Lunes, 10 de noviembre de 2014

Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado (1 Corintios 2:12). ¿Qué es lo que Dios nos ha dado? La respuesta no puede ser tan apresurada, ya que la pregunta contiene elementos dignos de análisis. Primero que nada ha habido un regalo recibido; en segundo lugar, hay una oposición entre dos tipos de espíritu: el del mundo y el de Dios; finalmente, el propósito de ese don es conocer el regalo de Dios. Este regalo puede ser el Espíritu, sin duda, pero también involucra al resto de elementos unidos a esa dádiva.

¿Por qué un creyente tiene el Espíritu? Recordemos que las arras de nuestra salvación es el Espíritu mismo; en segundo lugar, él nos recordará las palabras de Cristo; asimismo, nos guiará a toda verdad, intercede por nosotros con gemidos indecibles y nos ayuda a pedir como conviene. Pero esa verdad a la que somos guiados se contrapone a la mentira del mundo y de su príncipe. El diablo ha sido llamado padre de la mentira, porque miente desde el principio.

El hecho de no haber recibido el espíritu del mundo (el de la mentira, el de Satanás), nos tiene que forzar a conocer la verdad. El mundo no puede entender la verdad del evangelio porque tiene que discernirse espiritualmente, de manera que la mente natural enemistada contra Dios la resiste. De igual forma, todo conocimiento del Espíritu suena a locura para los moradores del mundo y seguidores de su príncipe. Una noticia crucialmente lamentable es que no existe término medio en materia espiritual, no hay un espacio intermedio en el cual hacer espera. Al contrario, existe una forma binaria de ser y estar, o se es oveja o se es cabra. Más allá de que las ovejas están en un determinado momento de su existencia bajo la ira de Dios (como hijos de la ira, lo mismo que los demás), ellas -sin saberlo todavía- entrarán en el redil y sabrán que no son cabras -si bien su conducta ha sido imitarlas mientras vagaban por el mundo.

Conocer lo que Dios nos ha dado es una prerrogativa nuestra, pero se deriva del Espíritu de Dios que hemos recibido. Cualquiera podría responder con simpleza y asegurar que Dios nos ha dado la salvación en Cristo; eso no es una mala respuesta, pero hay que apuntar que no se trata de una actividad abstracta sino muy concreta. La salvación en Cristo no puede dejarnos en la ignorancia de su persona y su obra; al contrario, nos ilustra en su doctrina. Un creyente jamás se opondrá a la enseñanza del Señor, jamás se convertirá en un objetor suyo. Conocerá las doctrinas de la gracia, de tal forma que no haya un ápice de jactancia en su intelecto. El resumen de esas doctrinas no es un cuaderno teológico comprensible después de una carrera académica religiosa, sino de una sencillez suprema. Consiste en comprender que fuimos elegidos desde antes de la fundación del mundo, no en base a nuestras obras potenciales sino  en base a los planes inmutables del Elector. Fuimos amados por Dios aún antes de que naciésemos o de hacer lo bueno y lo malo; su contrapartida es que los que no creerán nunca es porque jamás han sido amados por el Padre, sino más bien aborrecidos desde la eternidad.

Esta tesis no necesita explicaciones teológicas complejas, simplemente se deriva de la superficie de la innumerable cantidad de textos encontrados en las Escrituras. Asimismo, si Jesucristo es la Verdad, mal puede salvar por medio de la mentira. Jamás alguien podrá alegar que fue salvo gracias al otro evangelio, al evangelio diferente, a los falsos profetas y maestros. No, la mentira doctrinal no puede salvar a nadie porque pertenece al espíritu del mundo y no nos permite conocer la verdad de Dios. Más bien, la mentira doctrinal confunde y afianza al incrédulo en la ignorancia espiritual, asunto que usa Dios para enviar un espíritu de error y hacer que se pierdan todos los que no quisieron creer a la verdad. Por supuesto, esto acontece en la historia de acuerdo a lo que en la eternidad ha sido decretado.

LOS QUE NO CREEN EN LA VERDAD

Si los que son salvos creen la verdad como elemento del segundo nacimiento, ellos llegan a amarla por cuanto han sido predestinados para ello. Su corazón de piedra fue removido y en su lugar tienen uno de carne con un nuevo espíritu y un mejor propósito. Como consecuencia oyen la voz del Buen Pastor e inevitablemente lo siguen. Jamás seguirán al extraño (Juan 10:1-5). Pero los que no creen la verdad sencillamente no son ovejas (Juan 10:26). Dicho de otra manera, los que no son ovejas no pueden jamás ni nunca creer la verdad. Creer la verdad nos hace libres, por lo que creer la mentira hace esclava a la gente. La mentira está ligada a Satanás, al mundo, al pecado.

Hay una enseñanza nefasta que asegura que Dios no puede ni quiere obligar a su gente a confesar el verdadero evangelio. Más bien se pregona a un Dios que ha venido a ser un mendigo de las almas, que se exhibe colgado en un madero con los brazos extendidos aguardando por alguien que se apiade de su dolor y le diga yo creo en tus enseñanzas, yo te sigo. De esta forma, el pecador se acerca porque ha tomado una decisión personal, sin que medie conato alguno que lo fuerce en esa actividad. Esa enseñanza funesta se basa en la mentira conocida y pregonada por los predicadores del otro evangelio: que Dios ha hecho su parte, que Cristo sufrió por toda la humanidad en la cruz, que nadie puede hacer más nada por usted sino usted mismo. Esta enseñanza se traduce en el ayúdate que yo te ayudaré, en un sinergismo de salvación (un trabajo de dos lados: el de Dios y el del hombre). Dios aporta la potencialidad de la sangre de Su Hijo, pero el hombre aporta su decisión libre de sumarse a la causa.

Hay muchas variantes de la mentira teológica, pues el error doctrinal viaja rápido y se transforma en una diversidad de ilusiones que se acomodan al corazón humano. Pero Dios no le permite a sus escogidos el desarrollo de una teología particular, ajena a la doctrina de Cristo. El Señor nos ha dicho que nadie puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga; que nadie puede creer en él si no es una oveja. El Espíritu nos ha revelado en las Escrituras que desde antes de la fundación del mundo Dios eligió a su pueblo, no en base a las obras previstas (como la libre decisión de seguir a Jesús) sino en base a la voluntad suprema del Elector. Nos ha recalcado que no depende de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia. Ah, pero de inmediato nos dice que Dios, al que quiere endurecer, endurece.

La humanidad entera está vendida al pecado, totalmente depravada. Si no hay justo ni aún uno, ¿cómo puede un muerto en delitos y pecados, que odia a Dios, que no busca lo bueno, querer siquiera buscar la medicina que cure su mal espiritual? Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí (Juan 6:45). Si Dios mira al pecado nadie puede mantenerse, de manera que los que hemos sido enseñados de Dios hemos ido a Jesucristo, por lo cual fuimos declarados justificados. Pero si Dios no interviene en la vida del pecador no podría dejar de ser vil, vacío de justicia y cargado de delitos espirituales, por lo tanto el hombre sin Dios está sin ayuda en el mundo, continúa totalmente muerto sin poder acudir a la salvación.

La persona que ha sido regenerada entiende que antes de la regeneración tenía una inhabilidad innata para acudir a Dios, por lo tanto hubiese sido eternamente condenado. Reconocerá igualmente que sus propios esfuerzos no lo llevaron a Dios, sino que fue más bien la orden divina quien lo trajo a Jesucristo. Pero el otro evangelio enseña una doctrina diferente, que Dios salva al pecador basado en la decisión y acción que tome. Por eso argumenta que Dios conoce de antemano quién se va a salvar y quién no, porque mira al corazón humano y sabe ya la respuesta. Pero eso invalida la doctrina bíblica, ya que no hay quien busque a Dios; por otro lado, es Jehová quien ha decidido desde la eternidad, aún antes de que el hombre hiciese algo bueno o malo, quién ha de ser salvo y quién ha de ser condenado (Romanos 9).

La buena doctrina ofende a los portadores del otro evangelio, pues consideran a Dios injusto y le reclaman que nadie puede resistir a su voluntad, de manera que el que los inculpe carece de justicia y los absuelve de responsabilidad.

EL SACRIFICIO DE CRISTO

El Espíritu nos enseña que en cada corazón regenerado se ha producido la justificación necesaria para aplacar la ira del Padre (éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás). Esta doctrina no es otra que la de la expiación limitada del Hijo en la cruz. La sangre del Cordero fue derramada en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21), lo cual establece paz entre el pecador redimido y el Padre eterno. Esta doctrina trae implícita la proposición de que ninguna de las ovejas se perderá, pues están guardadas en las manos del Hijo y del Padre (Juan10:27-29). De manera que si una vez estuvimos bajo la ira de Dios (lo mismo que los demás), una vez salvos por la gracia jamás volveremos a estar en esa ira, ya que Dios no nos ha puesto para ira, sino para alcanzar salvación (1 Tesalonicenses 5:9).

En definitiva, así como nadie puede resistir a la voluntad de Dios, tampoco puede resistir al Espíritu Santo en materia de redención. Dios llama eficazmente y su pueblo responde (las ovejas a las que va dirigida su palabra). Del impío Dios ha dicho que no tiene siquiera que tomar en cuenta su palabra en su boca, por ello el llamamiento eficaz de Dios es para su gente (iglesia, pueblo, nación santa, linaje escogido, real sacerdocio, amigos, ovejas, elegidos).

Una característica de las ovejas es que oyen la voz del Buen Pastor, son llamadas por su nombre, le siguen y jamás seguirán al extraño porque desconocen esa voz. Eso lo dijo Jesús y está recogido en el evangelio de Juan, capítulo 10, versos 1 al 5. No puede haber oveja engañada, pero pueden haber engañados que siendo ovejas no han nacido de nuevo. El que tiene el corazón de carne y el nuevo espíritu en él puede pecar y caer en el pecado, sentirse miserable como le sucedió a Pablo el apóstol; pero jamás podrá irse tras el extraño, jamás podrá asumir una doctrina equivocada, por las razones que Jesucristo dio: 1) Conocen la voz del Buen Pastor; 2) siguen al Buen Pastor; 3) el Buen Pastor las llama por su nombre a cada una de ellas; 4) no seguirán al extraño; 5) no conocen la voz de los extraños.

En tal sentido, si alguien que se dice religioso está proclamando un evangelio diferente es llamado maldito o anatema. No obstante, dentro del conglomerado de personas que están en el mundo hay una cantidad específica de elegidos de Dios que en su debido tiempo nacerá de nuevo. Estos podrán estar cautivos en la cautividad, pero su redención ya fue comprada. Una vez que el Espíritu los llame a través de la palabra (pues hace como quiere y se mueve como quiere) nacerán de nuevo por voluntad de Dios y no de varón. Estas ovejas jamás se irán tras los extraños que pregonan un evangelio diferente al expuesto en las Escrituras. Estas personas entenderán siempre la extensión del sacrificio de Cristo, la eficacia del llamamiento del Espíritu y el amor eterno del Padre que los ha declarado justos. Los redimidos conocen lo que Dios les ha dado.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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