Viernes, 22 de agosto de 2014

"Si la absoluta voluntad de Dios es la causa de todas las cosas en el universo, entonces no hay ningún evento más allá o aparte de la voluntad de Dios; y la fortuna (la suerte en el sentido mundano del término) es solamente un escupitajo blasfemo contra la Divina providencia" (Christopher Ness. Un Antídoto contra el Arminianismo). La Biblia habla de la suerte, pero nos dice que la disposición de ella es de Jehová (Proverbios 16:33). Debemos concluir desde ahora que hablar de suerte es un eufemismo, una perífrasis del asunto que se quiere referir como si hubiese ocurrido al azar.

También nos dice la Escritura que a Dios son conocidas todas sus obras desde siempre (Hechos 15:18), por lo tanto no hay en Él casualidad alguna como se interpreta en el universo del paganismo. En Dios no hay rodeos ni ambigüedades, ni alusiones ni disimulos; Él es un Sí y un Amén, porque no tiene mudanza ni sombra de variación (Santiago 1:17). 

Dentro del plano de la gracia sabemos que si nosotros amamos al Señor lo hacemos porque él nos amó primero. Si lo seguimos es porque él nos eligió a nosotros, pero no nosotros a él. Estas declaraciones se complementan con otra más que dice que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer. En el creyente, esto es llamado gracia soberana y absoluta, es entendido como la única manera de poder entrar a formar parte del universo de los redimidos. En los enemigos de la predestinación, tales declaraciones son repugnantes.

Así lo declaró Jacobo Arminio, hace ya varios siglos. Sus seguidores se han dado a la tarea eufemística de lidiar con interpretaciones forzosas, con junturas inapropiadas en los textos que extraen de la Biblia. No hay posibilidad de negar las llanas palabras de Jesús, ni la revelación apostólica. Por toda la Escritura se despliega el Dios soberano que hace como quiere. Pero los expertos en separar los textos de su contexto han hecho del pretexto un hábito. Esa es su metodología predilecta con la cual se amalgaman entre ellos mismos.

Siempre ha existido la murmuración contra la palabra de Dios, siempre el objetor ha elevado su puño contra el Omnipotente. Para eso fue creado y no hay forma ni manera de esquivar su guión. De allí que clame ensoberbecido, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? La desesperación para Esaú pero la paz para Jacob. El endurecimiento para Faraón y su séquito, pero el corazón de carne para los escogidos del Padre. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, ya que el alfarero hace con su arcilla lo que le parezca, de manera que Dios tiene misericordia de quien quiere y endurece al que desea endurecer.

Si estas declaraciones bíblicas son repugnantes, repugnante ha de ser el autor de ellas. Pero su desfachatez es tal que declaran el verbo injusto y dicen amar al Verbo de Dios. Abjuran de tal Dios pero afirman proclamar al Dios que ellos perciben de la Biblia. Por supuesto, este es un dios más, al igual que tantos del paganismo, hecho a imagen y semejanza de los hombres.

Muchos de los discípulos de Jesús lo dejaron al oír las palabras duras de entender. Se retiraron murmurando y se decían entre ellos cómo sería posible que alguien pudiera escuchar las afirmaciones de ese Maestro al que siguieron por ciertos días. Habían comido de los panes y los peces, fueron testigos presenciales de ciertos milagros del enviado de Dios, lo habían escuchado decir sus discursos, pero les incomodó la frase reiterativa que aseguraba que nadie podía ir a Jesús a menos que el Padre lo arrastrase hacia él. Eso era el colmo, porque lo que ellos entendían hasta entonces era que su voluntad y libre arbitrio los tenía allí reunidos. Ellos habían tomado una barcaza para ir hacia donde estaba aquel hacedor de maravillas (en palabras de Flavio Josefo, el historiador judío). Su esfuerzo les había permitido dormir a la intemperie esperando un nuevo amanecer con el Señor que hacía milagros. Eran ellos los que caminaban detrás de Jesús y lo menos que merecían era un poco de respeto a su voluntad y deseo de seguirlo.

Suponían que Jesús debería estar agradecido con ellos porque de esa forma tenía seguidores; con esa multitud caminante el Maestro garantizaba el éxito de su actuación. Milagros sí querían y reconocían pero las palabras duras de oír los incitaban a la murmuración. Parece ser un retrato precursor de lo que acontecería en nuestro mundo actual, muchos creen que Jesús es el Hijo de Dios, que resucitó al tercer día, que murió como el Cordero de Dios. Sin embargo, no comprenden el alcance de esa salvación, no entienden la limitación que presupone la muerte de la humanidad en sus delitos y pecados. De allí que generalicen y digan que Jesús murió por todo el mundo sin excepción, tanto por Judas como por Faraón, pero cada quien aplica esa salvación a su vida si así lo dispone.

Ese era el sentir de aquella gente, ellos eran servidores del libre albedrío enseñado por los fariseos y demás maestros de la ley. Prefirieron mantenerse fieles a su religión de siglos antes que reverenciar las palabras del Mesías que hablaba con ellos. Hoy también hay miles de miles que se aferran a la tradición religiosa antes que a las palabras vivas del Señor. Muchos se pretenden ricos en espíritu, que no necesitan nada porque suponen tenerlo todo; creen que su presencia ayuda y dignifica el evangelio de Cristo. Se ha llegado a suponer que si alguna celebridad del mundo se afilia a la religión que ellos profesan entonces la validan mucho más. Tal vez tengan razón, porque de cierto esa religión que pregonan necesita la validación del mundo.

LO QUE DICE LA BIBLIA

La Biblia dice que la muerte de Cristo fue el pago para librar a los hombres del pecado; pero, ¿cuál es el alcance de ese pago? Si Cristo murió por todos entonces todos son escogidos para salvación, incluyendo a Judas y todos los demás que murieron antes de su expiación. Esta aseveración nos conduce al inevitable problema de dilucidar cómo se enteraron de esta expiación los que yacían en el lugar del tormento (como se expone en la parábola del Rico y Lázaro). La gran multitud que pereció en el diluvio, los juzgados en Sodoma y en Gomorra, los ejércitos del Faraón, los amalecitas y un gran etcétera humano se beneficiaron con esta expiación universal de Jesús. Pero pese a este absurdo, que negaría el infierno del que tanto habló Jesucristo, hay quienes proponen que la expiación de Jesús se hizo para todos los que creerían desde su muerte en adelante. Bien, eso dejaría por fuera a muchos que no oyeron el evangelio, pues siglos después de haberse iniciado la era de la iglesia apenas ha llegado a conocimiento de algunos pueblos esa enseñanza. Lo que es peor aún, muchos de los que oyeron de esa gracia universal rechazaron voluntariamente el llamado hecho en nombre de esa gracia.

La Biblia enseña que toda la humanidad murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios. Con semejante declaración se requiere más que una voluntad inexistente en un muerto para nacer de nuevo. Se hace imperativo una fuerza sobrenatural y ajena al hombre muerto para que le de vida espiritual. La gracia sola, como presumen algunos, por muy universal que la vean, no sería suficiente si no se opera el nuevo nacimiento. Y sabemos que es el Espíritu de Dios quien hace posible tal nacimiento, pero que además no depende de voluntad de varón sino de Dios, porque la gracia como tal implica el que el Espíritu haga nacer de nuevo.

Entonces, la gracia de Dios en sus elegidos se ve por tres vías sobrenaturales: 1) La elección hecha por el Padre; 2) la expiación de los elegidos hecha por el Hijo; 3) el nuevo nacimiento hecho por el Espíritu. Estas tres acciones concuerdan entre sí, de tal forma que el Espíritu no dará vida a ninguno que no haya sido representado en la cruz por Jesucristo; el Señor tampoco representaría en el madero a ninguno que el Padre no le hubiere dado, como bien lo dejó expuesto en su oración del Getsemaní en la que expresamente rogó por los elegidos y dejó de lado al mundo (no ruego por el mundo: Juan 17:9). El Padre no escoge en forma ambivalente, a Judas como hijo de perdición y al mismo tiempo al Iscariote como redimido. Simplemente escogió a unos para vida eterna (a Jacob) y a otros para perdición eterna (a Esaú), aún antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9).

POSIBLES RAZONES DEL OBJETOR

Objetar lo que la Biblia expone pudiera darse por varios motivos. Podríamos decir que tal recriminación hace a Dios más atractivo por inclusivo. Si Dios elige en base a Su exclusiva voluntad, entonces se ve arbitrario e injusto; por lo tanto, mientras más extensivo sea hacia la humanidad será visto como un Dios más justo. Al mismo tiempo, esa cualidad de justicia lo exhibe con mayor amor, pues amaría a todos por igual. Sin lugar a dudas esta postura rinde tributo a la expiación universal de Jesús haciéndola más completa, redituable, digna de encomio.

No obstante, el objetor no puede cambiar las palabras de la Escritura que lo excluyen de la invitación. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar lo que se había perdido ... para dar su vida en rescate por muchos (Lucas 19:10 y Marcos 10:45). Jesucristo se entregó a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:14).

En resumen, por la muerte de Cristo hemos sido reconciliados como pueblo suyo, perdonados y justificados, hechos santos, adoptados como hijos para recibir la vida eterna. Al ser esto lo bíblico, queda manifiesto que el propósito de la muerte de Jesús no fue redimir a toda la humanidad, sin excepción, asunto que valida el mismo objetor cuando lógicamente exclama ¿por qué, pues, inculpa?

LA INTERCESION DE JESUS

Jesucristo está ahora intercediendo por nosotros, de la misma manera como lo hizo la noche antes de su crucifixión. Al principio lo hizo para llevarnos junto con él a la cruz, para representarnos en la expiación por la cual se hizo pecado hasta la maldición de la muerte en el madero. Sufrió por nosotros, su pueblo escogido. Pero ahora lo hace para que nos mantengamos firmes, para rogar ante el Padre por aquellos que hemos sido objeto de su amor, para defendernos de las acusaciones de Satanás.

Su intercesión es absolutamente eficaz, como lo fue acá en la tierra: Yo sabía que siempre me oyes (Juan 11:41). En otros términos, la eficacia de su oración implica que recibamos los beneficios de su intercesión, de su expiación y por supuesto de su resurrección. Si no todos son salvos, se deduce que Jesucristo no oró por ellos antes de su muerte, así como tampoco lo hace ahora que ha consumado la expiación.

Jesucristo fue entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra justificación (Romanos 4:25). Si eso lo hizo por toda la humanidad, entonces nadie es condenado. Pero la Escritura nos enseña otra realidad, que muchos yacen en el infierno eterno donde su gusano no muere ni el fuego se apaga. Concluimos que el favor de Jesucristo continúa por los siglos sobre aquellos que él amó eternamente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8: 33-34).

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:27
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