Mi?rcoles, 05 de noviembre de 2014

Interesante que a pesar de haber sido por naturaleza hijo de la ira, lo mismo que los demás, el creyente no está puesto para la furia de Dios sino para salvación a través de Jesucristo. Así como la vida nos viene por la muerte de Cristo, el enojo divino ha sido aplacado y hemos sido reconciliados con Él en virtud del sacrificio expiatorio del Hijo. La sustitución en la cruz, la representación en el Gólgota, nos conmina al aprendizaje de la vida y obra del Señor.

Una salvación tan grande no podemos descuidarla, por lo cual procuramos en esta vida serles agradables a él. Pero este ocuparse en la salvación con temor y temblor, con reverencia y perplejidad, nos conduce a una sin igual satisfacción. Las proposiciones bíblicas vienen a ser universales para el creyente, expresiones como en el principio creó Dios los cielos y la tierra forman parte del conocimiento adquirido al recibir la Palabra revelada para el pueblo de Dios. Porque al impío, contra el cual Dios está airado todos los días, le fue dicho que no tenía que narrar sus estatutos ni tomar su pacto en su boca. De manera que otro universal bíblico es que la Biblia fue hecha para los creyentes, ya que los incrédulos no disciernen las cosas de Dios, por cuanto se han de comprender espiritualmente. Al hombre natural esto le suena a locura, por la necesidad de tener el Espíritu de Cristo (habiendo nacido de nuevo por voluntad de Dios) para ser de él, entender y desear su palabra.

Uno de los nombres del Hijo es Emanuel, que significa Dios con nosotros (Isaías 7:14 y Mateo 1:23). En esta proposición está implícita la idea de que en nosotros habita Dios, así como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre (Juan 14: 9-11). Pues el que oye al Señor oye a quien lo envió y escucha el anuncio del evangelio del reino que nos dice que pese a nuestros pecados vino a morir por los pecadores que el Padre le dio. Esta es la gran suerte que el creyente ha tenido, de acuerdo a Efesios 1:11, versión Reina Valera Antigua: en quien asimismo tuvimos suerte, in quo etiam sorte vocati sumus (como también lo refiere la Vulgata Latina).

Desde la perspectiva de Pablo y de cualquier creyente, es una suerte el haber sido predestinado de acuerdo al propósito de quien hace todas las cosas según su voluntad -y no según la voluntad humana. κληρώθημεν ekleróotemen es el verbo usado por el apóstol en Efesios 1:11, por el cual se implica la manera como Pablo y todo creyente ha de ver la predestinación de Dios, como un acto de suerte, como algo aleatorio. Ya decían los latinos: alea jacta est (la suerte está echada); para nosotros, asegura Pablo, es una suerte haber tenido parte en la elección. Claro, también se traduce hoy día que tuvimos herencia, pero la herencia puede ser vista como un derecho defendido por nuestras leyes, de manera que es más bien un legado, un regalo que no depende de nuestro derecho personal. Tampoco se trata de que Dios dejó al azar la elección, pues en Él no es posible siquiera suponer tal concepto, dado que Él controla todas las circunstancias por ser el hacedor de todo cuanto existe. Es una expresión atinada del apóstol, el decir que tuvimos suerte por haber sido predestinados para salvación. ¿Y quién puede negar la suerte de Jacob frente a la mala suerte de Esaú? Desde la perspectiva humana es visto de esa manera; desde la perspectiva divina (metafísica) es un acto de voluntad de Dios. La Vulgata Latina así lo corrobora, ya que al interpretar el texto griego en su mejor contexto coloca el término sorte, de donde proviene el vocablo suerte de la lengua española.  La Biblia lo admite en otro contexto: La suerte está echada en el regazo, mas de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33).

Resulta asombroso que desde tiempo inmemorial la humanidad se haya dedicado a buscar otros dioses, como si los hubiera. Todos los dioses son ídolos y como un ídolo no es nada se interpreta que es un producto de la imaginación humana. Para una gran mayoría de personas en el mundo, Jesucristo es un profeta, un maestro, un iluminado, un dios, pero no es el Hijo de Dios. Sin embargo, la proposición general de la Escritura es que este Emanuel es el mismo Dios hecho carne, es el Hijo de Dios quien estuvo desde el principio con el Padre y el Espíritu, es el principio de toda la creación, el Alfa y la Omega.

En virtud de su divinidad y perfección, vino al mundo con un propósito particular que fue el darnos esperanza a nosotros los pecadores. Perfecto como Dios y perfecto como hombre sin pecado, fue hecho pecado para que los que representara en la cruz fuésemos declarados rectos y justos ante el Padre. De allí que los pensamientos que Dios tiene para nosotros son de paz y no de mal, para darnos el fin que deseamos.

La semilla de la mujer -prometida en el Génesis- llegó a ser una realidad en Jesucristo, el Verbo encarnado. El que Jesús haya vivido entre nosotros por un período de tiempo determinado vino a ser el inicio del cumplimiento de las buenas nuevas de salvación, con la inclusión del mundo gentil junto al mundo judío, si bien no todos los judíos fueron escogidos para salvación como tampoco lo han sido todos los gentiles. Más bien la Escritura señala: En Isaac te será llamada descendencia o semilla. El es la semilla de la mujer que castiga la cabeza de la serpiente, si bien ésta apenas pudo herirlo en la cruz de acuerdo al propósito escrito en la revelación del Padre. Porque el instigar de Satanás contra Jesucristo no cumplió otra cosa que el conjunto de profecías anunciadas siglos atrás por los profetas de Dios. De manera que no hubo triunfo en la serpiente antigua sino más bien ella siguió el guión planeado por el Padre, quien hizo a la serpiente para el día malo (Proverbios 16:4).

EL VELO RASGADO

El Tabernáculo tenía un velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. A este último lugar solamente entraba el Sumo Sacerdote, una vez rociado el  sitio con sangre de sacrificio el día de la expiación. El velo cumplía una función didáctica ante el pecador al mostrarle que no era posible traspasarlo, so pena de muerte; que había una separación tácita entre Dios y el pecador, que solamente el Sumo Sacerdote podía ingresar a ese lugar habiendo cumplido con los requisitos establecidos por Dios. El velo era una puerta cerrada para la comunidad de transgresores de Israel, pues el pecado separa al hombre de Dios.

El velo como símbolo de la vida encarnada de Jesús lo describe el autor de Hebreos en capítulo 10, versos 19 al 20. La ruptura del velo al morir en la cruz abrió el camino hacia la presencia de Dios. De igual forma anunciaba la finalización del templo físico de Jerusalén, el propósito del Nuevo Pacto. Esta es la razón por la que se nos dice que podemos acercarnos a ese Trono de la Gracia, por tener un gran sacerdote sobre la casa de Dios.

El velo rasgado representa la reconciliación de Dios con la humanidad elegida, pues nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros (1Corintios 5:7). La sangre de Jesucristo parece haber rociado el Propiciatorio para alejar de nosotros la ira de Dios, lo cual genera esperanza para todos los hombres que habrán de creer en él. Eliminado el obstáculo del pecado, podemos entrar confiados al trono de la gracia; aprovechar esa libertad demuestra sabiduría, inteligencia, propósito. Jesucristo nos hizo perfectos para siempre con una sola ofrenda, de manera que somos justificados por la fe en el Hijo de Dios, en virtud de la gracia divina: esto no es de nosotros, sino de Dios (Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; Efesios 2:8). La expresión y esto pone de manifiesto una referencia a todo el antecedente (masculino y femenino en griego). La regla gramatical griega se parece mucho a la equivalente en español, porque podemos usar el pronombre demostrativo neutro para referirnos al referente anterior en forma abstracta. Hay una función anafórica que se acopla con el uso del pronombre demostratrivo esto, que permite sustituir o referir a un texto que precede. El carácter del género neutro implica generalidad y hace referencia a un conjunto de elementos, nunca a personas. Como en español no hay sustantivos neutros, resulta imposible que el pronombre demostrativo neutro refiera a ellos; por lo tanto, siempre estará vinculado a los masculinos y femeninos. Decimos: esto es interesante.

Lo mismo le aconteció al apóstol, pensó que esto era un regalo de Dios, el conjunto de las tres cosas de las cuales hablaba: la gracia, el ser salvados y la fe. Con ese pronombre demostrativo neutro identificaba a ese conjunto de objetos abstractos: gracia, salvación y fe, que refieren a una situación abstracta en el creyente, inalcanzable por mérito propio, por lo tanto regalo del Dios soberano para que nadie se gloríe, ya que como bien agregó: no es por obras. Se añade que el haber sido salvados conlleva un elemento de poder extremo por parte del sujeto activo, que es Dios; en tanto nosotros somos sujetos pasivos en la frase y en la teología divina.

En virtud de ese regalo de Dios, sabemos que no nos ha puesto para ira. Con eso en mente podemos estar contentos, satisfechos, caminando en las buenas obras que fueron también preparadas para andar en ellas. Este peregrinar nuestro en la tierra dura hasta el día de la redención final (algunos ya partieron y están con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero otros aguardamos su venida o la muerte física como los que nos precedieron). En el momento indicado por Dios tendremos cuerpos nuevos y transformados, porque seremos resucitados físicamente. Semejante esperanza nos alienta, si bien somos objeto de burla por desear algo que el mundo no puede discernir.

Así como el mundo está bajo el maligno, la ira de Dios se manifiesta contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que restringen la verdad. Dios está airado contra el impío todos los días, pero a los justos les será dado lo que desean. Esa ira se evidencia en que Dios los ha entregado a una mente depravada, para hacer lo que no conviene; los ha entregado a afectos vergonzosos; los ha entregado a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de suerte que contaminen sus cuerpos entre sí mismos: ya que por no tener en cuenta a Dios y habiendo entendido el juicio de Dios que los que hacen tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que consienten a los que las hacen (Romanos 1).

Una mirada rápida al acontecer mundial en nuestras noticias cotidianas serviría para cotejar la veracidad del señalamiento de las Escrituras. Pero dado que el creyente no ha sido puesto para ira, conviene separarse cada vez más del mundo, pues está escrito que el que sea santo debe santificarse más y el que es justo debe ser justo todavía.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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