Domingo, 21 de diciembre de 2014

Jesucristo dijo que todo lo que el Padre le daba iba a él. Ese principio supremo implica que existe una seguridad óptima en materia  de salvación: nadie puede arrebatarnos de las manos del Hijo ni de las manos del Padre. Con este planteamiento como una premisa mayor entendemos que todo lo que el Padre da al resto de sus hijos vendrá a nosotros también, sin que nadie nos lo pueda arrebatar. Por extensión del primer argumento se hace el segundo, de manera que la confianza que tenemos es máxima.

El Hijo nos recordó que si pedimos conforme a la voluntad del Padre tendremos todas las cosas en que hayamos sido escuchados. De tal manera que no es descabellado suponer la premisa mayor para llegar a la conclusión propuesta: todo lo que el Padre nos da vendrá a nosotros. Y no puede ser de otra manera por cuanto todas las circunstancias que nos circundan son parte del designio divino. Dios no se permite un átomo al azar para que perturbe su obra. Al contrario, ha dicho que aún al malo hizo para el día malo. De manera que el diablo y sus ángeles fueron creados con el propósito de alabar la gloria del poder y la justicia de Dios. Esto es profundo y muy rico, forma parte de la densidad de la sabiduría del Creador.

Debido al mucho engaño en materia religiosa, puede verse gente en las iglesias construyendo templos enormes mientras multitudes pretenden dar alabanza al nombre del Señor. Sucede a menudo que la misma gente participa en herejías y errores doctrinales, de manera que uno termina preguntándose si el Padre no los protegió.

La parábola del sembrador nos resulta clarividente. En ella se presenta la semilla caída en una diversidad de terrenos que no le permiten prosperar. Sin embargo, la tierra preparada por el Padre es la que hace dar fruto a su tiempo al retoño que se fortalece día a día. Ya Jesucristo lo había mencionado de diversas maneras, no todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. De allí que cada quien debe examinarse a sí mismo para ver en quién ha creído.

Pero no confundamos la prosperidad económica con la prosperidad de la fe. Siempre hemos querido que los hermanos sean prosperados en todo, así como les prospera su alma. También estamos seguros de que si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, todas las cosas que necesitemos nos serán añadidas. El salmista ha escrito que nos deleitemos en Jehová y Él nos concederá las peticiones de nuestro corazón. Pese a ello, en ocasiones vemos a muchos creyentes como la viuda de Sarepta, que a través de su fe comen el pan de cada día, sin poseer abundancia alguna; de igual forma, la largura de días como signo de bendición puede no aparecer en todos los creyentes: Esteban fue un mártir aún en la flor de su juventud.

Por el contrario, mucha gente del mundo prospera económicamente, referencia documentada en el Salmo 73 de Asaf.  Se exhibe una muestra propicia de ese tipo de personas que surgen en medio de su impiedad, sin tener congojas por su muerte. Otros son llevados hasta la vejez, aunque su fin es el de muerte, ya que no son bendecidos por el Padre. El Señor le pronosticó a Pedro cómo habría de morir, mas cuando fue preguntado sobre Juan solamente dijo que eso no era asunto de los demás saberlo. Si él quería que quedase hasta su segunda venida eso sería su asunto que no incumbía a los otros discípulos.

La soberanía de Dios se contempla en cada caso particular. En ocasiones suponemos que hemos perdido el tiempo por acudir a una cita fallida, que gastamos más dinero del previsto en una emergencia que un Dios lógico no nos hubiera hecho gastar. Nuestra  forma de razonar se muestra mecánica, natural, apegada a nuestros apetitos, alejada de la razón divina que muchas veces no logramos dilucidar.

Dado que pasaremos la vida eterna conociendo al Padre y al Hijo (Juan 17),  no podemos esperar algo distinto en esta brevísima temporalidad de vida. Jesucristo es también el Buen Pastor que nos ha  pedido cerrar la puerta de nuestro aposento para orar en secreto al Padre que nos recompensará en público. Vale bien recordar a Abraham, llamado el padre de la fe, quien después de la promesa de tener un hijo con Sara, de haberse acostumbrado a la compañía de la criatura salida de su seno, Dios le pidió lo imposible. Abraham debía sacrificar a su hijo Isaac, el de la promesa, una prefiguración del sacrificio del Hijo ordenado por el Padre.

El que fue llamado amigo de Dios obedeció ante semejante prueba, pero mantuvo su secreto sin que Sara supiera, como tampoco sus criados. Tal vez Abraham caminaba junto al asno hacia el holocausto pensando que el Señor tendría una salida distinta. Dios lo quiso llevar a una comunión secreta con Él que aún hoy día no conocemos. Lo cierto es que en ese gran dolor que supone la muerte de su propio hijo llegó a expresar una frase que hoy día se cubre de sentido: El Señor se proveerá de cordero.

Expresión que no solo fue un acto profético del futuro para la descendencia de Isaac (en Isaac te será llamada descendencia o simiente), sino que le valió como la mejor predicción para su vida personal: el hijo Isaac no tenía que ser sacrificado, porque el Cordero de Dios vendría sin duda de ese linaje. Una oveja apareció en los zarzales y la ofrenda a Jehová fue consumada como provisión divina.

¿Qué fue lo que creyó Abraham, para ser justificado ante Dios? El creyó en la simiente que es Cristo (Gálatas 3:16), asunto que cada uno de los elegidos del Padre tiene que hacer. Esta fe viene acompañada de obras, que son un signo y no causa del creer. Escuchemos lo que dijo Jesús acerca del padre de la fe: Abraham, vuestro padre, se regocijó de ver mi día. El lo vio y se gozó (Juan 8:56). Aunque no lo vio con ojos físicos lo hizo con la visión de la fe, pues por fe andamos y no por vista.

La promesa que Dios le había dado a Abraham pudo haber sido objeto de duda cuando se le pidió el sacrificio de Isaac. Sin embargo, la fe de este hombre fue de tal manera engrandecida que obedeció al mandato divino sabiendo incluso que Dios podía devolverle al niño muerto. El apóstol Santiago refiere esta noticia diciéndonos que el padre de la fe fue justificado al ofrecer a Isaac sobre el altar. La confianza de ese hombre amigo de Dios lo justificó, pues ese creer le fue contado por justicia (Santiago 2:21-23).

El creyente se mueve en medio del círculo de la fe en Jesucristo. Oramos por aquello que deseamos, sabiendo que Dios ha provocado ese querer en nosotros (así como el hacer). Para aquellos que cuestionan este principio bajo el alegato de los pensamientos impuros, cabe agregar que no nos tienta Dios con vanos pensamientos o con deseos impuros para que se los imploremos en oración.

Pablo supo que él era un miserable, deseando el bien no hacía, odiando el mal que hacía. Nosotros también podemos orar a pesar de nuestros pensamientos impíos, porque la confesión de nuestros pecados permitirá que seamos perdonados en aquello que confesemos. Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre.

Aún dentro de nuestro cuerpo de muerte, azotado por el pecado de nuestra carne, la promesa del Padre se mantiene como un sí y un amén. Creemos esa promesa y obtenemos aquello que nos ha sido dado. No estemos afanosos por nada, llevemos la noticia a Dios que ya sabe todas las cosas, de manera que obtengamos la paz que guarda nuestros corazones y pensamientos. Por culpa del mal pensamiento se puede perder la mente en angustias, pero la Biblia nos anuncia que Dios guardará nuestros pensamientos cuando oramos a él con acción de gracias.

En síntesis, Pablo entendió que aquél que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros (sus ovejas, amigos, iglesia), nos dará también todas las cosas. Nos llamó más que vencedores, ya que si hemos recibido lo más de seguro recibiremos lo menos. Si se nos ha dado una salvación tan grande, ¿cómo no se nos dará todo aquello que necesitemos para el diario vivir? En definitiva podemos asegurar que todo lo que el Padre nos da vendrá a nosotros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:54
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