Domingo, 14 de septiembre de 2014

Se puede conocer la utilidad de la oración en la medida en que uno valora el contexto en que se da y las circunstancias que emergen. Por un lado, las huestes espirituales de maldad de las regiones celestes parecieran pulular con más énfasis. Hay una actividad enemiga dispuesta a distraernos en los momentos destinados para la sana tarea de nuestro espíritu. Son demasiadas las ocupaciones que se nos ocurren cuando nos atrevemos a conversar con el Padre de las luces. En ese momento nuestra memoria lubrica el recuerdo que veloz llega a la conciencia y nos trata de persuadir para que nos demos a cualquiera de las actividades que hemos dejado pendientes. No pretendo afirmar que el diablo hace esas cosas en nuestro cerebro, pero de seguro nuestra concupiscencia trabaja en contra para no hacer lo que conviene (Romanos 7).

Tal vez esta realidad que acontece en innumerable cantidad de creyentes sea una característica para identificar la utilidad de la oración. Si ella fuese inútil, entonces el enemigo de las almas no se ocuparía de las ovejas del Maestro, ni nuestra concupiscencia actuaría en contra de tan importante recurso. Cuando Moisés oraba, dos personas sostenían sus manos elevadas al cielo e Israel prevalecía en la batalla. La ayuda es bienvenida en esta lucha contra nuestros enemigos. Pero sucede que esos ayudantes también sucumben ante la trampa de la distracción y en ocasiones más nos conviene orar a solas. Así también lo hizo muchas veces el Señor, pues sus discípulos se quedaban dormidos cuando él les pedía su compañía en este espiritual ejercicio.

Otro elemento importante en esta disciplina de la oración parece ser la destrucción de nuestros enemigos. Esta expresión es fuerte, en algunos suena a blasfemia, a odio, a la desobediencia del amor. Sin embargo, la Biblia está llena de estos casos en que se muestra la victoria ante nuestros enemigos, cuando se le ruega a Dios para que se levante en contra de ellos. Recordemos que se nos ha dicho (y es doctrina bíblica) que de Dios es la venganza, que Él dará el pago. Asimismo se nos ha exigido no vengarnos nosotros mismos. Pues bien, no pecamos si no nos vengamos, más bien cumplimos con la obediencia debida. Pero sí debemos clamar contra aquellos que nos azotan a diario, contra los que maquinan planes diversos para nuestra destrucción.

El planeta ha sido dividido en dos toletes: De un lado está el mundo, el cual ama lo suyo y nos odia; de otro lado están las ovejas del Buen Pastor, que le siguen y por quien él dio su vida para el perdón de sus pecados y para la liberación de las prisiones del enemigo. De manera que esta dicotomía o esta percepción binaria del Cosmos no es sino doctrina bíblica. Hay una batalla espiritual, no contra carne y sangre, pero que se manifiesta a través de la carne y sangre. Los moradores del mundo se enfurecen contra los ciudadanos del reino de los cielos. Nuestra única defensa es el clamor ante el Padre celestial que nos hará prevalecer en la batalla.

Pero algunos dirán, ¿qué pasó con el mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos, de hacer bien a los que nos maldicen y persiguen? Bueno, eso es una tarea distinta. Podemos cruzar la avenida mascando chicles, dice un refrán. El que se haga una cosa no impide la otra. El que se ame al enemigo y se le haga bien implica darle de comer o de beber cuando nos lo pida, implica llevarle su carga no una sino dos millas, darle nuestro manto cuando tenga frío. Pero eso también conlleva el hecho de amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza. Esas fueron las palabras de Jesús. Por otro lado, no impide esta actividad cumplir con el otro mandado divino, el de dejar que sea el Señor quien haga la venganza.

Si leemos los salmos, que son en gran parte oraciones a Dios, comprenderemos mejor lo que tratamos de decir. Hay un evangelio de bobos, mayoritario, al servicio del otro dios. Ese falso evangelio nos envía a hacer discípulos a la fuerza, nos conmina a convencer a los prosélitos y a mantenerlos ligados en la religión (religare). Con ese evangelio de tontos se pretende rogar a Dios para que nuestros enemigos triunfen, por humanista se le tiende igualmente la mano a ellos para que nos hagan daño (No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose os despedacen -Mateo 7:6).

Pero con el evangelio puro y simple de las Escrituras clamamos al Señor del cielo y de la tierra para que ejerza su soberanía sobre los Esaú del mundo, que Él mismo ha creado para destrucción y para la gloria de su justicia y poder. Con ese evangelio podemos decir que hemos visto al impío sumamente enaltecido, extendido como laurel verde; lo buscamos pero no fue hallado. Ya no estaba, sino que fue arrancado de la faz de la tierra.

Frente a esta realidad no podemos andar en lamentos por nuestros enemigos, sino en regocijo por la ayuda que el Señor nos ha dado al responder ante nuestras necesidades. O es que el lector no podrá comprender que cuando uno de sus enemigos lo busca para hundirlo en la miseria, para asesinarlo, para hacerle daño a su familia, para difamarlo con su lengua sucia, para robarle lo más preciado de su corazón, y sucede que el Señor Todopoderoso utiliza su providencia para entorpecerle su camino y aún para quitarlo de en medio, ¿aquello no es motivo de gozo? Para el creyente que fue sacudido por la fuerza brutal del maligno sí es motivo de gozo el triunfo que el Padre le obsequia con su providencia. Porque debemos estar claros en lo que dijo Pablo, que nuestra lucha no es contra carne y sangre. Entonces, esa carne y sangre que nos molestaba estuvo dirigida por las huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes.

Amamos a las personas que nos rodean, mucho quisiéramos que no fuesen esclavas de Satanás; pero cuando arrecia su fuerza en contra de nuestra vida clamamos para que Dios tome venganza. Pablo predicaba el evangelio asignado para testimonio a las naciones, para alcanzar a los elegidos del Padre; pero en una oportunidad nos recordó esta gran verdad: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad (Romanos 1:18). Dado que son hijos de su padre el diablo reciben lo que les está preparado desde la eternidad, lo que habrán de cosechar no es más que parte del fruto del árbol malo.

Nuestra labor de orar contra ellos no es sino doctrina bíblica. Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias. Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová (Salmo 34:17-19). La Escritura es enfática al mostrar la división entre el mundo y los hijos de Dios. Fijémonos por un instante en las implicaciones que trae el siguiente texto, quedémonos perplejos ante su inmensidad, busquemos la enseñanza para nuestros corazones en esas palabras inspiradas por el Espíritu de Dios: El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema (1 Corintios 16:22). Ser maldito es en alguna medida ser separado, pero para el mal, alejado de la iglesia de Cristo; por lo tanto, si alguien no ama al Señor Jesucristo, nosotros que somos sus ovejas debemos separarnos de ellos o lo que es igual, separarlos de nosotros sin que tengamos comunión alguna con ellos. La comunión no es el saludo, ni el respeto debido a las personas, a los superiores o autoridades puestas por Dios, sino el decirles bienvenido. Es decir, los separados para el juicio eterno -porque no aman al Señor Jesucristo- son los que no andan en sus enseñanzas, los que no tienen la doctrina de Cristo. A ellos no debemos decirles bienvenidos, pues nos hacemos partícipes de sus malas obras, de sus males, al caer en desobediencia al mandato.

Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios, y sobre ellos tronará desde los cielos: Jehová juzgará los términos de la tierra, y dará fortaleza a su Rey, y ensalzará el cuerno de su Mesías (1 Samuel 2:10). Quebrantarlos has con vara de hierro: Como vaso de alfarero los desmenuzarás (Salmo 2:9). No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán (Salmo 37:1-2).

La utilidad de la oración se nota por varias razones, una de ellas es por la destrucción de nuestros enemigos; otra es por la providencia divina socorriéndonos en aquello por lo que hemos clamado. También resalta su utilidad en el hecho de la distracción ocurrida cuando vamos a orar, pues nuestro enemigo principal sufre molestias cuando nos acercamos confiadamente ante el Trono de la Gracia. Quizás también sepamos que una vez entrados en el aposento del Señor, su paz nos cubrirá hasta guardar nuestros corazones en una forma que no es posible tener en el mundo.

Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mateo 26:41).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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