Domingo, 24 de agosto de 2014

Resulta interesante conocer la importancia de la notificación de la salvación. Jesucristo hizo una tarea irrepetible en la cruz del Calvario, la expiación de su pueblo asignada por el Padre, con el precio pagado con su sangre, gente rescatada para siempre. En consecuencia, a cada uno de los elegidos es anunciada la buena noticia en su debido momento. Junto con ellos, otros se enteran de lo que el Señor hizo en la cruz. La metodología instruida por Jesucristo así lo exige, pues su orden fue ir por todo el mundo a predicar este evangelio.

A los discípulos se les dijo (y por extensión a nosotros) que el que creyere sería salvo. Esto deja por fuera cualquier tarea nuestra en el acto de convencer a los demás acerca de escuchar y poner atención a la buena noticia. El que creyere es un hipotético que por tal escapa de nuestra influencia y de la oveja misma. El Padre ha elegido a gente de entre los muertos en delitos y pecados, de manera que esos muertos si no son resucitados como Lázaro quedarían en la tumba. Esos muertos requieren nacer de nuevo, por operación sobrenatural del Espíritu de Dios. Desde esta perspectiva asumimos que ni siquiera los elegidos del Padre tienen potestad inherente para procurarse el nuevo nacimiento.

Al mismo tiempo hemos de asumir que nadie puede creer si no hay quien le predique, y nadie predicará si no fuere enviado. El fin y los medios han sido preordinados como un todo, de tal forma que uno no se da sin el otro. Sabemos también que la fe es necesaria para creer en el Hijo de Dios, pero aún ella es un regalo de Dios. La fe viene por el oír la palabra específica de Cristo, por lo cual no podemos producir fe en otros (ni aún en nosotros). Sucede a menudo que se expone el evangelio de salvación y unos creen mientras otros lo rechazan. En unos se ha generado aquella fe necesaria, en otros solo ha habido un simulacro de ella o se ha producido un rechazo al evangelio predicado. Esa reacción no la controla el evangelista, ni siquiera el oyente destinatario del mensaje.

No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3: 2); la fe es un don de Dios (Efesios 2:8); puestos los ojos en Jesús, el autor y perfeccionador (consumador) de la fe (Hebreos 12:2). Esta realidad textual pone de manifiesto que la notificación de la salvación no se hace a todos sin excepción.  El anuncia sus palabras a Jacob, Sus estatutos y sus juicios a Israel. No ha hecho esto con toda gente; Y no conocieron sus juicios. Aleluya (Salmo 147:19-20). Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió (Hechos 16:6-7).

Por los textos expuestos podemos entender que la salvación eterna no ha sido disponible para toda la humanidad sin excepción. De lo contrario, todos los seres humanos deberían ser notificados. Sabemos que se ha comprobado todo lo contrario, que muchos han muerto en sus delitos y pecados sin tener noticia de lo que hizo el Redentor en la cruz del Calvario. La Escritura abunda en ejemplos, nos indica que Dios conoce a algunos y desconoce a otros. A cierto grupo de personas les dirá nunca os conocí, pero a otros les ha dicho que los ha conocido desde antes de la fundación del mundo. Estos últimos son llamados sus ovejas, su pueblo, su iglesia, sus elegidos, sus hijos.

La gran distinción entre estos dos grupos de personas fue expuesta en el libro del Génesis capítulo 3, verso 15. Allí Dios nos indica que existe su pueblo y también los enemigos de su pueblo. Hay dos simientes en disputa, encontradas, opuestas y enemistadas. La simiente de la mujer es Jesucristo y sus creyentes, la simiente de la serpiente envuelve a todos los incrédulos del mundo. El mismo Señor lo confirmó de acuerdo al relato de Juan 8:44: Vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir. Él, homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.

Habiendo leído los textos cabe preguntarse si Jesucristo murió por la simiente de la serpiente. La respuesta resulta más que obvia. La Escritura continúa siendo enfática en la existencia de dos grupos, dos pueblos, dos entidades hechas por Dios como hace el alfarero con su arcilla. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen ... Mas vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:14 y 26).

El Señor nos dejó dicho que no diéramos lo santo ni las perlas a los cerdos o a los perros. En eso debemos meditar, porque la notificación de la salvación es un asunto serio. Por supuesto, no se nos dio una lista de personas, tampoco se nos dijo quiénes serían los notificados. Simplemente se nos pidió que predicásemos este evangelio por todo el mundo. Se ha dicho que el que quiera que venga, pero nadie querrá venir si el deseo no le fuere inculcado por Dios.

Hay un mandato general de obediencia a la palabra de Dios, pero eso no implica ni capacidad en el oyente ni la disposición divina para cambiar el corazón del que oye. Faraón es un ejemplo de lo que decimos, pues la intención de Dios era muy diferente a lo que suponía a simple vista la ordenanza. Dios quería endurecer el corazón del mandatario egipcio, si bien le pedía obediencia (Exodo 4:21). Asimismo, Jesús oró por los que el Padre le había dado, pero no oró por el mundo (Juan 17:9); también alabó al Padre por haber escondido esa buena noticia de los sabios y de los entendidos, y por haberla revelado a los niños, porque así había agradado a Sus ojos (Mateo 11:25-27).

Pero conviene estar atento a la palabra de Dios, leerla o escucharla, porque es seguro que una gran multitud se congregará en torno al Señor del cielo y de la tierra para honrar su nombre. De manera que eso nos anima, pues un día serán apartados los cabritos de las ovejas y será una maravilla encontrarse en el grupo de los redimidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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