S?bado, 01 de noviembre de 2014

El gran número de religiones del mundo acuerda que es posible ser aceptado por Dios en base a nuestras buenas obras. Las religiones tienen sus variantes, pero sus caminos conducen al mismo final. Si se es una buena persona, si tratas de ser mejor cada día, si haces buenas obras, entonces Dios se agradará de ti. Aparte de las religiones del mundo, el cristianismo camina las más de las veces por el mismo derrotero. Los que no hablan de buenas obras porque piensan que ellas están reñidas con la gracia, pregonan la buena conducta, como si ésta no fuese una obra.

En las iglesias se erigen los fariseos modernos para vigilar a los feligreses, para mostrarles que están pendientes de su conducta, en especial la que socialmente es menos aceptada. Poco importa la envidia, los engaños cotidianos en los impuestos al Estado, las mentiras piadosas del comercio este es el mejor producto del año; lo que interesa es que las mujeres no salgan embarazadas y que la fuerza pública no detenga a los fieles en la comisaría por actos ilícitos vergonzosos.

Tal vez la confianza en la gracia de Dios se comparta con la confianza en nuestra buena pro. Dios me ayuda pero tengo que ayudarme, o Dios ayuda a los que se ayudan. Sin embargo, la Escritura nos dice que esa actitud y esas expresiones están equivocadas. La única vía para que el hombre sea acepto ante Dios es que sea declarado justo en virtud de la sangre del Hijo. Cuando la persona confía en Jesucristo bajo la competencia que le da el Espíritu de Dios mediante el nuevo nacimiento, tiene la certeza de haber sido declarado justo. Este es el gran mensaje del evangelio, tan radical que muchos se disgustan.

El malestar generado por esta posición bíblica se nota en la comunidad religiosa del mundo, ya que deja la voluntad humana fuera del debate, nos hace agentes pasivos ante un Dios soberanamente activo, disuelve el sinergismo para convertirlo en absoluto monergismo. El sinergismo implica el trabajo conjunto del hombre con Dios, en cambio el monergismo presupone a Dios como quien decide todo en relación al destino temporal y eterno del hombre.

El hombre como medida de todas las cosas es el supuesto de algunos filósofos, dado que el agnosticismo reconoce no tener medios para saber si existe o no la divinidad. Por lo tanto, desde Protágoras (siglo V a.C.) se ha propagado el Homo mensura, πάντων χρημάτων μέτρον στν νθρωπος, el hombre como medida de todas las cosas (tanto de las que son como de las que no son). Sin embargo, la Biblia coloca su contraparte al proponer que lo que de Dios se conoce por su obra se conoce. No obstante, el hombre prefirió honrar a la criatura antes que al Creador, porque le pareció abstruso tal conocimiento divino, porque su vida era muy breve para alcanzar tan alto objetivo. Empero la Escritura denuncia esta situación como un mal propio del corazón humano, por su entendimiento corrompido, por su muerte en el pecado.

EL HOMBRE ES JUSTIFICADO POR FE

Dios es Dios de los judíos, pero también del resto de la gente (los gentiles). Dios justifica tanto al circunciso como al incircunciso, pero a ambos a través de la fe en Jesucristo, solamente. Desde la Escritura uno lee que es imposible para el hombre ser salvo aparte de Jesucristo; esta proposición es intolerante para el mundo. Tenemos que asumirla como la enseñanza apostólica, profética, la que Jesucristo propagó. Más bien, si alguno nos señala como sectarios tenemos que remitirnos a quien dijo que nadie iría al Padre, excepto por Jesucristo. Fue Jesús quien dijo que él era el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de todas las cosas; fue el Espíritu quien reveló que Jesús es el autor y consumador de la fe; de igual forma, por él y para él fueron creadas todas las cosas. En ese sentido, Jesucristo es la medida de todas las cosas.

Pero la fe que justifica al hombre ante Dios no niega Sus mandamientos. Aunque la fe sin obras está muerta, las obras no implican necesariamente fe. Si me amáis, guardad también mis mandamientos (Juan 14:15). La obediencia y el amor son obras de la fe, pero no para la fe. No existe ninguna contribución nuestra hacia la justificación ante Dios, pero sí existen signos en nosotros de esa justificación que Dios ha hecho. La justificación está basada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo en la cruz, se recibe por fe solamente, de manera que nuestras buenas obras no interesan al respecto.

Pero hay todavía gente que sostiene que la fe es la obra humana por excelencia. La Biblia declara que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8), que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2). Entonces uno tiene que preguntarse dónde está la jactancia, pero igualmente por qué Jesucristo no ha dado esa fe salvadora a toda criatura. ¿Por qué no ha sido el autor y consumador de la fe en Judas Iscariote? No lo ha sido en ninguno de los réprobos en cuanto a fe (2 Timoteo 3:8), ni de los que por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas, sobre los cuales la condenación ya de largo tiempo no se tarda, y su perdición no se duerme (2 Pedro 2:3).

Ciertamente, las buenas obras nos siguen, pues han estado preparadas de antemano para que en ellas andemos. Hemos sido creados en Jesucristo, de manera que nadie tiene por qué gloriarse de sí mismo. Las obras no contribuyen en nada para nuestra justificación, pero están presentes en el corazón transformado (el de carne en lugar del de piedra). Del impío -del incrédulo- dice el Señor, que aún su sacrificio (ofrenda de cualquier tipo) es abominación a Jehová (Proverbios 15:8), que está airado con él todos los días (Salmo 7:11), que lo aborrece porque obra iniquidad (Salmo 5:5) y también lo resiste por soberbio (Santiago 4:6).

Acá hay una gran diferencia entre las ovejas y las cabras: Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones: Pero el rostro del Señor está sobre aquellos que hacen mal (1 Pedro 3:12). Por eso se nos dice que si estamos justificados tenemos paz para con Dios, pero Cristo es el que justifica, el que murió por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Esa es la buena noticia, una exclusiva para el pueblo de Dios; para los réprobos en cuanto a fe es un mal anuncio. Pero el lector debe comprender que el mundo se nos abre como un caleidoscopio de posibilidades, no sabemos quiénes son los que habrán de creer, por lo cual el anuncio se hace una y otra vez: arrepiéntanse y crean en el evangelio. Por supuesto, el que creyere será salvo, pero nadie podrá creer (ir a Jesucristo) si el Padre no lo envía hacia él (Juan 6:44).

Curiosamente, los que protestan este principio bíblico enunciado muestran un indicio claro de que no han nacido de nuevo. Pues nadie puede objetar la soberanía de Dios en toda materia (incluyendo la salvación eterna) si tiene el Espíritu de Dios en él. De manera que los que objetan también se hacen eco de lo enunciado por Pablo en Romanos capítulo 9, que el hombre no es nadie para discutir con Dios. El hombre es una simple olla de barro en manos de su alfarero, de manera que el alfarero tiene la potestad de hacer un vaso para honra y otro para deshonra. Asimismo, en palabras del objetor bíblico, nadie puede resistir a la voluntad de Dios.

¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? (Isaías 53:1); he aquí la respuesta: creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48), cuyos nombres están escritos en el libro de la Vida del cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8). El llamado a la santidad está dedicado al pueblo de Dios y por cuanto no hay obra posible para la justificación se ha declarado en la Escritura esta gran revelación: El que es injusto, sea injusto todavía: y el que es sucio, ensúciese todavía: y el que es justo, sea todavía justificado: y el santo sea santificado todavía (Apocalipsis 22:11). Las buenas obras siguen a los creyentes, no se les anticipan.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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