Martes, 28 de octubre de 2014

Esta es una de las proposiciones más abstractas de la Escritura que aparece en lengua griega. En el principio de todas las cosas (desde siempre) el Logos existía, era, estaba. Lo que sigue es muy importante para los creyentes cristianos: y el Verbo era Dios. ν ρχ ν λγος, κα λγος ν πρς τν θεν, κα θες ν λγος.  La coherencia de Juan se refuerza en el verso 14, al decirnos que aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros (de quien vimos su gloria como la del unigénito del Padre). Más tarde, al escribir una de sus cartas, resaltó: ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Juan 5:5). Ese Logos era con Dios, dice Juan; asimismo, Dios era el Logos.

El binomio es indisoluble en esta proposición del evangelista. Ese Logos estaba en el principio de todas las cosas y al mismo tiempo estaba con Dios. El apóstol lo resalta en el verso 2: Este era en el principio con Dios. Y en el verso 3 resume de nuevo lo expuesto: Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que es hecho, fue hecho. Lo que Juan desea transmitirnos es que este Logos tiene una completa deidad, o lo que es igual, este Logos es también Dios.

Pero no es una manifestación modal de Dios, ni es un dios; nada de eso, pues Jehová uno es. Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo: Yo hago morir, y yo hago vivir: Yo hiero, y yo curo: Y no hay quien pueda librar de mi mano (Deuteronomio 32:39). Si no hay dioses con Dios, entonces el Logos no puede ser un dios. La contundencia de la Escritura en este tema es definitiva: Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí; para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado Dios, ni lo será después de mí (Isaías 43: 10).

Lo que puede haber después de Dios son los ídolos, hechos por las manos de los hombres, o por el imaginario colectivo. Pero ellos no podrán pretender alcanzar la dimensión de la deidad. Si el Mesías (Logos) no hubiese sido desde el principio con Dios, Dios no sería el Logos y Jesucristo no hubiese sido divino, sino un impostor. Juan cita las palabras de Jesús en su evangelio (capítulo 10, verso 30): Yo y el Padre una cosa somos. Pero los judíos buscaron apedrearlo, no por sus buenas obras sino por la blasfemia: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios (verso 33).

Según este relato del evangelio, Jesús tenía la pretensión de ser uno con el Padre, tanto en propósito como en esencia, lo cual queda comprobado por la actitud de los judíos que no creían en él. Ellos consideraban una blasfemia no el que fuera uno con el Padre en propósito (las buenas obras hechas), sino que anunciara ser uno con el Padre en esencia. Y esta declaración de ser uno con el Padre fue repetida en distintos contextos: Entonces, por tanto, más procuraban los Judíos matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también a su Padre llamaba Dios, haciéndose igual a Dios (Juan 5:18); y ante Pilatos, los judíos resaltaron la misma idea expuesta por Jesús: Nosotros tenemos ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios (Juan 19:7). Ellos consideraron que Jesús proclamaba que en esencia era Hijo de Dios, o era Dios mismo.

Volviendo al texto de Juan 1, Jesús estaba con Dios, no con los ángeles (que no habían aún sido creados), sino esencialmente con Dios desde el principio. El estar en el principio con Dios implica que existía con el Padre en igualdad divina. Este Verbo ha sido llamado Señor en el Nuevo Testamento, con el mismo vocablo griego kurios con el que se traduce Jehová, según la versión griega del Antiguo Testamento. ¿Pero no fue también llamado Emanuel en Mateo 1:23?

Por cierto, Emanuel es un título del Hijo de Dios anunciado por Isaías, que literalmente traduce: Dios con nosotros. Tanto Isaías como Mateo, afirmaron que el Cristo que nacería en Belén sería Dios mismo, el que vendría a la tierra en forma humana (el Verbo hecho carne) para habitar entre Su pueblo.

Hay muchos textos que refuerzan el de Juan, pues al menos existen cerca de 200 títulos con los que se menciona al Señor en la Biblia. Recordemos el que se encuentra en Apocalipsis 1:8 y 22:13: Alfa y Omega. El Señor se declara como el principio y fin de todo, una referencia de eternidad que solamente podría ser dada del Dios verdadero. Además, es el gran YO SOY del Éxodo 3:14, cuando en Juan 8:58 Jesús dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy. Entonces tomaron piedras para tirarle por blasfemo, ya que los judíos entendieron que se declaraba el Dios eterno, el Jehová del Antiguo Testamento. Y cuando fueron a buscarlo para arrestarlo, cuando la guardia preguntó por Jesús, él dijo: YO SOY (Ego eimi), con lo cual retrocedieron y cayeron a tierra (Juan 18:6).

La Biblia declara a Jesús como el Hijo de Dios, como una de las personas que junto al Padre y al Espíritu conforman el Dios en tres personas. Allegaos a mí, oíd esto; desde el principio no hablé en escondido; desde que la cosa se hizo, estuve allí: y ahora el Señor Jehová me envió, y su espíritu (Isaías 48:16). El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros (Isaías 61:1). Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes (Juan 14:16-17).

En el principio era el Verbo, esa palabra tan anhelada por los filósofos platónicos, los llamados nominalistas que sostenían que la cosa estaba en el nombre. Un poema de Borges describe esta obsesión platónica: Si, (como el griego afirma en el Cratilo) /el nombre es arquetipo de la cosa, / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo (Jorge Luis Borges. El Golem, 1958). Pero el mundo no conoció a Dios, ni siquiera le ha contemplado en la manifestación de La Palabra, por cuanto el hombre natural no puede comprender las cosas de Dios y le parecen locura.

Cristo, el unigénito del Padre, la viva imagen de Su Persona, igual a él en todo, pero distinta persona de Él, habló como Verbo, por cuya palabra fueron creadas todas las cosas (todas las cosas por él fueron hechas en esta creación, aseguró Juan). Habitando entre nosotros nos legó su mensaje, mas hoy está a la diestra del Padre y continúa hablando, pero en intercesión por nosotros su pueblo.

Aquella palabra misteriosa que los filósofos platónicos pregonaban, Juan la trasiega con simpleza al decir del Verbo divino que era el Hijo de Dios. El secreto escondido desde antes e indagado por la filosofía y la cábala judía es dilucidado por la plana revelación de Dios. Jesús es el Verbo de Dios, pero es también Su Hijo encarnado que vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Esto le quita el atractivo esotérico para que la humanidad se distancie del deseo, para que los que detestan al Padre continúen detestando al Hijo. Sin embargo, éste era el LOGOS por el cual todas las cosas existen, como intuyó sin conocerlo Heráclito de Efeso, filósofo  griego presocrático.

Pablo resumió el evangelio de Cristo de muchas formas. Una vez dijo: los Judíos piden señales, y los Griegos buscan sabiduría: Mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, a los Judíos ciertamente tropezadero, y a los Gentiles locura; Empero a los llamados, así Judíos como Griegos, Cristo potencia de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo loco de Dios es más sabio que los hombres; y lo flaco de Dios es más fuerte que los hombres (1 Corintios 1:22-25).

Por esta razón, David advirtió que si oímos hoy la voz de ese Logos no endurezcamos el corazón (Salmo 95:7-8). Y en el texto del Nuevo Testamento se repite este clamor (Hebreos 3:7; 3:15; 4:7;), por lo cual conviene recordar que en el principio de todas las cosas ya el Verbo existía, y era con Dios, y el Verbo era Dios. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.  Dos ironías del mensaje de Juan consisten en 1) que el Verbo estaba en el mundo que fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció; 2) A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

Pero ante estas ironías se coloca la gracia de Dios para su pueblo elegido: Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que son creyentes en su nombre: Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios. Las metas de la vida pueden ser diversas, pero al final del camino tropezamos en un mismo sendero donde tenemos que percatarnos de si somos parte de las ironías descritas por Juan o de la gracia manifiesta de Dios enunciada por el evangelista. O no conocemos al Verbo y no lo recibimos, o le recibimos porque hemos sido engendrados por la voluntad de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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