Jueves, 07 de agosto de 2014

En la Biblia aparecen varios salmos mesiánicos, con lo que se quiere decir que hacen alusión a profecías o circunstancias relacionadas con el Mesías que habría de venir. Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en ... los salmos (Lucas 24:44), dijo el Señor. En el Nuevo Testamento existen al menos 14 salmos citados y que están en referencia a Jesucristo.

El Salmo 22 contiene una descripción de lo que sucedería en el madero con el Señor; comienza con sus palabras dichas en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Hay una simbiosis entre el autor-poeta y el Mesías que padece. Es una conjunción entre el sufrir del pueblo de Dios y el padecimiento que tendría Su Hijo al venir a este mundo a rescatarnos. La experiencia personalísima del escritor también se incluye en palabras que le fueron dadas, como si el Señor lo visitara y por su Espíritu le prestara sus propios vocablos.

El salmista va tejiendo con el hilo lingüístico un mensaje de esperanza. Todas aquellas angustias que le son propias pueden ser eco de nuestros pesares, de todos los padecimientos del pueblo de Dios en el mundo. Nos recuerda que el Señor habita en las alabanzas de Israel; dado que nosotros somos el Israel de Dios, podemos tenerlo en medio nuestro cuando le rendimos el honor debido a su nombre. Apela el escritor bíblico a la historia de su nación, a las experiencias de su liberación que sus padres tuvieron siglos atrás, tal vez desde Egipto mismo.

Si aquellos antepasados clamaron a Dios y fueron librados, ¿por qué no nosotros? Más aún cuando hay un clamor nuevo, en virtud del proverbio enemigo muy común hoy en día: Líbrelo su Dios; sálvelo, puesto que en él se complacía. Recordemos al ladrón en la cruz, el que se burlaba. También dijo que si Jesús era el Cristo que se salvara a sí mismo junto con ellos. En nuestra cotidianidad padecemos tal afrenta, el escarnio de los ciudadanos que nos circundan, su mofa cargada de ironía, que exhibe su regocijo frente a nuestros pesares. Si enfermamos, nos señalan de pecado; si algo nos perturba, están a la espera del desarrollo de una catástrofe. Con eso tendrán de que hablar por mucho rato, murmurando acerca de la confianza de la cual pregonamos tanto.

Sálvelo su Dios, suelen decir. Si su Dios no lo salva puede ser por varias razones: 1) Dios no existe, la fe es absoluta ilusión; 2) Dios es infiel y nos ha abandonado; 3) Nuestro mal obrar supera el amor de Dios. Pero el salmista recuerda que sus antepasados confiaron en el Señor y no fueron avergonzados. Asimismo hace una retrospectiva de su propia impotencia, comparándose con un gusano. Le dice al Señor que fue él quien lo sacó del vientre de su madre, el que le dio confianza desde que estaba en los pechos de ella; y aún desde antes de nacer, el Señor era su Dios.

Resulta imposible que David recordara esa época de su primera infancia, mucho menos desde antes de nacer. Pero lo cierto es que reconoció que desde la eternidad Dios había pensado en él, lo había cuidado desde que amamantaba y siempre había sido su Señor. En esas instancias él era absolutamente impotente e incluso pudo no haber nacido; en el momento en que escribe se siente igual de impotente, por cuanto sus enemigos lo habían rodeado, como fuertes toros de Basán. Aquellos eran unos animales bien alimentados por el pasto de la fértil tierra citada, famosos por su fiereza y acometida. Leones rapaces y rugientes, perros acechadores, cuadrilla de malignos,  son expresiones del clímax de su angustia, la misma que sintió el Mesías en la cruz. El Señor fue escarnecido y despreciado por el pueblo, su corazón sufrió en demasía, su vigor se secó en el calvario, estuvo en el polvo de la muerte. Se añaden elementos proféticos al detalle y no solamente genéricos. Por ejemplo: 1) Horadaron mis manos y mis pies; 2) contar puedo todos mis huesos (equivale a ninguno de sus huesos será quebrado); 3) repartieron entre sí mis vestidos; 4) sobre mi ropa echaron suertes. Ya habíamos mencionado el clamor del Señor en el madero: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Estos elementos concretos y específicos de la profecía, aunados a los elementos genéricos proféticos, nos hacen pensar en la inspiración divina de las Escrituras. ¿Quién podía conocer el futuro del Mesías sino el Señor mismo? Por lo tanto sus profetas recibieron el mensaje para transmitírnoslo a nosotros.

Jesús fue despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: fue menospreciado, y no lo estimamos; más aún, escondimos de él el rostro (Isaías 53:3). Gusano soy, dijo David. Tal vez es la forma en que el Mesías ha sido visto por los que le causaron oprobio, ya que el Dios de toda gloria vino a hacerse pecado por nosotros. Tiempo atrás lo había declarado el libro de Job, a través de Bildad, cuando exclamó: ¿Cuánto menos el hombre que es un gusano, y el hijo de hombre, también gusano? (Job 25:6).

La humillación sufrida por Jesús pudiera estar contenida en esa comparación con un insecto rastrero; pero sobretodo la opinión que el mundo tiene de él se vincula más con el calificativo mencionado, pues aún hoy día se escucha el escarnio, la mofa y el mal hablar sobre el Hijo de Dios. El sigue siendo objeto de burla y sus seguidores somos metidos en vergüenza en medio del gran público de las plazas del mundo. También nos recuerda que Jacob fue llamado gusano: No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo te socorrí, dice Jehová, y tu Redentor el Santo de Israel (Isaías 41:14). Con esto en mente no nos sorprende la humillación, pues será una garantía la burla, será una presencia que nos acompañe en este peregrinar por los espacios de una patria que no es nuestra patria. 

Nuestra relación con Dios no depende de nuestra fuerza o confianza, como lo asegura David en este salmo. El fue protegido desde el vientre de su madre, aún desde antes de nacer, por lo cual resulta más que imposible que dependiera de su presteza o conocimiento propio el acercarse y confiar en Dios. Fue Dios quien siempre lo sostuvo, fue el Señor quien lo forjó conforme a Su corazón. ¿No sucede igual con nosotros? ¿Quién podrá estar de pie y decir que nació de nuevo por sus propios méritos o en virtud de sus recursos? Esa es nuestra debilidad, nuestra gran impotencia, pero la que se convierte en la mayor seguridad del universo: que Dios nos haya escogido más allá de que seamos gusano, porque nos amó con amor eterno para prolongarnos su misericordia.

Ya lo había dicho Pablo el apóstol: por tanto me gloriaré en mi debilidad; al reconocer nuestra impotencia podemos estar ciertos de que nuestro grito de angustia será oído y el socorro será recibido porque ya ha sido enviado. Cuando sepamos que de nosotros se dice que nos salve nuestro Dios en quien hemos confiado, estemos ciertos de que así será y no de otra manera. Dejemos para el impío el trabajo que tiene encomendado, como dice el viejo proverbio: De los impíos saldrá la impiedad (1 Samuel 24:13). No tomaremos venganza, pues ese trabajo nos es ajeno; Dios tiene al vengador oportuno y para nosotros su paz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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