Mi?rcoles, 24 de septiembre de 2014

A Pedro se le preguntó si amaba al Señor más que los otros discípulos y respondió que sí, que  el Señor sabía que lo amaba. La segunda vez Jesús le volvió a inquirir y la respuesta fue parecida: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Pero hubo una tercera oportunidad en que fue interrogado por el Hijo de Dios, por lo que Pedro entristecido le dijo que él sabía todas las cosas, que también sabía que lo amaba. En los tres momentos el mandato de Jesús fue el mismo: apacienta mis ovejas.

Llama la atención en este relato encontrado en Juan 21: 15-17 la respuesta de Pedro. Si recordamos los momentos previos a la crucifixión, tal vez faltaban algunas horas o quizás un día para el sacrificio del Señor, el apóstol le aseguró al Maestro que aunque todos se escandalizasen y huyesen, él jamás lo haría. Fue en esa oportunidad en que el Señor le aseguró que lo negaría no una sino tres veces antes de que el gallo cantase (Mateo 26: 33-34). Son dos parlamentos diferentes, si bien manifiestan ambos el deseo de Pedro de querer estar siempre al servicio de Jesús el Cristo.

El relato de Mateo exhibe a un apóstol atrevido que se comparó a los otros que acompañaban siempre a Jesús. El dijo que sería diferente, muy a pesar de que los otros negasen al Señor. Su confianza en sí mismo era muy fuerte y por eso se lanzó en su verbo a proferir el osado discurso comparativo. Pero el relato de Juan pone de manifiesto a un Pedro restaurado, el que había llorado amargamente y el que recordaba las palabras anticipadas de Jesús acerca de que lo negaría tres veces.

Saber que el Señor conoce todo de antemano, que predice nuestros pecados horrendos y no hace nada para evitarlos (aunque ciertamente ora para que nuestra fe no falle), implica una seria reflexión en relación con la soberanía de Dios. Todos los eventos son controlados por el Todopoderoso, por el Dios que provee, por el Altísimo que ordena anticipadamente lo que acontece en la ciudad (Amós 3:6), sea bueno o sea malo (Lamentaciones 3:38).  Recordar que lo acontecido en la cruz fue predicho por los profetas centenares de años antes con detalles precisos, debe inspirar al alma del creyente a reverenciar esa cualidad soberana de Dios.

Pedro había pasado más de tres años con el Maestro, pero su experiencia previa a la crucifixión lo había tallado y moldeado como hace un alfarero con su tiesto de barro. No existía ninguna duda de que el Señor sabía todas las cosas. Había sabido que lo iba a negar tres veces, por lo tanto también sabía que lo amaba en gran medida.

Esta respuesta de Pedro después de la resurrección tiene el matiz de la humildad. No dijo el apóstol que en realidad lo amaba más que el resto de los discípulos, no se atrevió a publicar que aunque los otros no lo amasen él sí que lo amaba. No, ahora Pedro estuvo centrado en las palabras del Maestro, pues respondió con precisión: Señor, tú sabes que te amo. Pedro pudo amar al Señor más que el resto de los discípulos, pues esa fue la primera pregunta que se le hizo; sin embargo, la respuesta no giró en torno a la egolatría sino en relación a la sabiduría de Dios. Tú sabes todas las cosas.

Frente a esta realidad conviene sincerarnos, no cabe un ápice de manipulación o mentira. El canto del gallo nos recuerda el amargo dolor sufrido por el apóstol en relación al vaticinio de Jesús. Las palabras del Señor lo mostraron no solamente como el Dios que conoce cada detalle del porvenir sino como la luz que exhibe nuestras densas tinieblas. Pero algo se agrega a este hecho, para que no quede únicamente la diferencia abismal entre la criatura y su Hacedor; se añade el gran amor del Señor por haber escogido a gente tan pecadora para un oficio tan encomiable.

Los pecados de Pedro son tan oprobiosos como los de Santiago o de Elías, un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. Tan horrendo es el pecar de David como el de Saúl, o el pecar de Judas. Sin embargo, la diferencia entre unos y otros la establece el Dios de la misericordia y de la justicia, por un lado teniendo piedad de Jacob pero por el otro ejerciendo su ira y su poder en Esaú. Los dos hermanos fueron pecadores en ejercicio, pero solamente de uno tuvo Dios misericordia, ya que del otro tuvo aborrecimiento. Y para esto, ¿quién es suficiente? Pedro aprendió que Judas anduvo con ellos los años de su ministerio con el Señor, pero no supo que lo iba a entregar, hasta el último momento. Ellos se preguntaban en el Aposento Alto, ¿seré yo, Señor?  Esta interrogante demuestra su ignorancia acerca de que Judas era el hijo de perdición.

La negación de Pedro fue triple, la de Judas una sola. Jesús oró por Pedro para que su fe no fallase, pero no lo hizo por Judas ya que no pidió por el mundo la noche antes de ir al madero. Más bien le dijo que lo que iba a hacer lo hiciera pronto, que ay de aquel por quien el Hijo del Hombre fuese entregado. Pedro comprendió esta lección soberana de Dios, que hace como quiere pero que no es caprichoso, sino que cumple un propósito eterno e inmutable de acuerdo a su elección, en la profundidad de su sabiduría y en lo inescrutable de su mente. Solamente el Espíritu de Dios entiende Su mente y nos revela y recuerda las palabras de Jesús.

Pedro se arrepintió de haber negado al Señor, de haber querido sobresalir por sobre los demás compañeros; Judas tuvo atrición o remordimiento por lo que hizo, pero ejecutó el plan que sobre él estaba escrito, pues Jesús había dicho que mejor le hubiera sido no haber nacido. Una profecía decía de él lo siguiente: Sean sus días pocos, tome otro su oficio (Salmo 109:8). Hay otros detalles escritos que demuestran el plan de Dios cumplido cabalmente: Jesús debía ser traicionado por un amigo (Salmo 41:9), vendido por 30 piezas de plata (Zacarías 11:13), el dinero de la venta debía ser tirado al alfarero (Zacarías 11:12) y otro tomaría su lugar (Salmo 69: 25).

MAS QUE VENCEDORES (Romanos 7:37)

Todas las cosas trabajan para nuestro bien, de acuerdo al propósito por el que hemos sido llamados. La presunción de Pedro de que era mejor que sus compañeros fue el zarandeo al que Satanás lo sometió, para moverlo como a trigo. Sin embargo, la oración de Jesús permitió que su fe no fallara. Aunque le costó muchas lágrimas, su respuesta después de la resurrección de Jesús pone de manifiesto que su confianza radicaba no en sí mismo sino en el conocimiento del Señor: tú sabes todas las cosas.

Cuán refrescante actitud implican esas palabras. Con mayor cautela Pedro respondió en esta oportunidad, al recordar lo que le acaba de suceder días antes. La tentación por la que Satanás lo hizo pasar resultó para su beneficio, pues vemos ahora a Pedro confiar en forma absoluta en la total soberanía de su Señor. Saber que el Señor sabe hace la diferencia entre un corazón deprimido y uno exaltado.

La mejor armadura contra la ansiedad es la confianza en el conocimiento que Dios tiene de todo cuanto nos acontece y nos acontecerá, lo que equivale a dejar de lado el conocimiento de nuestras inferencias en las capacidades que presumimos tener. Ya Santiago nos lo recomendó en forma muy sabia: Si Dios quiere, haremos esto o aquello. No se trata de una fórmula mágica o hipnótica, simplemente se busca con ello descansar en la absoluta soberanía de Dios, pues ni siquiera un pájaro cae a tierra si no es por la voluntad de Dios. Aunque a nosotros nos parece que todo es proceso de causa-efecto, que si hacemos esto obtendremos aquello, el creyente tiene la capacidad para entender que el querer y el hacer dependen de la voluntad de Dios.

Apacentar las ovejas de Dios fue la tarea encomendada a Pedro. Su ejemplo nos ha ayudado en este ejercicio de apacentamiento del alma, lo cual es indicativo de que nosotros continuamos su tarea al enseñar, instruir o dar pasto espiritual a los hermanos en la fe del Señor. No hay mejor manera de aquietarnos y conocer que Dios es Dios sino a través del conocimiento de su soberanía. Repetimos, Pedro lo entendió rápidamente, en pocos días después de la dura prueba. El llegó a decir humildemente lo que nosotros deberíamos repetir en forma sincera: Señor, tú sabes todas las cosas, tú sabes que te amo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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