Jueves, 28 de agosto de 2014

A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (antes de que hiciesen bien o mal). Ante semejante declaración se tiene que asumir por fuerza una matriz teológica de la expiación. Esta no puede ser universal, ni siquiera en forma potencial, sino que es, sin duda, una expiación limitada. Está cercada por Jacob, por los que Dios amó desde la eternidad, pero también está ligada por exclusión de Esaú, a quien Dios aborreció también desde la eternidad.

La doble predestinación, como se le conoce teológicamente al tema tratado, se une por fuerza a la doctrina de la expiación limitada de los elegidos del Padre. Sería, por decirlo de alguna forma, imposible o inconcebible para Dios predestinar a Esaú para la condenación y al mismo tiempo proveerle expiación a su alcance, con la posibilidad de la salvación. En la economía de Dios no cabe semejante derroche ni disparate. La conexión lógica es que los excluidos de su gracia eterna no son auxiliados con la expiación de Cristo en la cruz.

Predicar el evangelio no presupone una oferta de salvación al pecador. Más bien, el anuncio del verdadero evangelio es la promesa de salvación basada en el trabajo exclusivo de Jesucristo. El trabajo del pecador queda excluido, jamás se le condiciona el evangelio a la rendición de la voluntad del pecador ante la prédica de la Palabra de Dios. ¿Cómo podría un muerto optar por la salvación, si sus delitos y pecados lo mantienen en enemistad contra Dios? Se haría necesario el nuevo nacimiento, lo cual es obra exclusiva del Espíritu de Dios, de acuerdo a la voluntad sempiterna del Padre manifiesta en la elección.

¿Espera Dios por la respuesta del pecador? Nunca, pues su salvación es incondicional, de tal forma que cuando salva a su pueblo causa en ellos el creer el verdadero evangelio condicionado solamente en Jesucristo; causa también el arrepentimiento de obras muertas, incluso de aquella obra de suponer siquiera que la salvación es una opción de la libre voluntad humana.  La Biblia apoya esta realidad al afirmar que Dios es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13).

El texto de Romanos 9 expone a Dios decretando, ordenando lo que acontece, pero jamás permitiendo en forma pasiva que sucedan las cosas. La respuesta del objetor contra el planteamiento expuesto comprueba que comprendió bien al Dios activo (Romanos 9:19). El objetor nunca consideró a Dios un ente pasivo, un Ser que permite que acontezca lo que el hombre decida motu proprio. El intento del objetor de inculpar a Dios por la supuesta injusticia cometida contra Esaú indica al menos dos cosas: 1) Que en su subjetividad y egoísmo el objetor no estimó injusta la misericordia para con Jacob; 2) que su acusación se dirige contra un Dios que ejerce su voluntad activamente al decidir el destino de Esaú como meta, pero también al endurecerlo como medio para alcanzar dicha meta.

Otra prueba de la Escritura en este asunto tratado se encuentra en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versos 25 al 26. Jesucristo agradece al Padre por haber escondido de algunos la verdad del evangelio, si bien la ha revelado a otros. A pesar de las señales que acompañaron a Jesús, la gente no creía en él; la razón se expone en el evangelio de Juan 12:40: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; porque no vean con los ojos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane. Más claro, imposible. Este es un Dios activo que ordena el endurecimiento de los réprobos en cuanto a fe, no que permite que se condenen por su pecado. Por supuesto, el pecado que condena es el mecanismo o medio del fin decretado.

Dios hace un vaso de honra y uno de deshonra, Dios ciega a unos y a otros revela su verdad, Dios endurece a unos y de otros tiene misericordia. La Escritura no dice que Dios contempla pasivamente el actuar humano, sino que lleva a cabo su plan eterno de acuerdo a su voluntad suprema (Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho: Salmo 115:3).

Los que objetan contra la declaración bíblica suponen que para que haya culpa debe haber libertad del control divino. De allí que deseen reinterpretar el texto bíblico, haciéndolo decir lo que no dice. Los réprobos en cuanto a fe han sido ordenados para la condenación que les aguarda (los que han entrado encubiertamente, quienes desde antes habían estado ordenados para esta condenación, hombres impíos, convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución) -Judas 4. Jesucristo es la cabeza del ángulo, la Roca en la cual muchos han tropezado y seguirán tropezando, siendo desobedientes a la palabra para lo cual fueron también ordenados (1 Pedro 2:8).

Observemos que la Escritura no dice jamás que a esta gente se le permitió condenarse, o que se le permitió ser desobediente a la palabra. Más bien ella anuncia lo contrario: fueron ordenados para que hiciesen de acuerdo a la impiedad y fuesen condenados. Es por esta razón que el objetor presentado en la carta a los romanos levanta su puño contra Dios, pues ha comprendido que nadie puede resistir la voluntad del Creador, lo cual le confunde. Tan confundido estuvo como lo están los objetores de ahora, quienes creen que hace falta ser libre de la voluntad divina para ser responsable o ser declarado culpable.

EL ESPIRITU DE VERDAD

El propósito de Jesús al enviar el Espíritu del Padre, llamado el Espíritu de verdad, es que ese Espíritu testifique de Cristo. Dios nos escogió desde el principio de todo para salvación a través de la santificación del Espíritu y el creer la verdad. Dios nos ha dado la luz del conocimiento de Su gloria en Jesucristo; nos ha revelado muchas cosas por su Espíritu, quien inquiere todas las cosas, aún lo profundo de Dios. ¿Y qué es la vida eterna? Conocer al Padre, el único Dios verdadero, y conocer a Jesucristo, a quien Él ha enviado (Juan 17: 3).

La verdad es el centro del evangelio porque la verdad es Cristo. No puede haber salvación sin el conocimiento de esa verdad; de manera que los que prefieren la emoción al conocimiento andan equivocados, pues Dios nos ha dado el conocimiento de la gloria de Dios en Cristo (2 Corintios 4:6). Hay gente que dice sentir a Dios pero no le conoce. Precisamente, su carencia en ese conocimiento lo induce a sentir lo desconocido, algo que es altamente peligroso. La Biblia enseña que no es posible creer en aquel de quien no han oído hablar (Romanos 10:14), pues no se puede invocar a aquel en el cual no se ha creído. Por ello es imperativo la predicación o el anuncio del evangelio.

El Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16). Satanás y el mundo cuestionaron la naturaleza divina de Jesús, pero el Espíritu de Dios nos revela dicha naturaleza ante nuestro espíritu. Ese es el testimonio por el cual sabemos que somos hijos, ya que el Espíritu no se encarga de dar testimonio a los demás, al mundo, acerca de esta gran verdad. Su testimonio lo hace ante nosotros, los que por su operación hemos nacido de nuevo. Nuestro diario pecar nos tienta a la derrota, pero pese a las tentaciones del maligno y sus aflicciones recibidas, entendemos el gran favor no merecido que se nos ha dado. El Espíritu se encarga de decirnos ante nuestro espíritu que somos hijos de Dios, herederos de Dios por adopción, porque nos ha mostrado su amor al llamarnos hijos. El testimonio del Espíritu es superior al anti-testimonio del mundo y de Satanás. Porque el trabajo diabólico consiste en la acusación por nuestras faltas, en el susurro de la culpa imperdonable, en el latiguillo de la impiedad de nuestra carne. Mas el trabajo del Espíritu borra semejante tortura y nos recuerda que podemos gritar Abba Padre, por el derecho de adopción, por el gozo de Su Palabra implantada en nuestros corazones.

LUCIFER, EL SOBERBIO

Sabemos que el pecado de Lucifer fue haberse considerado semejante a Dios, haber querido tomar su lugar y subir a lo alto para ser adorado. Esos actos pueden considerarse como la esencia de la soberbia, lo que implica que su yo se creció frente a Dios. El deseo de independencia en Adán fue su caída, su desobediencia implicaba tomar una actitud independiente de su Creador. Todo pecado lleva implícita la impronta de la soberbia, de allí que Dios resiste a los soberbios.

Los que se llaman creyentes pero asumen que la salvación fue un trabajo conjunto entre Dios y los que doblegaron su voluntad ante la palabra impartida, continúan arrastrando la vieja soberbia del padre de la mentira. Satanás quiso robar la gloria a Dios; el creyente que coloca su trabajo como garantía de salvación, reclama su salario en base a su soberbia, pretende robar la gloria de Cristo. Sin nuevo nacimiento no hay vida espiritual, pero con la vida espiritual se acaba la soberbia que se opone a Dios. Con el nuevo nacimiento se acaba la jactancia, pues se descubre que no tenemos nada que no hayamos recibido.

El otro evangelio es la falsificación del verdadero evangelio. En el evangelio anatema (maldito) el hombre se corona junto a Jesucristo, es copartícipe de su redención. Si algunos llaman a María corredentora, no hacen menos los sinergistas,  los que son corredentores juntamente con Cristo. Estos son aquellos que proclaman que Jesucristo hizo su parte, pero que ahora le toca a cada quien hacer la suya. La situación es idéntica a llamar corredentora a María, pues también para aquellos Jesús hizo su parte, ahora le toca a María ayudar en la salvación de los que a ella acuden.

Pablo confrontó a los Gálatas, que por insensatos parecían caer de la gracia. Lo que habían comenzado debidamente algunos lo pretendían cambiar, enseñando un falso evangelio. Algunos querían pervertir el evangelio de Cristo, el cual es de pura gracia. Si a la gracia se le añade un mínimo de obra, entonces ya no es gracia. Así de simple. Esta gente inquietaba a los verdaderos hermanos de Galacia. De allí que el apóstol les haya dicho con austeridad que si aún él mismo o un mensajero del cielo viniese a ellos predicando otro evangelio, éste debería ser considerado maldito (anatema). Lo reitera, porque añade: Como antes hemos dicho, también ahora decimos otra vez: Si alguno os anunciare otro evangelio del que habéis recibido, sea anatema (Gálatas 1:9).

EL EVANGELIO DE LUCIFER

Este es otro evangelio, uno diferente al anunciado por Jesús y los apóstoles. Es el evangelio de la gracia más las obras; es el evangelio de los dones que han cesado; es el evangelio del Dios que permite pero no decreta. También es el evangelio de Jesucristo muerto como cordero expiatorio de toda la humanidad, sin excepción. De esta forma, todos los que lleguen a ser salvos lo son por mérito de Cristo y por mérito propio. Según el evangelio de Lucifer, Jesucristo murió por Judas Iscariote, por Caín y Faraón; por el hombre de pecado que habrá de levantarse, por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. También murió por todos los que fueron ordenados para muerte eterna, por Esaú y sus semejantes, por los que murieron bajo juicio en Sodoma y Gomorra, por los pre-diluvianos anegados, por Herodes y Poncio Pilatos.

En este otro evangelio, Lucifer enseña que la predestinación ocurre en base a la Omnisciencia divina, pues Dios previó quiénes habrían de creer y quiénes no. Un sinsentido en la lógica del diablo, por cuanto si Dios previó que unos sí y otros no, tampoco tiene validez que Su Hijo haya muerto por los que no creerían nunca. Aparte de esto, este otro evangelio enseña que el hombre muerto en delitos y pecados tiene vida, fuerza y poder para resistir la gracia, que ya no es tan irresistible. Asimismo, los dones y el llamamiento de Dios son renunciables y factibles de oponerles resistencia. En otros términos, ante la realidad de la raza humana caída se impone un despertar por el Espíritu llamado gracia habilitante, o el justo medio, por medio del cual Dios imparte su misericordia hasta un punto, para que el hombre decida finalmente su destino. Por otro lado, Lucifer se preocupa para que la humanidad considere al Espíritu Santo como un Caballero, alguien que no obliga sino que persuade con buenos modales al pecador. Contrariamente, Jesucristo ha comparado el accionar del Espíritu con el viento impetuoso, del que no sabemos de dónde viene ni adónde va. El viento cuando arremete no pide permiso ni muestra destellos de caballerosidad.

El evangelio de Lucifer tiene doctrina demoníaca, como es de suponer; según ella, el llamado de Dios es condicional, depende de la buena voluntad de los corazones de los hombres. Ha transformado el texto del evangelio y ha dicho una y otra vez: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz para los hombres de buena voluntad. También ha trucado el texto que refiere al ladrón en la cruz, cuando el Señor le dijo: hoy estarás conmigo en el paraíso. En ese evangelio luciferino se lee: te digo hoy que estarás conmigo en el paraíso. Como si el énfasis estuviese puesto en el adverbio de tiempo y no en la continuación teológica de la doctrina del Señor, de que partir y estar con Cristo es muchísimo mejor.

Los que son salvos deben cuidarse de no perder aquello que han conseguido por mérito propio, por eso la salvación puede perderse. Así enseña Lucifer a su congregación, de manera que hay que hacer buenas obras para mantenerse en forma espiritual, hay que procurar ganarse esa salvación alcanzada. Ni que hablar de su diversidad doctrinal, pues no habría tiempo ni espacio para narrar con paciencia las cosas semejantes a estas que denunciamos. Pero vale un nuevo ejemplo, muy notorio hoy día. Se habla del señorío de Cristo, del cual Satanás está muy ocupado adoctrinando con ello en sus sinagogas. Dice que primero hay que recibir a Jesucristo como Señor para que él pueda ser nuestro salvador; este disparate es tremendo, pues un ser muerto en delitos y pecados no recibirá al Señor para que de esta manera se convierta en su salvador.

En este otro evangelio se cumple cabalmente lo advertido por Pablo el apóstol: Por tanto, pues, les envía Dios operación de error o de engaño, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad (2 Tesalonicenses 2:11-12). ¿Por qué no creyeron a la verdad? Porque fueron ordenados para esta condenación (Judas 4).

Estas cosas se escriben para que los que sean llamados por Dios escapen de la condenación venidera, para que salgan de en medio de Babilonia, para que por medio de la predicación del evangelio verdadero conozcan a Jesucristo, entiendan el significado de su trabajo en la cruz, vengan al arrepentimiento y se conviertan para que sean sanados (espiritualmente).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:34
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