S?bado, 11 de octubre de 2014

David habla de los enemigos de Dios, a los cuales considera sus propios enemigos. Si los amigos de Dios son sus amigos, la lógica señala que los que desprecian a Dios no pueden conformar el grupo de sus amistades. ¿Puede usted ser amigo de un demonio? Si eso es posible, entonces no es amigo de Dios; el asunto de entrada es muy simple. Eso lo resalta el Salmo 139, verso 22. Por supuesto, antes de juzgar a David pensemos que solamente odió a los odiadores de Dios. No obstante, nosotros tenemos el deber de amar a todos los hombres; odiar a alguien por puro placer o porque nos haya hecho algún mal es un error y va contra el mandato del Señor. Sin embargo, el planteamiento de David es que su odio está fundamentado en que se trata de un enemigo de Dios, de la justicia, de la bondad, por lo cual su obligación es mantener una conducta de rechazo hacia tal persona.

Jesucristo nos dijo que no le diéramos lo santo a los perros ni las perlas a los cerdos. Con este precepto uno puede inferir que mientras más tiempo pasemos junto a Dios más severo seremos con las conductas desviadas del mundo. Como ya lo sentenció Pablo, si alguna persona no ama  al Señor Jesucristo, sea anatema (maldito).

Pese a lo dicho, también existe otro mandamiento que complementa el tema tratado. Se nos ha dicho que de Dios es la venganza y que nosotros no debemos vengarnos, sino dejar en las manos del Todopoderoso la justicia que clamamos. ¿Cómo debemos odiar a los que odian a Dios? Simplemente de la manera en que Él lo hace, de la misma forma en que uno que objeta la Escritura y antepone su privacidad interpretativa es rechazado por nuestro espíritu. Si una persona ofrenda a sus ídolos, nuestra alma lo repudia. Si alguien ama más a su madre o padre, hijo o nuera, más que a Jesucristo, no es digno de él; tampoco lo es de nosotros. Con todo ello, no somos nosotros los vengadores, sino instrumentos de Dios para clamar como la viuda anciana para que se nos haga justicia de nuestros enemigos. Porque en algo tenemos que estar muy claros, que los que aborrecen a Dios a nosotros también nos aborrecen.

JUDAS, UN EJEMPLO TIPICO

Judas Iscariote, el hijo de perdición que habría de entregar a Jesús nunca fue amado por él. Parece extraño decirlo, pues Jesús lo llamó amigo, también le otorgó poder para echar fuera demonios, pero jamás lo consideró su verdadero apóstol. Si alguno dudase de lo que acá se dice -y se dice en las Escrituras- podríamos preguntarle si desea ser amado por Jesús en la forma en que supuestamente usted cree que Judas haya sido amado. Pues tal amor (que no lo hubo) fue absolutamente inútil para su vida, para su salvación eterna. Todo lo contrario, si Dios ya había odiado a Esaú aún antes de nacer o de hacer el bien o el mal, lo mismo vale para Judas Iscariote, de quien se dijo que más le hubiese valido no haber nacido.

El amor que Dios tuvo por Jacob vale la pena considerarlo en contraposición al odio que sintió por Esaú. De manera que no a todos ama el Padre, por lo cual el Hijo, siempre sujeto a su voluntad, oró en Getsemaní la noche antes de ser entregado y dijo: no ruego por el mundo. Su oración intercesora o sacerdotal no incluyó a Judas ni a ninguno que no estuviese escrito en el libro de la Vida del Cordero.

Hay un odio interno en nosotros hacia el mal, hacia las personas malignas; pero de igual forma estamos en este mundo y somos conminados a amar a los que nos maldicen y persiguen. Pero ese amor, en el ejemplo dado por el Señor, amontonará ascuas de fuego sobre la cabeza de nuestros enemigos. Hacemos bien a los que nos maldicen, llevamos la carga dos veces más lejos de lo que se nos pide, damos de beber y de comer a los que nos aborrecen; ese es el amor que hemos de demostrar. Al mismo tiempo no damos rienda suelta a nuestros deseos de venganza, sino que clamamos a quien dijo Mía es la venganza, yo pagaré. Tampoco nos alegramos en el sufrimiento de nuestros enemigos, ni en los males que el Señor les envía, pero sí damos gracias por la justicia invocada.

Hemos de odiar la compañía y la sociedad de los pecadores obstinados. Repudiamos todos sus errores, nos apartamos de la comunicación de los hombres en sus pecados. No le decimos bienvenido a ninguno que no traiga la doctrina de Cristo, sino que lo declaramos anatema por predicar un falso evangelio. No se trata de odiar el orgullo pero hacer pacto con la lascivia; pues todo pecado ha de ser odiado aún en las personas mismas.

Pero oramos por nuestros enemigos para ver si Dios tiene misericordia de ellos, pues así como Saulo fue cruel perseguidor de la Iglesia, llegado su momento fue derribado del caballo y cayó en humillación hasta que fue hecho un hombre nuevo. El Señor había orado por Pablo en el Getsemaní, ya que él era uno que creería por la palabra de los otros. Algo había escuchado el apóstol que lo no le permitía la paz, pero su pecado y enemistad para con Dios lo mantenían alejado del camino que es Cristo. No obstante, el tiempo de Dios es perfecto, por lo cual cuando el Señor lo llamó Saulo no tuvo más que decir: Señor, ¿quién eres?

El Señor oró por sus transgresores, pero no por todos, ya que Judas fue uno de ellos. Algunos de esos transgresores dieron fe en el día de Pentecostés al recibir el Espíritu; otros lo habrán hecho en otro contexto. Lo cierto es que nos toca orar aún por los que nos persiguen y maldicen. Pero no siempre se trata de una dulce oración, pues hay oración pidiendo venganza (como en ocasiones hizo Pablo, encomendándoles a Dios a muchos de los que le hicieron la vida amarga).

Los que rechazan con injusticia la verdad tendrán como contrapeso un espíritu de error que es enviado por el Padre para que crean y se pierdan; por lo tanto, no siempre que la gente persigue a los hijos de Dios va a recibir el llamado que Saulo tuvo para convertirse en Pablo. Sabemos que Dios odia al pecado y al pecador elegido para condenación; sin embargo, ama al pecador que ha redimido. Pues si alguno dice que no ha pecado lo hacemos a él mentiroso y la verdad no está en nosotros (Juan).

No podemos separar la doctrina de Jesucristo. Jesús es el Salvador, pero Jesús no se puede aislar de sus enseñanzas. ¿Cómo tener a Cristo sin su doctrina? ¿Cómo tener al Señor si se ignora lo que ha enseñado? Precisamente, la doctrina es lo que permite distinguir al verdadero Jesucristo de los Mesías falsificadores; de las enseñanzas del Espíritu y la de los falsos maestros. ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? No es posible predicar a Jesús sin sus enseñanzas, pues quedaría vacío el mensaje.

Bien, el mismo Dios que inspiró a David a escribir el Salmo 139 es el que ordenó amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos persiguen. Pero también aclaró que haciendo esto amontonaríamos ascuas de fuego sobre sus cabezas. La oración es el mecanismo por excelencia para canalizar nuestro odio por el pecado y por quienes se gozan en él; asimismo, una vida práctica con relaciones prácticas nos permite acudir al panadero sin que nos importe si es o no un verdadero creyente. En el mundo tendremos aflicción, no será posible llevar una línea recta sin tropiezo alguno; pero el equilibrio lo encontramos en el andar con Cristo, aprendiendo de lo mucho que dejó para nosotros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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