Domingo, 05 de octubre de 2014

La Iglesia a través de sus edades ha entendido que este asunto es cardinal, que el plan completo del evangelio descansa en el hecho de la sustitución que Jesucristo hizo en la cruz. El nos representó, por lo cual oró la noche antes de su crucifixión rogándole al Padre por los que le había dado. En forma muy específica dejó claro que no rogaba por el resto de la gente, es decir, por el mundo. No, Jesucristo no se interesó por todos los perdidos eternamente, sino solamente por las ovejas que le fueron encomendadas.

Por supuesto que esas ovejas están en el mundo, ya que todos hemos estado sometidos por naturaleza a la ira de Dios, que aún los que hemos sido rescatados de nuestra vana manera de vivir fuimos sacados de las tinieblas a la luz. Pero el hecho de que Jesús haya orado solamente por los que el Padre le había dado (no sólo sus once discípulos escogidos para salvación sino por los que le daría en otros momentos por la palabra sembrada por aquellos), y que al mismo tiempo haya sido tan explícito en dejar por fuera al mundo (no ruego por el mundo) ya nos deja la sensación de que hubo una sustitución de la pena en la cruz.

No pudo Jesucristo hacer una sustitución universal potencial como algunos sostienen de acuerdo al otro evangelio. Ese sin sentido deja la carga de la salvación en un hombre que está muerto en sus delitos y pecados, uno que odia a Dios por naturaleza, uno que es injusto y detesta toda la justicia que proviene del cielo. No puede una persona que aborrece la soberanía de Dios en la elección incondicional acudir voluntariamente a recibir dicha salvación como si fuese potencial. Al contrario, todos los objetores están dispuestos a rechazar tal Dios por considerarlo injusto (Romanos 9:19).

De la misma manera que a la humanidad se le imputa el pecado original de Adán como cabeza federal, así también a Jesucristo se le imputaron todos los pecados de su pueblo por el cual vino a morir y a quien vino a salvar (Mateo 1:24).  Porque, si por un delito reinó la muerte por uno, mucho más reinarán en vida por Jesucristo los que reciben la abundancia de gracia, y del don de la justicia. Este texto encontrado en Romanos 5:17 nos exhibe la separación de los dos grupos: 1) En Adán todos mueren y por Adán entró el pecado y la muerte a la humanidad; 2) de esos muertos Dios hizo nacer de nuevo a algunos, haciéndoles recibir la gracia y el don de la justicia. Esto no se puede objetar, pues ¿de qué manera un muerto puede nacer de nuevo? Solamente por mandato divino, de lo cual fue figura Lázaro al salir de la tumba tras la orden del que es la Resurrección y la Vida. Así también fue dicho: es necesario nacer de nuevo pero esto no es de voluntad de varón sino de Dios (Juan 3, conversación entre Jesús y Nicodemo).

Por el pecado de uno (Adán, quien era figura del que habría de venir, de Jesucristo -Romanos 5:14) entró el pecado en el mundo; por la justicia de uno (de Jesucristo) el regalo vino a la humanidad comprendida en ese segundo Adán. Recordemos que en Isaac te será llamada descendencia o vendrá la semilla, de manera que Jesucristo vino por la promesa hecha a Abraham. El regalo de la justicia imputada de Cristo va dirigido a su descendencia. Dios desde la eternidad concibió la justificación al ordenar a sus elegidos para vida eterna, fundamentado en la justicia de su Hijo. Cristo resucitó de los muertos y todo su pueblo incluido en él ha sido igualmente resucitado para vida. Un pecador se convierte en un creyente y se reconoce vivo para con Dios, por lo cual pasa a tener el derecho y el título de vida y gloria eterna.  

Ciertamente, del texto de Romanos 5 podemos deducir que hay un grupo de personas que no reciben ni la abundancia de gracia ni el don de la justicia, pues sus corazones de piedra no fueron quitados ni le fueron otorgados corazones de carne (Ezequiel 11:19).

El pecado es un mal infinito e imborrable por método humano. El pecado es transgresión de la ley de Dios, pero es más que eso. Viene a ser la separación eterna de la comunión con el Padre, de manera que los que no han sido redimidos de la culpa del pecado no pueden tener comunión con el Padre. Nunca han conocido a Dios, por más que lean sus estatutos e intenten guardarlos. El pecado no perdonado hace la diferencia entre quien es hijo y quien es bastardo (Hebreos 12:8).

De allí que Jesucristo no sustituyó la pena de Judas Iscariote, ni la de Caín, tampoco la de Faraón o la del hombre de pecado. Si Jesucristo hubiese hecho una sustitución universal en la cruz, toda la humanidad sería salva. Los que sostienen la expiación universal con la variante de la potencialidad, es decir, que Jesucristo hizo posible la salvación para todos pero que es eficaz en los que la aceptan, incurren en varios errores. Primero que nada transgreden la interpretación bíblica, al hacer privado lo que es público. Segundo, dejan la carga final de la salvación en la voluntad quebrada de los enemigos de Dios. Tercero, los que pretenden la salvación potencial, a sabiendas de que Dios salvaría finalmente solamente a quienes había elegido, desperdician la sangre de Cristo y pervierten la economía de la salvación.

No hay un justo medio, no hay una gracia habilitante, no hay un estado neutro en el que Dios se coloque esperando a ver a los muertos en delitos y pecados alcanzar la gracia ofrecida. Por lo tanto, Dios no ofrece su gracia a toda la humanidad sin excepción. El anuncio del evangelio es un mandato con doble propósito: 1) para que el que es creyente no se pierda, sino que tenga vida eterna (es decir, para que el elegido llegue a creer durante esta historia marcada por el espacio-tiempo; 2) para endurecer a los vasos de ira que rechazan con furor la declaración del evangelio (no la oferta que nunca les ha sido hecha por Dios) y reciban mayor condenación (Mateo 23:14; 2 Pedro 2:21; Isaías 55:11).

EL CASTIGO DEL INOCENTE

¿Por qué razón el Padre escogió al Hijo para castigarlo hasta el suplicio, de manera que pudiera redimir a sus elegidos? Esta interrogante se pasea por la mente de muchos, tal vez algunos que piensan que pudo haberse escogido otro método de salvación. Otros reniegan de esta elección bajo el hecho de que fue un acto cruel. En este sentido se alega que no pudo haber sustitución penal, ya que eso iría contra la propiedad moral del castigo. En otros términos, cómo es que Cristo sufrió en mi lugar y yo puedo ser perdonado. Esta situación no se ve en el proceso judicial de la historia humana, que un justo tome el lugar del criminal y pague por su culpa. La razón estriba en que ese tipo de castigo no satisface el concepto de justicia, el de que cada quien debe pagar por sus faltas.

Sin embargo, la paga del pecado es muerte. Dado que la humanidad entera cayó muerta en delitos y pecados, de acuerdo a la sentencia bíblica, no es posible que uno de ellos se redima por sí solo. Mucho menos que sacie la retribución, por cuanto el pecado es un mal infinito, de manera que requiere un castigo infinito. Como el pecado no existe per se sino en el sujeto que peca, asimismo sostienen que el castigo debe ser impuesto en cada pecador. De esta forma no sería aceptable la transferencia del castigo, con lo cual catalogan a la imputación como una ficción legal, por lo tanto inmoral.

Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado (Deuteronomio 24:16). El alma que pecare, esa morirá: el hijo no llevará por el pecado del padre, ni el padre llevará por el pecado del hijo: la justicia del justo será sobre él, y la impiedad el impío será sobre él (Ezequiel 18:20). Una y otra vez el Dios de las Escrituras se opone a la pena sustitutiva entre los individuos. Sin embargo, en su soberanía Él dispuso que Su Hijo fuese el Cordero sustituto de los pecados de su pueblo. No hay arbitrariedad en ello, más allá de que le asista el derecho de Dios soberano. Simplemente lo que puede comprenderse a lo largo del ejercicio expiatorio del pueblo de Israel con su sacerdocio es que todos aquellos actos fueron figura de lo que habría de venir. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, puro, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos. El no tiene cada día la necesidad, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo (Hebreos 7:26-27).

Frente a un Dios Santo, infinito, una transgresión infinita ha de ser expiada con un sacrificio total. La única vía era la de la sustitución penal que hiciera Su Hijo en la cruz por su pueblo. De manera que podemos estar contentos porque el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en el madero junto a Su Hijo. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Si Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por su pueblo (nosotros), nadie podrá acusarnos por cuanto somos sus escogidos; nadie podrá condenarnos, ya que Cristo murió (en sustitución) por nosotros, y no solo eso sino que también resucitó y está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros (Romanos 8).

En virtud de la sustitución de la pena se nos ha declarado más que vencedores. Pero esta sustitución no es una invención filosófica de los teólogos cristianos, es más bien una revelación manifiesta en las Escrituras: Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros (Isaías 53: 5-6).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:32
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