Jueves, 11 de septiembre de 2014

Si fuimos escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo para salvación, para santificación, para ser semejantes a Su Hijo, entonces tienen que cumplirse en nosotros ciertas premisas. De entrada creemos las palabras de Jesucristo cuando dijo que nos había escogido a nosotros y no nosotros a él, con el propósito de que lleváramos fruto. Pero también el Señor nos prometió que cualquier cosa que pidiéremos al Padre en su nombre, nos sería dada por el Padre mismo.

A los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a aquellos que hemos sido llamados de acuerdo a Su propósito. El nos conoció (nos amó) por lo cual nos predestinó para ser conformes a la imagen de Su Hijo, de manera que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Por esa razón nos llamó, nos justificó y nos glorificó.

Si fuimos escogidos muchas cosas buenas tienen que pasarnos cada día, más allá de que en ocasiones veamos la sombra que oculta el sol por un rato, como si se nos contara con el resto de la gente que fue endurecida para aborrecer al Señor. Una de las preguntas que nos hacemos con frecuencia es la de si se nos dará aquello que pedimos para satisfacer nuestras necesidades. ¿Hasta qué punto pedir, hasta qué punto se nos dará?

El planteamiento del Señor fue categórico, que pidiéramos en su nombre para que el Padre nos diera porque nos ama. Salen al encuentro de estas palabras otras que coluden y estorban la bonanza de la promesa. Es el verbo enemigo que incita a dudar porque hace referencia apseudo cristianos que han pedido y no han recibido. En otras oportunidades se nos sugiere que hay que pedir bastante para ver si llega algo de lo demandado.

Nuestro Dios no es de esa estirpe, es más bien un Dios de amor para con sus hijos. Ese es el punto clave para entender lo que sucede con lo que se pide, con lo que se recibe, con quiénes tienen ese derecho. Dios no nos ha destinado para ira, sino para salvación.

Se ha dicho que la influencia en la oración es recíproca, pues de un lado nos movemos hacia Dios, pero por otra parte sabemos que Dios actúa dándonos respuesta. Poco importa si nos ponemos a pensar si eso estaba o no predestinado, pues más allá de que lleguemos a concluir que todos nuestros actos (incluida la oración) han sido preordenados por el Padre, lo más relevante es que hay gozo en observar la comunicación entre el Padre y nosotros.

Dios cuidará de nosotros, por lo que la soledad que nos acompaña en este mundo hostil y seco se ve aliviada cuando cada día y por todos los lados vemos su mano providencial socorriéndonos. Sin embargo, apreciamos más esa mano cuando sabemos que ha sido una respuesta a lo que hemos demandado.

Por respuesta no puedo asumir que nosotros movemos la mano de Dios. No asumo tal blasfemia, como si el brazo de Dios pudiera ser encadenado (con cadenas de oración) y movido a nuestro antojo, o como si nuestras peticiones movieran la desgana de Dios. En absoluto puedo pensar en esas herejías escritas por muchos autores dedicados al tema. Porrespuesta entiendo el acto comunicativo esperado en el corazón solitario del cristiano, ofuscado por el mundo, ataviado para lidiar con las necedades del día a día que por tales no tienen valor alguno. Sin embargo, la cotidianidad nos ocupa la mayor parte de nuestra energía. La alegría de la respuesta catapulta el alma a los lugares celestiales, donde está nuestra ciudadanía.

La respuesta de Dios es un recordatorio de adonde pertenecemos, es un bálsamo para la desolación que produce la mentira del mundo. No se trata de decir que estamos deprimidos, al contrario, la depresión es una derrota para el cristiano. Más bien, la conciencia de que el mundo es mentiroso es teología absoluta, es reconocer que el príncipe de este mundo sujeta su obra y su espacio con poder malévolo. ¿No dijo Juan que el mundo entero estaba bajo el malignoBueno, la oración viene a ser el método, el camino, el mecanismo, como quiera y pueda llamarse, para recordar que Jesucristo ha vencido al mundo. En ese sentido oramos y obtenemos lo que hemos pedido.

La oración vista como conversaciódepura lo que tenemos como angustia existencial. En la medida en que hablamos con el Señor tomamos conciencia de lo equivocados que estábamos en la asunción de una dificultad. Corregimos las perspectivas de nuestras angustias e imposibilidades, nos vamos entonando con el Dios Omnipotente, como quien afina la guitarra de acuerdo a la lógica musical. Al final de todo comprendemos que las pruebas recibidas no eran superiores a nuestras capacidades para resolverlas; que no nos fue dada mayor carga que la que podíamos soportar. Pero también el Espíritu Santo es escuchado por nuestro espíritu, de manera que recordamos todas aquellas cosas dichas por Jesucristo el Señor. Para eso fue enviado el Parakletos, el Consolador, para enseñarnos y repetirnos la doctrina del Buen Pastor.

Se ha dicho que el Espíritu nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene. Esa es otra de las claves suficientes para conocer lo que obtendremos. Si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye, tenemos las cosas que le hayamos pedido. Entonces, el Espíritu es vital por cuanto nos enseña a pedir lo que conviene y porque discierne los pensamientos de Dios. El círculo de Juan mostrado en pedir de acuerdo a la voluntad de Dios para obtener el pedido cobra fuerza y se completa con la presencia del Espíritu ayudando a pedir como conviene.

Ya que el Espíritu discierne el pensamiento de Dios nos lo transmite a nosotros, pues el Espíritu está en los que somos de Cristo. A partir de allí la mente se nos ordena y dejamos a un lado la carga del yo que nos ha motivado a pedir auxilio. Despojados del yo escuchamos mejor lo que nos dice el Señor a través de su Espíritu, que está por naturaleza en coordinación con la Palabra Inspirada. Acá estamos ante otro círculo, el de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardando nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Los pensamientos son una clave también en este asunto de la oración. Ellos se tuercen, se salen del curso normal de la lógica, van por derroteros desoladores. Pero cuando van a ser guardados por el Señor una vez que oramos y pedimos, la paz del Señor que nos embarga los acomoda en su sitio. Es como si se nos dijera que lo que pensamos tiene su sentido pero de acuerdo a un contexto determinado; la exageración o la hipérbole de lo pensado nos destruye, por lo tanto si ha habido paz en nuestra mente es porque ya han sido acomodados, depurados, limpiados.

Fijémonos que no se nos ha dicho que esos pensamientos serán eliminados, como si ellos no fuesen la aparición lógica de una necesidad. Pero a menudo son hiperbólicos, son exagerados por la preocupación y ellos toman el control de todo el carril de ideas que fluyen en nuestro imaginario. Cuando el Señor nos da su paz al mismo tiempo ha guardado nuestros pensamientos. El término guardar es más que agarrar algo y meterlo en una caja. Implica ordenar, pues desde la perspectiva del Señor no podríamos concebir otra cosa que guardar lo pertinente, lo que conviene. Implica, además, depurar para eliminar lo que no conviene, para dejar el pensamiento limpio, depurado.

Si fuimos escogidos entenderemos que habrá respuesta ante nuestras peticiones. Así como cuando uno siembra espera ver el fruto de la cosecha, de la misma forma ejercemos por la petición ofrecida en fe respuestas directas y concretas de lo demandado. Alguien dijo que es ateísmo puro orar y no tener esperanza de recibir lo solicitado. Por ello, un cristiano honesto orará, esperará y fortalecerá su corazón con las promesas que contienen las Escrituras, pero nunca abandonará el cometido hasta que haya recibido de parte de Dios la respuesta de gracia (MacIntyer, David. The Hidden Life of Prayer. Monergism Books -iBooks).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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