Martes, 30 de septiembre de 2014

La influencia de una causa superior que nos mueve es un supuesto universal. En la sabiduría implícita del universo cristiano, depender de Dios implica mantenernos subordinados a Él. Ya el Señor lo dijo enfáticamente: Sin mí, nada podéis hacer. Tal vez muchos creyentes se pregunten ahora cómo es posible que el creyente peque a diario y pueda creer al mismo tiempo que Dios controla aún nuestros pensamientos. En realidad esto no hace a Dios pecador, ni responsable de nuestros errores. Sin embargo, en todos ellos está presente y no está callado.

Observemos el caso de Judas y de Pedro. Por un lado, el discípulo que había de traicionar al Señor había sido escogido desde la eternidad, por lo cual los profetas hablaron de él. Ni una palabra faltó en cumplirse. En cuanto a Pedro, éste era un individuo predestinado para salvación; pero venía también con él el paquete de sus pecados. Por supuesto, la negación triple de Pedro estuvo prevista como un hecho cierto y necesario. El Señor se lo  advirtió y oró para que su fe no fallase, pero no oró para que no pecase.

Con esto en mente no podemos menos que involucrar al Señor en todos los eventos que acontecen a nuestro alrededor, sean buenos o malos. Lo que sucede es que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, los que conforme a su propósito son llamados. Pedro fue llamado conforme al propósito específico de apacentar las ovejas; negar al Señor lo predispuso a dar su vida sin titubeos por él. Dios trabajó el pecado de Pedro para su propio beneficio, de manera que lo sostuvo y lo hizo más fuerte.

Judas no fue llamado para la redención, pero fue escogido igualmente para que cumpliera el propósito divino asignado. El Señor no oró por Judas (pues no rogó por el mundo) sino tan solo por los que el Padre le había dado para salvación. Tanto Pedro como Judas anduvieron con el mismo Señor y compartieron muchos momentos de sus vidas; pero así como Dios amó a Jacob y aborreció a Esaú (desde la eternidad), Pedro fue amado y Judas aborrecido.

Es indudable que el Señor produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. En este sentido el creyente debe comprender que nuestras elecciones en esta vida acerca de lo que estudiemos, trabajemos y amemos, todo ello es parte de ese querer y hacer producido en nosotros por Dios mismo. No es posible afirmar que Dios se ocupa de nuestra salvación pero nosotros nos ocupamos de quién será nuestro cónyuge. Ambas cosas hace Jehová. ¿Por qué actúa así? Bien, la vida de los profetas es un ejemplo de cómo Dios se mete en los más mínimos detalles de su existir. A unos les permite un poco más de confort existencial que a otros; pues no actúa por igual con cada uno de sus hijos.

Por cierto, el Señor dijo de Juan que si él quería que quedase hasta su segunda venida, eso no era materia de discusión de los otros apóstoles. Dios tiene hijos enfermos y sanos, unos con dolencias físicas y otros con cualidades corporales especiales. A unos los lleva por un camino más tortuoso que a otros, pero todos padecemos los sufrimientos necesarios para que aprendamos el beneficio de su salvación. La vida del profeta Jeremías fue más dura que la de Elías; la de Oseas fue más dolorosa que la de Samuel. A Daniel le tocó ser probado de muchas formas, pero se dijo de él que era muy amado. Sin embargo, el apóstol Pablo fue enseñado en lo mucho que le tocaba padecer por Jesucristo y por causa de su evangelio.

Hay un padecimiento implícito por el hecho de ser creyentes. Somos tentados en muchas formas y hemos de dar la talla en aquello en lo cual somos probados. Esta situación nos acarrea sufrimiento muy variado, intenso a veces; pero existe otro tipo de molestia que sin duda supera la anterior. Es la incomodidad que nos produce el pecado. En ocasiones decimos más de lo que nuestro corazón siente, juramos no querer ver más nunca a nuestros seres amados, pero de inmediato nos arrepentimos. Un gran escozor del alma se produce en nosotros y ya no somos capaces de  odiar tanto como nos habíamos propuesto. Olvidamos el amor con una gran facilidad, porque el amor conlleva a los celos. Celos por el ser que amamos, por la bondad que prodigamos. No queremos que otro nos robe el bien conseguido en el amor, tampoco que se nos ignore el bienestar que procuramos al otro. Eso nos irrita al punto de sacarnos de quicio, de voltearnos las mesas hasta convertimos en apasionados. El pathos (la pasión) es algo patológico, una enfermedad del alma.

Pero ante este padecer generado por el pecado que nos asalta existe una solución bíblica: negarse a sí mismo. Cualquier cosa de uno mismo que pertenezca a un acto carnal por demás corrompido, ha de ser negada. Nuestra lujuria, nuestra vida, nuestra riqueza, nuestros padres, nuestras relaciones, todo aquello que interrumpe la comunión con el Señor ha de ser negado de inmediato. En Lucas 14:26 quedaron registradas las palabras del Señor respecto a este negarse a sí mismo: el que quiera venir en pos de mi, debe aborrecer a su padre y madre, esposa e hijos, hermanos y hermanas, incluso su propia vida. De lo contrario no puede ser mi discípulo (alumno).

Cuando llegamos a ser nuestros propios ídolos es porque hemos caído en una gran trampa. El renunciar a los ídolos conlleva a su destrucción, a darles el sitial que les corresponde. Poco importa que se trate de la libertad, de la riqueza o la salud, de los amigos, todo ello puede ser parte del sí mismo. Renunciar a ellos en aborrecimiento de lo que son (una trampa para nuestra vida) es el inicio del discipulado cristiano.

Recordemos que si Dios no nos mueve, nosotros no nos movemos. Pasar por el crisol de Dios no es asunto fácil, pero si por ahí nos vemos es porque el Señor nos ha llevado por ese sendero. Nada acontece sin la voluntad de Dios, ni siquiera un pájaro cae a tierra sin que el Padre celestial lo ordene. Aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados. La negación de Pedro es un relato anticipado, no es una sorpresa para el Señor que todo lo ha ordenado de acuerdo al propósito de su voluntad. Entender la vida de esa manera nos permite un poco de lucidez en los momentos de dura prueba. Es allí donde la doctrina vale oro, donde cada gramo de enseñanza tiene su valor exacto para garantizar nuestra paz mental.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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