S?bado, 20 de septiembre de 2014

Aunque parezca extraño, uno de los nombres de Dios es Celoso. Sabemos que los celos son una de las tantas obras de la carne, pero el Dios de la Biblia no solamente es celoso, sino que se hace llamar a Sí mismo como Celoso: Porque no te has de inclinar a dios ajeno; que Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es  (Exodo 34:14).  En las Escrituras con frecuencia aparece la relación entre el nombre de una persona y las cualidades que de ella se quieren resaltar. Una gran pregunta literaria ha sido: ¿qué hay en un nombre? En la Biblia hay un fascinante mundo en relación con los nombres de las personas, de los profetas y por supuesto con el nombre del Hijo de Dios. Jesús (Jehová salva) era el nombre que José debía poner al niño por nacer, pues él salvaría a su pueblo de sus pecados.

Este Dios de la Revelación exige una devoción exclusiva en virtud de este nombre que se da; de igual forma, muestra ser intolerante ante cualquier posible rival que le robe la devoción. Es un Dios que no acepta a otros dioses, como un marido que amando a su esposa no permite rivalidad alguna que se levante en competencia por su amor. La característica de los celos de Dios es algo muy particular a su esencia, ya que es el Padre que protege a sus hijos pero que al mismo tiempo demanda que se le dé todo honor y gloria. Yo Jehová; éste es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (Isaías 42:8).

Los celos humanos pueden ser sanos cuando lo que se demanda es algo que se debe hacer sobre una base equitativa; no siempre se da entre parejas, pues puede haber celos por el trabajo, por la eficiencia, por la virtud, entre tantas cosas positivas. El celo de Dios también es positivo para la relación que mantiene con su pueblo, ya que no cela a los que no son su pueblo, ni sus ovejas, ni sus amigos o sus hijos. Ese es el celo con que ha cubierto a Jacob desde que concibió su elección en la eternidad, celo que no tuvo para con Esaú.

El celo carnal es otro tema, implica demandas inapropiadas con sentimientos enfermizos. Puede llevar a la inestabilidad emocional y por lo general desencadena toda una recámara explosiva que en ocasiones conduce a la locura y hasta el asesinato. Estos celos constituyen una patología digna de estudio de la psicología, la ciencia criminal y la antropología. A estos celos la Biblia llama pecado, una obra de la carne.

Pero la Escritura nos habla de ser celosos de buenas obras, como parte del fruto esperado del árbol bueno. No puede el árbol malo dar un buen fruto, por lo tanto es lógico suponer que el árbol bueno tampoco dará mal fruto. En Juan 10 versos 1 al 5, el Señor se declara como el Buen Pastor que da su vida por las ovejas. De igual forma asegura que sus ovejas oyen su voz y le siguen (lo cual es buen fruto del buen árbol), pero que jamás seguirán al extraño, de quien no conocen ni su voz (seguir al extraño es mal fruto del mal árbol). No es prudente descuidar la doctrina de Cristo y de los apóstoles y profetas, pues ella no es otra cosa que la enseñanza de Dios. Pero desviarse de la doctrina aprendida es como seguir al extraño, asunto que solamente pueden hacer aquellos que son profesantes pero no militantes, aquellos que se han acercado por voluntad propia al evangelio pero que no han sido llamados con eficacia.

Dios es celoso con sus hijos y les ha dado muchas advertencias para que no sigan al extraño. Estamos seguros de que aquellos que el Señor tiene en sus manos y que están en las manos de Su Padre no podrán ser atraídos por el canto de la sirena. No será posible, no en virtud de nuestras propias fuerzas sino por gracia de Dios, por la presencia de su Espíritu en medio nuestro. Cuando Juan dice en una de sus cartas: Hijitos, guardaos de los ídolos, no está diciendo que el creyente es un idólatra que debe apartarse de esos falsos dioses. Más bien les está hablando a aquellos que tienen la propiedad de mantenerse alejados de esas necedades que molestan al Todopoderoso. El que se nos advierta una y otra vez acerca de los peligros del mundo, de las tentaciones del maligno, de la vanagloria de la vida y del peligro del deseo de los ojos, no implica que el cristiano viva inmerso en ese mundo. Todo lo contrario, ese continuo llamado de atención sirve para recordarnos de dónde hemos salido, de dónde se nos ha liberado.

La caída del creyente es solamente eso, una caída; nunca es una apostasía. Los apóstatas son los que se apartan de la fe que un día profesaron, pero a la que nunca fueron llamados con eficacia. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros, dijo Juan el apóstol. Los mandatos bíblicos son advertencias para los hijos de Dios (no para los hijos del mundo o de Satanás, pues la Escritura exclama: el que sea inmundo, sea inmundo todavía); sirven para corregirnos, para mantenernos con el ánimo de servirle al Señor. De igual forma, la misma Escritura enseña que el Señor al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Eso es alentador pero al mismo tiempo aterrador, pues no es cosa fácil librarse de su castigo. Sin embargo, alienta que esa corrección está presta para reparar el daño que nosotros mismos nos hacemos, para que lo cojo no se salga del camino.

LA MISERICORDIA DEL DIOS CELOSO

Nabucodonosor fue un rey babilónico impío, pero fue visitado por el Señor y sobre él fue derramada mucha misericordia. La necesaria para levantarlo y para que respondiera con sus palabras acerca de la soberanía del Altísimo. Todos los habitantes de la tierra son contados como nada, fue la oración del rey que se volvió del paganismo al Dios de Israel. El arrepentimiento es una manifestación de nuestra conversión (arrepentíos, y creed en el evangelio). Arrepentirse es volver la mente hacia Dios, presupone un cambio de mentalidad, un reconocimiento de quien es Dios, de cuán errados hemos estado en lo que hemos concebido como la Divinidad suprema. Arrepentirse y volverse del pecado, tener fe en Jesucristo, volverse a Dios, viene a ser imperativo para la salud del alma. Nabucodonosor es un ejemplo del arrepentimiento bíblico, por lo cual preguntamos: ¿nos hemos arrepentido de nuestros pecados? ¿Nos hemos vuelto a Cristo como la única esperanza de nuestra salvación?

Otro caso de misericordia inmensa es el que deriva de la vida del salmista y profeta David. Después de su caída le fue dada la amonestación a través del profeta Nathan, de manera que por el Espíritu de Dios el pastor rey cayó a tierra arrepentido. Su llanto y su oración llegaron ante el Todopoderoso quien no quitó de él su Santo Espíritu, sino que le devolvió el gozo de su salvación. Sin embargo, también sabemos que el castigo de Dios lo visitó en forma muy dura.

Lo que le aconteció al rey Manasés fue otro caso que parece excepcional en cuanto a la misericordia de Dios. No obstante, es la misma gracia dada a cada uno de los elegidos del Padre. La sangre de Cristo vale igual para cualquiera de los que él representó en la cruz; no se derramó más sangre por David, por Manasés, por Pablo el apóstol (quien dijo que era el primero de los pecadores), tampoco por el ladrón en la cruz a quien le fue dado el arrepentimiento para salvación a última hora. De la misma forma, aquel Dios celoso nos valora a todos sus elegidos por igual, en cuanto a la salvación se refiere. El precio que le cobró a Su Hijo fue idéntico y suficiente para cada uno de los elegidos a vida eterna. Su celo va dirigido para todos los que le pertenecemos; no obstante, a cada uno de nosotros nos trata en forma muy particular.

A Manasés le devolvió el reino, porque eso quiso en Su soberanía absoluta. Después de la conversión de Nabucodonosor también le fue devuelto el reino suspendido, porque eso quiso Dios. Aunque no hubo chantaje posible, pues ese rey pagano que pastó como un animal herbívoro jamás pidió le fuera devuelto nada, aprendió la lección: Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdad, y sus caminos juicio; y humillar puede a los que andan con soberbia (Daniel 4: 37).

La conversión pertenece al Espíritu Santo; se nos manda a arrepentirnos y a creer en el evangelio. Lo que eso produce en nosotros es obra sobrenatural de Dios, pero aún el arrepentirnos y el creer el mensaje dado es potestad exclusiva de Dios. Es un acto monergístico y no sinergístico; es el trabajo exclusivo de Dios y no de Dios y nosotros. Una vez que hemos nacido de nuevo se nos ordena a dar buenos frutos, pero recordemos que aún ellos fueron preparados para nosotros desde la eternidad.

La depravación total de la humanidad hace que nadie pueda sentirse con fuerza suficiente para criticar a Dios en su obrar. De unos tiene misericordia, pero a otros endurece. A Jacob amó, mas a Esaú aborreció, aún antes de que hiciesen bien o mal. Ese es el punto álgido de la predestinación de Dios, ese es el elemento clave para responder de acuerdo a lo que nos ha sido dado responder. ¿Por qué, pues inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? Ante esa interrogante lógica de los objetores aparece la respuesta no menos lógica del Espíritu: ¿Quién eres tú, para discutir con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero, por qué me has hecho de esta manera y no de otra? Nuestra reacción ante esta declaración bíblica demuestra con creces lo que ha sucedido en nuestras vidas, si hemos recibido o no el corazón de carne y si se nos ha quitado o no el corazón de piedra. Ambas actividades de cirugía las hace Dios en su soberanía, mientras nosotros somos  apenas sus pacientes. Pero eso lo ejecuta de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, según el beneplácito de su soberana voluntad. Pues no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Nadie puede ver el reino de Dios si no ha nacido de nuevo, lo cual es obra del Espíritu de Dios, nunca de voluntad humana.

Esta verdad bíblica fue muy bien comprendida por el antes altivo rey de Babilonia, por el ladrón en la cruz que le pidió al Señor se acordara de él al volver en su reino. David la entendió a perfección, de igual forma el antes oprobioso rey Manasés. Todos y cada uno de los que son llamados eficazmente a caminar con Cristo han tenido que pasar por esta criba de la razón y del espíritu: que la salvación pertenece a Jehová, que Él hace como quiere, mientras todos los moradores de la tierra por nada son contados: y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad, no hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces? Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta. El Señor da la riqueza y la pobreza; humilla, pero también enaltece. Levanta del polvo al desvalido y saca del basurero al pobre para sentarlo en medio de los príncipes y darle un trono esplendoroso.

Dios, el Celoso, es fuego consumidor, pero misericordia absoluta para con sus escogidos. A otro no dará su gloria y exige la honra y el respeto de los que somos testigos de su afecto generado en la eternidad. De quien quiere tener misericordia la tiene, pero endurece al que quiere endurecer. Si alguno se gloría, gloríese en conocerlo, pues tendrá paz y le hará bien.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:23
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