo nuestras iniquidades, quien tomó el castigo sobre sí mismo, cargó nuestros pecados en su cuerpo y asumió la responsabilidad por nuestra culpa. La pascua israelita fue un anticipo de lo que sería Cristo por su pueblo. Todos los sacrificios que formaron parte de la alabanza a Dios tuvieron un propósito didáctico en medio del pueblo creyente. La síntesis de esa enseñanza es que la humanidad está caída en pecado y solamente Jesucristo puede ser nuestra pascua, ya que él es el Redentor esperado, preparado o instituido aún antes de la caída de Adán.

Esta previsión obedece a un estricto plan de Dios, anunciado por sus profetas y refrendado por sus ángeles. En Mateo 1:21 el ángel le dice a José que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. En tal sentido, Jesucristo es la semilla de la mujer prometida en el Génesis 3:15, cuyo talón sería herido como fundamento de su iglesia. La incapacidad humana para auto-redimirse fue otro de los aprendizajes heredados de la cultura del Antiguo Testamento; todo el método de ofrenda a Jehová y los holocaustos ofrecidos apuntaron al sacrificio del Hijo de Dios enviado como Salvador de su pueblo.

Pablo no quiso saber más nada sino a Jesucristo crucificado; el apóstol se hartó de la sabiduría humana, llámese esta pagana (bajo el mundo helénico-romano) o religiosa (la cultura general de los judíos fariseos del Antiguo Testamento). El nuevo conocimiento le dio sentido a su vida, lo alejó del mundo en el cual vivía, aunque predicó en ese contexto para testimonio futuro a todas las naciones. El ejemplo del apóstol es un llamado para despertar del letargo hipnótico que imponen las luces del mundo. Con eso obedecemos el mandato apostólico:  No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él (1 Juan 2:15).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:22
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