Lunes, 25 de agosto de 2014

Lo que significa este pasaje se desprende de lo que no significa. No implica una salvación universal, como algunos pretenden. El Cordero de Dios es el antitipo de los corderos inmolados en el Antiguo Testamento en ofrenda por el pecado; pero esto acontecía en el mundo judío. Ahora Juan el Bautista, el último de los profetas, declara que Jesús es el Cordero de Dios en referencia al mundo. Con una extensión geográfica mucho más amplia, se anuncia en él la incorporación del mundo gentil.

Ese es el carácter universal que tienen las palabras de Juan. En ningún momento puede interpretarse como la expiación universal que los seguidores del otro evangelio alegan, por cuanto son muchos los que se pierden, sin que su pecado les haya sido quitado de en medio. Al mismo tiempo, todo el sacrificio de los judíos hicieron bajo la Ley, parece no haber tenido el poder alguno de alcanzar la expiación de los pecados, sino que fue tan solo una figura de lo que habría de venir. De allí su exclamación como profeta que recibía una gran revelación: He allí el Cordero de Dios. En otros términos, éste no es cualquier cordero de los que se ofrecían en el templo, era el Cordero de Dios inmolado desde el inicio del mundo. Pero no solamente eso, sino que ahora se hacía en forma más universal: se incluía al mundo gentil. Por supuesto, judíos y gentiles electos.

La presencia del Cordero que quita el pecado del mundo electo de entre los gentiles y judíos no presupone la ausencia del pecado. Juan el apóstol escribió en una de sus cartas que si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a él mentiroso. Haríamos mentiroso al Cordero de Dios al declararnos sin pecado, solamente basados en la declaración del Bautista. Pero si confesamos nuestros pecados, ese Cordero es fiel y justo para perdonarnos. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:5). Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmo 32:1).

Siendo el pecado una transgresión de la ley, la culpa sube a la conciencia del pecador como una carga muy pesada. Tal vez el impío no lo percibe de esa manera por cuanto su conciencia ya está cauterizada. El perdón del pecado presupone su remoción, así como la desaparición de la culpa y el pasar por alto el castigo. El Señor quitó el pecado de su pueblo en la cruz, de la misma forma como se hiciera en Israel con aquel chivo que escapaba al desierto cargando los pecados del pueblo. Algo muy relevante es tener en cuenta que el pecado perdonado ha sido removido de nuestra conciencia, dejando al creyente con la paz del Señor. Es sabido que ese pecado perdonado no retornará jamás para nuestra destrucción.

Nuestras excusas no cubren el pecado, nuestras racionalizaciones no pueden esconderlo. No vendrá prosperidad ni felicidad a quien tal haga, sino que al confesar nuestros pecados tenemos su perdón aquí y ahora. Ese perdón que fue conseguido en la cruz, y también nos declaró justos delante del Padre en virtud de la justicia del Hijo. El creyente comprende que ya fue perdonado, pero sabe que peca a diario y que debe confesar a diario lo que peca. Precisamente, en virtud del perdón alcanzado en la cruz obtiene el perdón cotidiano de sus faltas confesadas. Pues el Señor también castiga a sus hijos y los azota. Ese mismo Dios dijo que borraba nuestras rebeliones por amor a sí mismo, que nunca más se acordaría de nuestros pecados (Isaías 43:25). Cuando nos venga amargura contra nuestra paz, recordemos que al Señor le pareció bien librar nuestra vida del hoyo de la corrupción. Sobre sus espaldas echó todos los pecados de sus hijos (Isaías 38:17).

El creyente sabe que siempre hay algo nauseabundo en el pecado, algo que es abominable, intolerable para el Espíritu que mora en nosotros y para el nuevo corazón de carne que nos ha sido dado. Toda participación, por pequeña que sea, en los actos oprobiosos del error, es un fuego que arde en nuestras entrañas. De allí que debe ser cubierto, pues de otra manera no podríamos estar de pie en la presencia del Señor de una manera feliz. La abundancia del pecado en su multiforme apariencia hace que estos días sean altamente atormentadores. Si antes salir de casa presumía ir a buscar lo malo, ahora lo malo llega electrónicamente hasta nuestra alcoba.

Pero hay una promesa que resalta en la Escritura y que deberíamos aprender de memoria para recordar cuando la culpa regresa por el camino marcado por el viejo pecado. Dios tendrá misericordia de nosotros; él sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados (Miqueas 7:19). Si su ojo avizor puede encontrar lo que sea, no lo hará su ojo perdonador. Nos ve en Jesucristo, por lo tanto jamás procurará encontrar lo que el fondo del mar guarda en sus cámaras secretas. ¿Y quién será aquel que se atreva a remover esos escombros sin el peligro de ser sepultado en sus recámaras? Lo que es lo mismo, ¿quién acusará a los escogidos de Dios? (Romanos 8).

PECADO A LA CARTA

Pablo hace una descripción de los pecados posibles del hombre, los enmascara en un concepto clásico llamado las obras de la carne. Lo interesante es que su enumeración es larga, pero tiene un término relativo con un gran etcétera. Después de intentar catalogarlos coloca la expresión y cosas semejantes a estas. No quiso el Espíritu colocar todos y cada uno de los posibles pecados humanos, simplemente arrancó con la clasificación prototípica que permite al lector bíblico comprender la magnitud de los conceptos mencionados. Pero al leer y cosas semejantes a estas, el lector sabe que tiene un gran trabajo por hacer, buscar por analogía todo lo que sea parecido a aquello que ha sido descrito por inspiración divina como pecado.

¿Acaso tiene un límite la variedad del pecado? ¿Quién es el que ha concluido aquella lista? No será nuestra tarea, pero sí llama la atención que si pensamos por unos momentos en continuar lo descrito estaríamos fatigados al rato, por las múltiples derivadas que el pensamiento humano ofrece en materia de maldad.

La dicha del creyente es que el acta de los decretos que le era contraria fue clavada en la cruz del Calvario. El Señor no se acordará nunca más de nuestros pecados, ya que los mismos nos han sido cubiertos; seremos perdonados en el día a día con solo confesarlos ante nuestro Salvador. Y si todavía nuestro corazón nos reprende, por la magnitud de lo que hemos hecho, mayor que nuestro corazón es Dios (1 Juan 3:20), porque él sabe todas las cosas.

En cambio, la Escritura sostiene que lo que el impío teme eso le vendrá, mas a los justos les será dado lo que desean (Proverbios 10:24). Los constructores de Babel temieron ser esparcidos por la tierra, pero eso les vino y su refugio no les sirvió de nada; de la misma manera el impío es agarrado en sus propios lazos. Normalmente los medios que elabora el impío para huir del castigo vienen a ser su pena que les cae encima. Los judíos en su impiedad tenían temor de que el pueblo creyera en Jesús, pues los romanos podían volverse contra ellos. Pero eso les aconteció tal cual, simplemente por no temer al Señor. ¿Quién conoce la fortaleza de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido? (Salmo 90:11).

A LOS JUSTOS LES SERA DADO LO QUE DESEAN

Si pedimos algo conforme a la voluntad de Dios sabemos que lo tendremos. Si nos gozamos en Jehová, él nos dará las peticiones de nuestro corazón. Es muy sencillo, dado que Dios mismo coloca en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. Si Jesucristo empezó en nosotros la buena obra de la redención, la acabará al final; lo mismo hace con nuestra fe, pues es su autor y su perfeccionador. El amor del Padre sobre sus elegidos nace desde la eternidad misma, de manera que seguirá amándonos con amor eterno. Si su gracia no acaba ni conoce límites, ¿quién podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús?

Se nos ha dicho que pidamos pues vamos a recibir, que busquemos porque vamos a encontrar, que hagamos la llamada necesaria, que se nos va a responder. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Por esa razón la Escritura nos recuerda que somos más que vencedores. Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados (Proverbios 16:3).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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