Mi?rcoles, 13 de agosto de 2014

Si Dios predestina, conoce; por lo tanto tiene conocimiento previo de las cosas. Pero Dios no predestina porque tenga presciencia (conocimiento previo de lo que va a pasar), sino que conoce porque ha hecho aquello que amerita conocer. Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras fueron las palabras de Santiago en una asamblea de creyentes, que nos muestran que no hay nada nuevo bajo los ojos de Dios (Hechos 15:18). Dios vio desde antes de la fundación del mundo lo que Él mismo traería, que los gentiles permanecerían como su secreto escondido.
¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? una pregunta retórica que el salmista se puede contestar (Salmo 139:7). Algunos podrían decir que Dios habita en medio de las alabanzas de su pueblo, lo cual es cierto, pero también su presencia no deja por fuera al mismo infierno. Si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás (verso 8). El vocablo Seol es también el abismo, por lo que la Vulgata Latina lo transcribe como inferno ades. El Seol significa muchos conceptos en el hebreo bíblico, uno de ellos es infierno, aunque también se le asigne el de pozo del abismo, el bajo mundo, el lugar de no retorno, la extrema degradación en el pecado. El Seol se conoce además como la tumba, el lugar del exilio, el sitio donde no serán abandonados los justos (véase la referencia en Strong).
Otra gran pregunta retórica se la hace Isaías, cuando exclama: ¿Quién enseñó al espíritu de Jehová o lo aconsejó enseñándole? (Isaías 40:13). La omnipresencia de Dios es inconmensurable desde la perspectiva humana, en virtud de que Él es Espíritu (Juan 4:24). Cubre todos los lugares en cualquier momento, por lo cual el hombre como criatura está sujeto a su Creador. El Señor está en los cielos y todo lo que quiso ha hecho.
Uno no puede menos que preguntarse si Adán fue hecho libre de Dios, con lo cual tenemos que aseverar que esa suposición resulta menos que imposible. No hay huida prevista, no existe el gran escape de la presencia divina, la que en el infierno se presenta como justicia y como ira mas en el cielo y en la tierra como amor y misericordia. Ahora lo buscamos y lo vemos como por un espejo, pero en gloria lo conoceremos cara a cara.
Somos moralmente responsables en virtud de la soberanía de Dios, jamás podríamos atribuir nuestro compromiso con el deber ser al hecho de que seamos libres de Dios o independientes de su voluntad suprema. Precisamente, como bien lo dijera Vincent Cheung, somos responsables no porque seamos libres, sino porque no somos libres (Cheung, Vincent. The Author of Sin).
Si el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), Adán no fue creado libre de pecar. Preguntémonos qué hubiese sucedido si Adán en virtud de una supuesta libertad no hubiese pecado. ¿Cómo hubiese quedado el Todopoderoso si sus planes eternos e inmutables hubiesen sido trastocados por una inocente criatura? Pero existe un prurito teológico que los que lo sufren llaman misterio, acerca de la presencia del pecado en el mundo. Los que sufren el escozor confunden la autoría divina del pecado con la tentación a pecar. Dios creó el pecado pero no tienta a nadie; estas son dos actividades diferentes con agentes distintos.
Si Dios no creó el pecado entonces lo hizo otro ser distinto, igual o superior a Él, con lo que se daría cabida al dualismo, una herejía en el plano de la teología bíblica. Ahora bien, el objetor bíblico se levanta contra el Señor porque considera injusto que se le inculpe de pecado, ya que él fue hecho para pecar. Ese objetor reclama con pura lógica el porqué Dios lo inculpa, si nadie puede resistir a su voluntad.
Alineado con el salmista, el objetor entiende que no es posible huir de la presencia de Dios. De allí su exclamación en forma de interrogante, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? (Romanos 9). La respuesta obtenida de las Escrituras es que el hombre no es nada sino barro en manos del alfarero, de tal forma que por vía indirecta se le está diciendo que Dios no es responsable, que Dios no tiene ante quien responder. Ese es un problema serio para el objetor, el que Dios no tenga igual o superior a Él ante quien rendir cuentas de sus actos.
Al contrario, se le recuerda al objetor que él no es nadie, que le conviene más temer a aquel que tiene la potestad de echar el cuerpo y el alma en el infierno (en palabras de Jesucristo, el Dios de amor). El hombre natural no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para él son locura, además de estar muerto en delitos y pecados; sin embargo, pretende que exista compatibilidad entre responsabilidad humana y libertad humana. Si el hombre no es libre para actuar -dice- entonces no es responsable de sus actos. No obstante, el Espíritu le ha respondido a quien objeta que no es nada más que una criatura formada por las manos de Dios. Todo esto se ha expresado en el contexto teológico de la soberanía divina, al describirse a Dios formando a Jacob y a Esaú con destinos diferentes, aún antes de la fundación del mundo o antes de que hiciesen bien o mal.
¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Señor no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones de Jeremías 3:37). En este texto se anula la pretensión del permiso divino para que sucedan las cosas, no hay tal actuar en el Ser Supremo. Dios ordena, manda, decreta (todo hecho en un acto en la eternidad, por lo cual es inmutable su orden), pero nunca Dios permite que ocurra algo que no haya ordenado. Cuando se dice Dios permitió tal o cual cosa, se ha pretendido mantenerlo distante de lo oprobioso que pueda parecer el evento acaecido. Al afirmar que Dios permitió un terremoto estamos suponiendo que existe La Naturaleza con poderes especiales independientes de su Creador, por lo cual pudiera actuar en forma autónoma.
Ciertamente el Dios de la Biblia es muy distinto al dios de las religiones. Hoy día las iglesias han forjado un ídolo a imagen y semejanza de lo que la mente humana considera debe ser un buen Dios. Pero a muchos feligreses el Dios de las Escrituras les suele ser antipático, nada hermoso para desearlo, demasiado entrometido para sentirse con respiro. Ellos son los objetores contemporáneos, quienes metidos en pieles de ovejas moldean el moderno becerro de oro, a la usanza de los viejos israelitas.
Desde tiempos antiguos se ha dicho: Yo soy Jehová, y ninguno más hay. No hay Dios fuera de mí ... (Isaías 45:5). Aun desde la eternidad, yo soy, y no hay quien libre de mi mano; yo actúo, ¿y quién lo revocará? (Isaías 43:13).


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:39
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