Domingo, 26 de octubre de 2014

¿Cuál es la razón por la cual ha sido expuesta la doctrina bíblica? ¿Será para que permanezcamos en ignorancia o en conocimiento? Es indudable que una pregunta tan simple por su lógica no amerita mayor esfuerzo intelectual en responderla. Dios nos ha dado su conocimiento en cuanto a su doctrina de salvación, exponiendo los detalles en la Biblia. Dios escogió los vasos de misericordia aún antes de que hubiesen nacido, aún antes de que hubiesen hecho algo bueno o malo (Romanos 9: 9-24). De esta forma, el propósito de Dios al escoger desde antes ha sido expuesto en su doctrina: para que el propósito de Dios de acuerdo con la elección pueda permanecer, no por obras sino por el que llama (Romanos 9:11). 
De esta proposición bíblica se desprende que la doctrina de la elección es totalmente opuesta a la doctrina de la salvación por obras. De allí que este conocimiento bíblico nos ha sido enseñado por Jesucristo y por sus apóstoles, como anteriormente hubo sido expuesto también en el Antiguo Testamento. La doctrina del Señor implica que él no salva a un elegido y lo deja en la ignorancia del significado de su persona y su trabajo expiatorio. Por eso, los que creen en la salvación combinada (sinergística) de la elección más la condicionada en el pecador están actuando no conforme a ciencia.
Pensemos un momento en lo dicho en Romanos 10:1-3. Pablo habla de los judíos en particular, que tenían un gran celo por Dios pero no conforme a ciencia, no conforme al conocimiento adecuado. Su oración era entonces para salvación, pues los consideraba perdidos. Una persona está perdida, a pesar de tener un gran celo por el Dios de la Biblia, si su conocimiento acerca de Jesucristo y del significado de su expiación no es acorde a la ciencia de Dios. El conocimiento de la doctrina importa mucho, al punto de que Pablo le recomendó a Timoteo ocuparse de la doctrina. Jesucristo agregó que él enseñaba la doctrina de Su Padre.
¿Cómo puede el mundo conocer a Dios? Ni aún Nicodemo, maestro de la Ley, conocía a Dios. Jesús le dijo un día: ¿eres tú maestro de la ley y no conoces esto? Se refería al nuevo nacimiento; entonces comenzó a explicárselo. El Espíritu de donde quiere se mueve y opera no de acuerdo a la voluntad del hombre sino a la voluntad de Dios. Ese mismo Espíritu inspiró a Pablo a escribir que la salvación no dependía del que quiere o del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Por lo tanto, el que opera el nuevo nacimiento nos hace entender todas las cosas concernientes a Dios, nos recuerda las palabras dichas por Jesús (que por cierto están en las Escrituras). En este sentido, ningún elegido nacido de nuevo puede permanecer en la ignorancia, en la mortal ignorancia, sino que ha pasado de las tinieblas a la luz. No se trata de ser salvos a través del conocimiento, sino de tener el conocimiento de Dios por medio de la salvación. De lo contrario, el conocimiento sería una obra humana y la salvación sería por obras. Pero visto así, el conocimiento que obtenemos de Dios, por el Espíritu de Dios y su palabra, viene como consecuencia del nuevo nacimiento (por el oír con fe la palabra específica de Cristo, y esto no de nosotros, pues es don de Dios). En tal sentido, este conocimiento no es una obra humana previa a la salvación, sino consecuencia de ella.
LA PIEDRA VIVA ELEGIDA Y LA RAZA ESCOGIDA
Pedro expuso también su doctrina, diciéndonos que Jesús es la piedra viva elegida por Dios, mientras nosotros somos la raza escogida. Jesús fue el elegido del Padre para venir a este mundo a darse en sacrificio por su pueblo (Mateo 1:21), pero nosotros tenemos la misión de ser una casa espiritual y un sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pedro 2:4-5).
Estos sacrificios espirituales son el ofrecernos a nosotros mismos, en cuerpo y alma, como un ser completo, alegrándonos por obedecer su palabra. No en vano el Señor dijo que si le amábamos guardáramos también sus mandamientos. Asimismo, el sacrificio espiritual implica el ofrecimiento de nuestras plegarias y alabanzas, más todas las buenas obras hechas en fe y con amor (las cuales también han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas). Hubo dos ofrendas emblemáticas en el Antiguo Testamento: la de Caín y la de Abel. Una fue rechazada y la otra aceptada; la diferencia entre ambas estuvo centrada en que la de Abel fue un sacrificio espiritual, mientras que la de Caín era apenas un sacrificio intelectual, pues él era del maligno. Dios ha declarado que para Él es abominación el sacrificio del impío, por lo cual el apóstol Pablo tuvo por basura todos los sacrificios anteriores a su conversión, aunque los hubiera hecho con celo y buena intención.
Si hemos pasado de las tinieblas a la luz, entonces entendemos que esto ha sido obra exclusiva de Dios, quien nos predestinó desde antes de la fundación del mundo, por lo cual envió a Su Hijo a morir por nosotros (pueblo escogido), ovejas de su prado. De igual forma, nos ha hecho entender la verdad del evangelio, para ser la alabanza de Su gloria, sellados para siempre con su Espíritu, la garantía de nuestra salvación (Efesios 1).
Dios escogió a su pueblo desde el principio, en la santificación del Espíritu y para creer la verdad del evangelio; este pueblo ha de ser llamado también con el anuncio del evangelio de la gracia, de manera que se percate de que su salvación está en absoluta dependencia con dos elementos: la expiación de la sangre del Hijo y la elección eterna hecha por el Padre. Es el Espíritu el que ejecuta y opera el nuevo nacimiento en el pueblo elegido, llegado el tiempo de Dios (kairos), quitando el corazón de piedra y dándonos el de carne, haciendo que deseemos andar en los estatutos del Padre, los cuales amamos en consecuencia.
Si alguien cree en la predestinación y la elección de Dios, pero ignora que todo ello está basado en la sangre expiatoria de Jesucristo y en la elección soberana del Padre, independientemente de nuestras obras, esa persona es apenas un religioso más. Un cascarón vacío, como vacía fue la ofrenda de Caín.
Sabemos que Dios salva a sus elegidos basado en la sangre expiatoria y en la justicia imputada de Jesucristo. Pero hay muchos falsos evangelios que anuncian un proyecto sinergístico (de combinación divina y humana), los cuales proponen el trabajo de Cristo más algo que pueda hacer el hombre. Su argumento se fundamenta en el derecho de libertad que el ser humano ha de tener para que le adjudiquen responsabilidad. Por esta razón, la tesis del falso evangelio apunta a una salvación potencial, universal, que permite ofertar de parte de su dios el perdón para toda la raza humana. Ese sería el aporte divino, al cual se le suma el aporte de la raza de Adán a la proposición divina, con lo cual aparece el sinergismo.
La gracia y las obras están peleadas, son opuestas y enemigas en materia de salvación. Pretender conciliarlas es un signo de fraudulencia. Empero al que obra, no se le cuenta el salario por gracia, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia. Como también David dice ser bienaventurado el hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos (Romanos 4: 4-7). Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos 11:6). (Porque no siendo aún nacidos, ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que llama, permaneciese;) -Romanos 9: 11. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).
Pese a la insistencia bíblica por medio de la cual abundan los textos que exponen la gracia de Dios como el único camino para estar en su presencia, hay quienes siguen proclamando una salvación universal y potencial. Quienes tal hacen no creen que las obras humanas pavimentan el camino de la muerte eterna, no entienden en su espíritu que Jesucristo es el Camino, no Jesucristo y yo, no Dios y hombre. Si alguien tiene para su gloria el haber decidido seguir a Cristo, el haber tomado la correcta decisión de ser creyente, entonces esa obra que le gloría es la prueba ineludible de su perdición. El tal ha creído un falso evangelio.
Los que no nos gloriamos en las obras sabemos que el trabajo de Cristo en la cruz fue consumado; de manera que no es posible añadirle ni quitarle algo a esa obra divina. El conjunto de personas pertenecientes al pueblo de Dios (las ovejas del Buen Pastor, los amigos de Cristo, su iglesia) ha sido investido de la sangre del Cordero inmolado y jamás será arrebatado de las manos del Hijo ni de las manos del Padre. Esa es la buena noticia de salvación, este es el verdadero evangelio de la gracia. ¿Lo cree usted?
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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