Domingo, 31 de agosto de 2014

Dios ha dicho que como nada y menos que nada son los habitantes de toda la tierra. Añade que la humanidad entera está muerta en delitos y pecados, que no hay quien busque a Dios y que no hay justo ni siquiera uno. Por otro lado, también dice que somos enemigos de Dios, que no deseamos acercarnos a Él.  Advierte que es necesario nacer de nuevo para ver el reino de Dios, pero que esa operación no depende de voluntad de varón, sino de Dios.

Jesucristo ha dicho que nadie puede ir al Padre sino a través de él, pero que nadie va a él si el Padre que lo envió no lo trajere. Añadió que los que no oyen su palabra no pueden oírla porque no son de sus ovejas, lo cual quiere decir que el ser oveja es un requisito para creer. Se es oveja desde la eternidad, de acuerdo a los designios eternos del Padre (a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí). No puede el etíope cambiar su piel, ni el leopardo mudar sus manchas; tampoco puede el árbol malo dar fruto bueno ni el árbol bueno dar fruto malo.

El Hijo de Dios, antes de morir, oró al Padre dándole gracias por los que le había dado (sus creyentes del momento y los que vendrían después), pero dijo que no rogaba por el mundo, por quien tampoco ahora intercede en su función sacerdotal. El Dios de la Biblia se confiesa como el autor de todo cuanto existe, anuncia a través de sus profetas que todo lo que sucede ha sido hecho por Él, aún lo malo en la ciudad (Amós 3:6), pues de su boca sale lo bueno y o malo (Lamentaciones de Jeremías).

En síntesis, para creer en Jesucristo hace falta estar vivo espiritualmente, es necesario nacer de nuevo; pero como ya sabemos, esto es una operación del Espíritu, quien es el que da vida. Como no depende del que quiere ni del que corre (como si hubiera alguno en ese sentido) depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Muchos desean querer y correr, pero detrás de un dios hecho a su imagen y semejanza, no del Dios de la Biblia.

Resumiendo, diremos que si la humanidad está totalmente caída en el pecado, si no tiene capacidad en sí misma para buscar la medicina y procurar su salud, necesita un milagro especial que le dé vida de verdad. Eso lo hace el Espíritu de acuerdo a los planes eternos e inmutables del Padre, quien envió a Su Hijo para expiar los pecados de ese pueblo escogido (judíos y gentiles, que significa el mundo entero, pero no en forma distributiva en cada elemento sino en forma colectiva, como en un conjunto).

Por eso los que somos creyentes en el Dios de la Biblia agradecemos al Padre por semejante amor, de llamarnos sus hijos y hacernos herederos juntamente con Cristo. Los que no son elegidos por Dios para vida eterna, lo son para muerte eterna, por lo cual claman erguidos contra tal injusticia en Dios. Ellos dicen, ¿por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? La pregunta del objetor moderno es la siguiente: ¿Qué amor es ese?

En realidad, a esa interrogante sobre el amor de Dios caben al menos dos sentidos irónicos: 1) se pretende ironizar el amor de Dios, que no sirve de mucho: ¿qué amor es ese?; 2) el que ironiza se hace ironía a sí mismo, casi sin saberlo, al demostrar por su pregunta que desconoce el amor de Dios. Pues no hay otro amor de Dios, sino el que nos haya escogido desde antes de la fundación del mundo para ser santificados por el Espíritu, para hacernos aceptos en el Amado, para asumirnos como hijos adoptivos a través de la expiación específica hecha por Su Hijo en la cruz.

Este es el evangelio apostólico, el que Jesucristo enseñó a sus discípulos, fuera del cual no hay camino posible hacia el Padre. Cualquier otro evangelio, como si lo hubiera, debe ser considerado maldito (anatema), aunque lo traigan los ángeles del cielo o cualquier predicador en su rol de falso maestro, falso profeta, lobo, cabra, león rugiente, cerdo o perro, según parte de la categoría que el Nuevo Testamento da a esos señores del pseudo evangelio. A esos les dirá el Señor en el día final: apartaos de mí, malditos, nunca os conocí.

Pero a su iglesia, que son sus amigos, su pueblo escogido, el Señor nos dirá: venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para ustedes desde antes de la fundación del mundo. Estos son los que han sido preservados en la doctrina del Señor, los que han sido redimidos con la sangre del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo. Son los mismos cuyos nombres han sido escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la misma fundación del mundo. Son de igual manera los redimidos por la idéntica razón que Dios tuvo para redimir a Jacob: por el puro afecto de su voluntad, sin que hubiera hecho ni bien ni mal, pues la salvación no es por obras, para que ninguno se gloríe, sino por quien elige. Lo mismo vale para Esaú y todos los que él representa, que fueron escogidos para perdición eterna, aún antes de que hiciesen bien o mal, para alabanza de la gloria del poder y la justicia de Dios.

De paso sea dicho que a Dios no le importa lo que el objetor pueda decir acerca de que no hay justicia en sus designios eternos. Pues aún a todos los objetores Él los hizo para su propia alabanza, y los ha soportado con mucha paciencia como a vasos de ira preparados para el día de la ira de Dios. ¿Qué amor es ese? Solamente los que somos amados podemos comprender qué amor es ese, pues si le amamos es porque Él nos amó primero. Los que no lo comprenden es porque pretenden amarlo sin haber sido amados primero, lo cual no es funcional, pues ¿cómo puede un muerto en delitos y pecados pretender amar a Dios a quien no conoce?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:22
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