Domingo, 16 de noviembre de 2014

Con esta frase Jesús les advirtió a sus discípulos acerca de la traición que se le venía encima. Judas era el único de los doce que no estaba limpio, muy a pesar de que se le hubo lavado los pies. Recordamos la última cena en la que el Señor también lavó los pies de los discípulos que él mismo hubo escogido tiempo atrás. Ya sabía quién lo habría de traicionar, pues también había anunciado que uno de los escogidos era diablo.

El Señor anunció esa traición en muchas formas. En una ocasión dijo que el Hijo del Hombre iba como estaba escrito, pero que ¡ay! de aquel por el cual fuere entregado, pues le hubiera sido mejor no haber nacido (A la verdad el Hijo del Hombre va, como está escrito de Él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a tal hombre no haber nacido -Mateo 26:24). En la ocasión de la última cena y del lavado de los pies, el momento final se acercaba y el drama anunciado tomaba su turno en la escena.

¿Cuál fue la intención de advertir de esta traición en ese momento aciago? Tal vez fortalecer a los once cuando se enteraran del engaño de su compañero de años. Puede ser el demostrar una vez más que él sabía todas las cosas, que el Padre tenía un guión preparado y nada de lo escrito en su libro podía faltar. Lo cierto es que al lavar los pies de sus discípulos demostró que la limpieza general era un hecho en la vida del creyente, pero que el pecado cotidiano era también una realidad de la cual había que limpiarse. De igual forma, un incrédulo puede lavarse los pies (arrepentirse de ciertas obras) pero eso no se le imputa a su limpieza, como le sucedió a Judas cuando se ahorcó por remordimiento.

¿Podría alguien sugerir que el Señor le estaba dando una oportunidad de arrepentimiento a Judas? Tal imaginación sería un descabello, dado que sabiendo el Señor todas las cosas jamás pudo haber siquiera pensado en eso. Además, habiendo sido anunciado una y otra vez, como en efecto en esa oportunidad aconteció, que uno de ellos era diablo y lo había de entregar, mal pudiera estarle dando una opción de arrepentimiento a quien el Padre había escogido para un fin tan innoble e impuro.

Decir que Judas tuvo la opción de arrepentirse es un desastre teológico, pero decir que el Señor le dio esa oportunidad cuando le lavó los pies es un desparpajo. El Espíritu dijo a través de Pablo en su carta a los romanos, que Dios soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para muerte (Romanos 9:22), de manera que el Señor lo demostró con su ejemplo. Sabiendo a quién el Padre había escogido para su traición -desde el principio del tiempo, cuando en la eternidad quedó fijado el determinado y específico consejo de Dios-, supo también a quién Satanás había puesto en el corazón que hiciera tal maldad.

Todo esto es un concierto escrito por el Padre, por un lado para mostrar su poder, su ira y su justicia, mas por otro para exhibir la gloria de su misericordia y gracia. De allí que haya dicho que tendría misericordia de quien Él quisiese tenerla, pero que endurecería a quien Él también quisiese endurecer. Dada la proposición bíblica, resulta imposible, por contradictorio y blasfemo, sugerir que el Padre le dio una oportunidad de arrepentimiento a Judas cuando el Hijo le lavó los pies. Esto es más bien otro actuar en orden a mostrar la paciencia en soportar los vasos de ira, pero nunca como una forma de mostrar su misericordia a esos vasos preparados para muerte y destrucción eterna.

¿No es Dios el que endurece? (Romanos 9:18). Si lo endurece, ¿cómo le va a dar arrepentimiento? Más bien, el objetor bíblico exclama con su lógica natural diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). Ya que si endurece no hay quien de su mano libre, pero si inculpa, ¿por qué lo hace, siendo que nadie puede escapar a sus designios? Ese es el planteamiento lógico del objetor, quien pese a este reclamo nunca pretendió argumentar un sinsentido en cuanto a que Dios endurece pero ordena el arrepentimiento en el endurecido. Si odió a Esaú antes de hacer bien o mal, no lo amó al mismo tiempo; ni Dios es esquizofrénico ni el objetor bíblico lo fue; su reclamo muestra cordura dentro de su comprensión natural de las cosas.

La respuesta del Espíritu indica que pese a su lógica natural, pese a su reclamo, él no es más que una criatura hecha de la misma masa que tenemos todos nosotros. De igual forma indica que Dios es el Hacedor de todos y tiene potestad de hacer lo que quiera con su masa. Por esta vía le dice que no tiene que argumentar contra Dios, pues como la olla de barro no puede decirle a su alfarero por qué me has hecho de esta manera y no de esta otra, asimismo el objetor ha sido levantado para hacer la pregunta y obtener siempre la misma respuesta.

LA PROPOSICION DE CALVINO

Sabido es que el célebre reformador Calvino creía en la expiación ilimitada de Jesucristo. Jesucristo murió por toda la humanidad sin excepción, pero la efectividad de su sangre recae solamente en los elegidos del Padre. Eso se deriva de sus Comentarios a las Escrituras, en especial A los Efesios. Tal dualidad y contradicción refleja una mente turbada, que pareciera no haber comprendido el propósito de la soberanía absoluta de Dios y la voluntad suprema del Padre en todo cuanto acontece en el universo.

Siguiendo este canon propio, Calvino comenta respecto a Juan 13:11 que cuando el Señor le lavó los pies a Judas mostró un acto de gracia al decir que no todos están limpios. Con esa frase buscaba el arrepentimiento de Judas, al advertirle que sabía que había uno de los doce que no estaba limpio. Tal vez Judas sería movido en un sentimiento de arrepentimiento...pero al mismo tiempo el Señor procuraba que los discípulos no se quedaran perplejos por la atrocidad del crimen que sería cometido. Esta es otra contradicción sin par, ya que muestra a Jesús deseoso de que Judas se arrepienta pero al mismo tiempo seguro del crimen que cometería. Pero Calvino agrega más a este fuego extraño: el propósito por el cual el Señor no mencionó el nombre del traidor era que los discípulos no le cerraran la puerta del arrepentimiento a Judas. En tal contradicción de proposiciones, Calvino agrega de inmediato: Tan pronto como este endurecido hipócrita se sumergió en absoluta desesperación, la advertencia sirvió solamente para agravar su culpa.

Esto es típico de muchos reformados, están en un sí y un no de la gracia, en un sí y un no de las obras, en un sí y un no de la elección soberana y en un sí y un no de nuestra decisión para ser elegidos. Bien pudiera decirse que el corazón de Calvino albergaba el nacimiento del arminianismo. No obstante, en su testamento hecho ante la proximidad de su muerte, escribió que daba testimonio de no depender de nada más para la salvación que de la libre elección que Él había hecho de él (de Calvino).

Frente a esta situación, resulta prudente recordar las palabras de Pablo: examinadlo todo, retened lo bueno. En ocasiones sucede que lo que la gente dice es doctrina verdadera, pero lo que hace es práctica desviada. Para ello el Señor le dijo a su gente: haced lo que ellos dicen, no lo que ellos hacen. Se juzga lo que se dice, lo que queda escrito; se puede juzgar el corazón de las personas por aquello que profesan en un momento dado, pero no se puede saber a ciencia cierta el destino de las mismas toda vez que desconocemos sus palabras finales, su confesión última.

El ladrón en la cruz fue un caso paradigmático, pues habiendo vivido en mala praxis confesó que era digno del martirio al que se enfrentaba y que el Señor era inocente y no merecía el castigo que los hombres le propinaban. De igual forma rogó ante Jesús como Señor que se acordara de él cuando volviera en su reino. La respuesta la conocemos bien porque está recogida en el evangelio: al momento de su muerte pasó al Paraíso con Jesús.

Por lo tanto, no juzgamos el destino final de los hombres, si bien podemos juzgar sus palabras como acertadas o desviadas. Al examinar todo retenemos lo bueno, pero desechamos lo malo. Eso hacemos al denunciar los errores de aquellos que han sido tenidos por íconos del evangelio, bajo una admiración que pretende ocultar lo evidente del desvarío. Pedro negó al Señor tres veces, y daba de maldiciones, pero sabemos que el Señor oró por él para que su fe no fallara. David cometió pecados oprobiosos, pero le fue devuelto el gozo de su salvación, como lo demuestra el resto de sus cantos de alabanza y la historia bíblica. Elías era un hombre sujeto a pasiones vergonzosas, pero subió al cielo arrebatado en un carro de fuego. El que David, Elías, Pedro y muchos otros estén en las moradas eternas no hace que tengamos que olvidar la lección de sus errores. Para beneficio nuestro fueron recogidos en las Escrituras.  De la misma manera decimos que hay errores en la doctrina de Calvino, Lutero y otros de la Reforma Protestante; esos errores rechazamos a la luz de la Palabra revelada. El destino final de las almas que encarnaron esos errores Dios lo conoce y a Él le pertenece.

Una cosa es cierta, la negación de Pedro no es encomiable ni digna de imitar; el crimen de David y su adulterio tampoco lo es. Mucho menos los pecados del rey Manasés; pero en todos ellos la misericordia de Jehová quedó exaltada y ante esos personajes recayó su gracia. Ciertamente, Dios nos salva por la verdad del evangelio, que es Cristo. Es por eso que luchamos para que la doctrina enseñada en las Escrituras no sea torcida, como se demuestra por muchos casos en que se repite una enseñanza equivocada solamente porque fue dicha por una eminencia de la historia de la Reforma.

Los errores doctrinales no son encomiables, mucho menos han de ser ocultados para ensalzar a un ser humano por sus valores heroicos en un momento de la historia. Las Escrituras han sido un claro ejemplo en aquello de exhibir los valores y anti-valores de sus muy variados personajes. Ocuparse de la doctrina es el deber de cada creyente, pues con ello nos salvamos de muchos malestares y ayudamos a otros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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