Mi?rcoles, 15 de octubre de 2014

Mucho se ha hablado en relación a la necesidad de la libertad humana para que corresponda la responsabilidad del hombre. No obstante este deseo y tanta pluma, el argumento bíblico es contrario a este supuesto. No existe compatibilidad entre la responsabilidad humana y la libertad, antes al contrario el hombre es sujeto de Dios, sea para bien o para mal. Por supuesto, esta asunción causa pánico en millares de personas que se dicen creyentes en Jesucristo, pero que desconocen el grado y alcance de la soberanía de Dios.

Filósofos de distinta índole han propuesto que Dios no existe por cuanto si existiese no permitiría el pecado. O tal vez sería un ser impotente que no puede acabar con él, o a lo mejor sería un sádico que permite el sufrimiento de la humanidad. Pero por más improperios que se lancen en contra de la divinidad bíblica, el asunto continúa en pie. El sigue siendo Dios de toda carne, el Creador de todo cuanto existe, la causa primera de todo cuanto es.

Algunos teólogos, y no pocos, se han dado a la tarea de defender a Dios. Pero acá yace un subterfugio que pretende pasar por alto la acusación de la conciencia teológica contra el Ser que anhelan desentrañar. Esos teólogos considerarían injusto a Dios si Él fuese el autor del pecado, el creador del infierno, el Hacedor de Satanás, el Predestinador de Esaú y de todos los réprobos en cuanto a fe. No lo afirman en tal forma, pero al defenderlo lo consideran culpable de los cargos que en la sutileza de sus razonamientos sostienen.

Por esta razón un sinsentido argumentativo se pasea por los seminarios de teología en todo el planeta. Una sinrazón se mueve en los templos donde se dice alabar a tal Dios. Una esquizofrenia permanente se sitúa en las mentes de los crédulos y servidores de tal divinidad, pues al creerla absoluta y omnipotente también la creen derrotada por instantes, como si de una pelea a ganar por puntos se tratase.

En ocasiones Dios es vencido, pero la promesa apocalíptica anuncia que al final el bien triunfará sobre el mal. Ese suspiro de razones no es más que una volátil mezcla capaz de acabar con la razón de los seguidores de tal dios. La religión se hace cada vez más fuerte en torno a la esquizofrenia de los fieles que suponen a un Dios dividido contra Sí mismo. En efecto, dicen que Él no hizo el pecado, con lo cual dan por sentado que un ser superior y distinto a Él lo hizo; dicen que su voluntad es que todos los hombres sean salvos, pero el infierno atestigua de su fracaso. Agregan que el mal surgió por generación espontánea, con lo cual también validan el que algo se forme fuera de Su influencia. Tal Dios no es Todopoderoso, más bien es ambivalente.

Si alguien crece con estos conceptos religiosos en su mente, de seguro vivirá una marejada de complicaciones existenciales que no le permitirán paz. Solamente el ritual de la religión les protege por instantes en virtud de la hipnosis conseguida en las liturgias y en el hacer creer que esa es la verdad. El simple análisis o la simple lectura de la Biblia, sin prejuicio alguno, puede desmontar este arquetipo religioso tan peligroso como equivocado.

El lector de la Biblia debe preguntarse si Adán tuvo la oportunidad de no pecar. De allí arranca todo el razonamiento del que deriva la verdad o la mentira en este argumento. Si pudo no pecar entonces Dios no es Dios. Sería un dios que no sabe todas las cosas, que no programa todos los eventos. Si Adán tenía que pecar entonces estamos ante un Dios soberano que hace como quiere y tiene control de cada evento planificado desde la eternidad. Pensemos un momento en el Hijo que estuvo destinado como Cordero desde antes de la fundación del mundo. ¿Cuál es la razón por la que Jesucristo estuvo preparado de antemano?

La respuesta que encontremos en las Escrituras nos permitirá comprender el rasgo soberano del Omnipotente. Por cierto, no se trata de una previsión por si acaso, como muchos han sostenido. Es más bien una previsión de certeza, de un Dios que por perfecto no se permite la ambivalencia ni el azar. Uno continúa leyendo en las Escrituras que Jesucristo tenía que nacer en determinado período de la historia (libro de Daniel), en determinada región del planeta y que tendría el nombre adecuado según lo planificado por el Padre (Mateo 1:21).

Hay algo mucho más emotivo que lo ya dicho; la noche antes de la muerte de Jesús, en el huerto de Getsemaní, oró por los que el Padre le había dado y le daría en virtud de la palabra anunciada por los primeros. Pero específicamente dijo que no oraba por el mundo. De manera que Jesús hizo una distinción muy clara para que se recogiera en el evangelio el propósito de su expiación: salvar a su pueblo de sus pecados.

Con ello se deja por sentado que Jesús no vino a morir por todo el mundo, que no expió el pecado de toda la humanidad en forma potencial, sino que lo que hizo fue hecho de manera concreta y específica por determinadas personas. Estos son los elegidos, la iglesia, su pueblo, sus amigos, sus ovejas. Pero concebir a un Dios de esa manera es concebir a un monstruo; tal parece el pensar de muchos estudiosos de la Biblia, incluso de aquellos que se han dado a la tarea de predicar la soberanía de Dios en la salvación.

Aunque parezca paradójico, hay quienes anuncian la misericordia y la soberanía de Dios en la salvación de Jacob, pero lo condenan en cuanto al endurecimiento de Esaú. Esto no es solamente obra del objetor bíblico presentado en Romanos 9, sino que es argumento de predicadores célebres como Spurgeon (llamado el príncipe de los predicadores por sus seguidores bautistas). Dios es soberano para salvar, pero no es soberano para endurecer los corazones de los réprobos en cuanto a fe, a quienes Él mismo ha preordenado para destrucción eterna, en el lago de fuego donde su llama no se apaga y el gusano de ellos no muere.

La teología de estas personas defensoras de Dios descansa en la libertad humana para el mal. Dado que la voluntad humana está atada en su depravación total, su tendencia hace inevitable seguir los pasos que da. No obstante, esta teología pretende ignorar que Dios endurece y no deja a la deriva bajo ningún precepto de libertad los actos pecaminosos de los hombres.

De no hacerlo, Dios estaría en un caos en cuanto a la ejecución de sus planes eternos e inmutables; ¿cómo podría llevarse a cabo el conjunto de profecías bíblicas, que son tan precisas en tiempo, lugar y modo, si Dios no tomase parte activa en esos eventos perversos de la humanidad? Con todo, hay quienes negando esta necesidad teológica sostienen que Satanás controla a su gente así como Dios a la suya. Este dualismo pretende yuxtaponer dos fuerzas que batallan por el control del mundo, pasando por alto la declaración de la Escritura de que Dios ha hecho aún al impío para el día malo.

En realidad, este tipo de pensamiento teológico confunde voluntariamente a Dios que por ser autor del pecado pasaría a ser el tentador para pecar. Pero Dios no puede ser tentado ni tienta a nadie, pues Él no peca. Dios no se rebela contra Sí mismo, solamente ejerce su soberanía en forma absoluta, aunque esto parezca antipático a muchos de los que ejercen la teología como oficio de vida.

Con todo lo dicho, el hombre permanece responsable de sus actos si bien no es un ser libre. La compatibilidad entre la libertad y la responsabilidad no es un criterio bíblico. Dios mismo es absolutamente libre pero no tiene ante quien responder, ya que no existe otro igual o superior a Él para rendir cuentas. El hombre natural es un esclavo de su pecado, por lo tanto no es libre de actuar sino en pro del mal; pero aún ese terreno está invadido por la voluntad del Padre. No pudo Judas asesinar a Jesús sino entregarlo en el momento oportuno elegido por el Padre; no pudo Herodes matar a Jesús cuando era un niño, a pesar de que por su mala intención se sentía libre hacia el mal. No puede el hombre de pecado engañar a los escogidos, ni puede la oveja de Cristo ser raptada por el enemigo, separada de sus manos o de las manos del Padre, muy a pesar de que los seres perversos anhelen con creces dañar a los elegidos de Dios. Entonces, no hay libertad alguna, pues sucede -en un todo de acuerdo al criterio bíblico- que Dios endurece a quien quiere endurecer. Esto no es más que una actividad sobre un sujeto pasivo, y sabemos que un sujeto pasivo no puede hacer nada que el activo no indique. El hecho mismo de que el objetor revelado en Romanos 9 haya dicho que nadie puede resistir a la voluntad de Dios, nos da a entender que ni siquiera puede haber la mínima oposición a la voluntad de Dios. Simplemente, los hombres inicuos siguen al pie el guión de Dios, sin que por eso se declaren irresponsables. Más bien, la pregunta lógica sería: ¿por qué Dios los hace responsables? Lo que equivaldría a la pregunta bíblica del objetor: ¿Por qué, pues, Dios inculpa?

LA SENSACION DE LIBERTAD Y EL CONOCIMIENTO DE DIOS

El ser humano puede sentir libertad al realizar sus actos; Judas se sintió libre de entregar a Jesús a cambio de 30 piezas de plata, mucho más allá de que conociera la profecía que hablaba de ese detalle. Incluso tomó conciencia de su error y cometió suicidio en virtud de su remordimiento. El lancero que traspasó a Jesús en el madero pudo ignorar la profecía que decía literalmente: mirarán al que traspasaron, pero de igual forma actuó con la sensación de libertad. Lo mismo aconteció con los que se repartieron sus ropas, con los que lo insultaron y ofendieron, con los que gritaron crucifícale. Todos actuaron libremente y por su propia voluntad, aunque las profecías señalaron estos actos con siglos de anticipación.

Pero si Dios estuvo detrás de estos detalles, planificando cada evento en cuanto a tiempo, lugar y modo, ¿estos seres fueron en realidad libres? Más bien se podría decir de ellos que tuvieron la sensación de ser libres, pues su motivación hacia el mal les presentaba la ocasión para aprovechar la oportunidad histórica de sus actos. Desde el plano estrictamente humano ninguno pudo decir que se sintió obligado a actuar de esa manera; desde el plano metafísico vemos que todos esos actos estuvieron atados al plan estricto de Dios. Eso es lo que supo el objetor bíblico, por lo cual reclamó filosóficamente en favor de todos aquellos con su célebre pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?

La profecía bíblica nos permite comprender el conocimiento de Dios. Ciertamente Dios conoce de antemano todas las cosas, desde el principio todas sus obras. Pero las conoce como ciertas porque las ha planificado como tales, no porque las haya previsto o avizorado en los corazones humanos. La profecía bíblica no es una copia de los designios humanos, un plagio hecho por el Creador de todo cuanto existe. La profecía bíblica muestra a Dios como el que conoce nuestro futuro porque lo ha hecho.

Judas tuvo conciencia de haber hecho algo terrible, por lo cual mostró su arrepentimiento -aunque de manera equivocada. El caso de Pedro es parecido pero con un final de gracia. Negó al Señor tres veces y al mirarlo cara a cara lloró amargamente, por lo cual su vida cambió para siempre. El Señor había orado por él para que su fe no fallara; pero ese mismo Señor no oró por Judas la noche previa en el Getsemaní, ya que específicamente expuso que no rogaba por el mundo. Más bien había exclamado un ay, tiempo antes en relación a quien lo habría de entregar, pues ya sabía que Judas era un diablo. A Judas se le dijo que hiciera prontamente lo que habría de hacer, que quien mojaba su pan en su copa era quien lo habría de entregar; a Pedro se le advirtió que negaría al Señor. Ambos, Judas y Pedro, cumplieron a cabalidad lo predicho de ellos y no se sintieron autómatas ni obligados (contra su propia naturaleza), sino que más bien actuaron con la sensación de libertad. Ambos reconocieron sus errores en virtud de sus conciencias, pero el uno fue perdonado y el otro fue condenado. Dios es el autor supremo de esos dos destinos, como lo fue de Esaú y de Jacob, aún antes de que hiciesen bien o mal.

El núcleo de la teología y de la enseñanza bíblica es reconocer la soberanía divina en todo cuanto acontece; pretender negar esa realidad revelada es dar coces contra el aguijón. Negar que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) es presuponer el dualismo, una herejía teológica. Negar la participación de Dios en el endurecimiento de quienes Él quiere endurecer es también participar en la rebelión del objetor. Hacer una cosa o la otra mostrará quiénes somos o dónde estamos, pero no será sino un signo y nunca una causa de nuestro destino.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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