Jueves, 30 de octubre de 2014

Para un creyente sincero es muy importante saber lo que siembra. No pensemos que eso es tarea exclusiva de los evangelistas, como tampoco es riesgo único de los predicadores el propagar herejías. Cuando Pablo señala que el que anuncia otro evangelio sea anatema, no está refiriéndose tan solo a los pastores o líderes de la iglesia. ¿Qué es anunciar? Es dar noticia o aviso de alguna cosa, hacer propaganda, pronosticar, hacer saber, avisar, pregonar.

De manera que quien pregona el evangelio, quien se hace heraldo para advertir al mundo acerca de la noticia de las Escrituras, está anunciando un mensaje. Esto se puede hacer por diversas vías, desde el púlpito hasta la visita casa por casa. Cuando un feligrés ha escuchado una doctrina extraña en su iglesia y la anuncia a otra persona, está cayendo bajo la maldición decretada por el apóstol, en virtud de anunciar un evangelio diferente al de los apóstoles.

Es por eso que debemos ocuparnos de examinar la doctrina, para saber lo que estamos propagando: trigo o cizaña. Es cierto que en la parábola del Señor se nos dijo que era el maligno quien sembraba la cizaña junto al trigo, mientras nosotros estábamos dormidos. De allí que sus advertencias a velar siempre sirven de aliciente para estar prevenidos en la propagación del evangelio. También hay quienes aducen que el apóstol Pablo se alegraba porque se predicara a Jesucristo, así se hiciera por contienda o por vanagloria. Pero esa contienda o vanagloria no presupone herejía o falsas doctrinas. Jamás el apóstol pudo confundir el desvío doctrinal con la vanagloria del anunciante.

Desde esta perspectiva uno puede preguntarse qué sentido tiene alegrarse con la propagación de un evangelio diferente al anunciado en las Escrituras. Por eso sabemos que Pablo no se refería a esto cuando habló de su alegría por el anuncio de Jesucristo, así fuese hecho tal anuncio por vanagloria. Muchos envidiaban los dones del apóstol y su éxito en el ministerio apostólico, por lo cual intentaban hacer una imitación para tratar de tener el mismo acierto que Pablo. Pero estos enseñaban las mismas doctrinas del Evangelio, pese a que perseguían un aplauso popular, en virtud de la competencia de unos con otros, para ver quién lo hacía mejor. Esto es una inmadurez denunciada por Pablo, pero que por estar anclada en la verdad producía alegría al apóstol. No en vano dijo en otra oportunidad: sed imitadores de mí, como yo de Cristo (1 Corintios 11:1; Filipenses 3:17).

El amor a Cristo, el celo por el evangelio y la preocupación por las almas son buenos ejemplos de las características que acompañaban a aquellos hermanos que predicaban aún por envidia o contienda. La razón estriba en que ellos no anunciaban un evangelio diferente, porque de haberlo hecho el apóstol no podría haber sentido tal alegría y de seguro los hubiera denunciado como herejes o anatemas. Esta impureza radicaba en la mente pero no se refería a la doctrina, de lo cual habla el contexto; de lo contrario, Pablo habría hablado con enojo de estos anunciadores como bien se lo dijo a los Gálatas.

Pablo le recomendó a Timoteo ocuparse de la doctrina, es decir, de las instrucciones a la iglesia en cuanto al aprendizaje del evangelio. Es necesario abrir y explicar las verdades que están contenidas en él, estar dispuesto a defender ante los que se oponen al evangelio, para refutar sus errores y cualquier herejía que se asome. ¿No es esto una admonición para estar despiertos y evitar la siembra de la cizaña?

Es cierto que el diablo como león rugiente anda pendiente buscando a quien devorar. A los hijos de Dios los persigue pero -como dijo Juan, el apóstol- el enemigo no les toca. Es decir, escuchamos el rugir del león, pero sus garras se mantienen alejadas de los que estamos escondidos en las manos de Cristo y del Padre. No obstante, la siembra de la cizaña es inevitable, lo cual no impide que estemos despiertos y alertas para darnos cuenta de los falsos maestros, cristianos de puro nombre, hombres de principios desviados, que se introducen en las congregaciones y proponen su doctrina de demonios. La licencia interpretativa llega al colmo del descaro, a Jesús se le anuncia como el redentor de toda la humanidad, su muerte fue una expiación universal, el hombre es libre por naturaleza y puede rechazar la súplica del Padre y los esfuerzos infructuosos del Espíritu. Semejante herejía se pregona casi en todas las congregaciones mal llamadas cristianas, lo cual es un indicio de como la cizaña arropa el trigo.

En su parábola, Jesús implicó que arrancar la cizaña podría conllevar a arrancar también el trigo, pues pareciera que sus raíces están entrelazadas dentro de la tierra. Aprenderemos a denunciar a los falsos cristianos, a huir de Babilonia, sin tener que arrancar la cizaña de las congregaciones.

Al no poderles decir bienvenidos a quienes no traen la doctrina de Cristo evitamos entrelazarnos con la cizaña; tal vez nos quedemos solos, como Elías en las montañas cuando se refugiaba de sus enemigos. Pero donde haya dos o tres en el nombre de Cristo allí está él en medio nuestro. Esto puede ser el mejor antídoto contra la mezcla de la cizaña con el trigo. Sin embargo, hay creyentes que aman mucho a su congregación, que están habituados a un ritual semanal, al edificio que compraron o construyeron con esfuerzo. Todo ello se suma a la tradición experimentada dentro de la iglesia, a los programas emblemáticos, a las fechas que celebran, a las reuniones de la congregación. Esto les impide huir de Babilonia por lo que se ven cada vez más enredados en sus raíces con la cizaña.

Pablo nos ha recomendado purgarnos de la vieja levadura. Para hacerlo debemos juzgar con justo juicio, discernir con idóneo criterio para no cohabitar en yugo desigual con los incrédulos. No se nos manda a unirnos con la cizaña, sino todo lo contrario; pero no podemos arrancarlas nosotros mismos. Esto está destinado para los ángeles en el día final. No obstante, sí podemos saber que somos trigo y que hay cizaña en medio de la congregación. El problema es que la cizaña es muy parecida al trigo, tal vez una variación de éste. En la comunidad de creyentes hay quienes imitan muy bien a los fieles verdaderos, de manera que no es una tarea fácil reconocerlos de inmediato. El justo equilibrio de esta parábola referida en Mateo 13 hay que encontrarlo junto a las recomendaciones apostólicas de no decir bienvenido a quienes no traigan la doctrina de Cristo. De igual forma, la recomendación de huir de Babilonia, para no ser partícipes de sus plagas, apunta a este equilibrio.

Parte del pueblo de Israel fue conminado por el profeta Elías a decidir acerca del conflicto de su alma. Muchos de ellos se debatían entre Baal y Jehová. Acercándose Elías a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra (1 Reyes 18:21). Mucho trigo estuvo ligado a la cizaña, pero ocurrió un evento que los hizo recapacitar. El holocausto ofrecido a los dioses de Baal no dio resultado sino solo fracaso; el holocausto ofrecido a Jehová fue consumido por el Dios Omnipotente. Entonces el pueblo se echó a tierra y reconoció que Jehová es Dios. No así hicieron los profetas de Baal que fueron aprehendidos y degollados en gran número.

La función nuestra como creyentes es también la de la exhortación, para que aquellos que sean trigo puedan dar su fruto a pesar de la cizaña. La separación de ambas espigas la harán los ángeles del cielo, pero mientras tanto sirve la advertencia para la reacción de la iglesia. Pues sucede que el trigo es también la oveja, y los creyentes somos llamados amigos del Señor, su pueblo, por lo cual el mensaje va dirigido a ese conjunto que necesita la separación del mundo, cuya cizaña es abundante.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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