S?bado, 26 de julio de 2014

El mundo es el teatro de operaciones de todos los hombres; sin embargo, es también el sitio adecuado para manifestar la enemistad entre dos grandes pueblos. Son dos espacios encontrados, adversos y guerreros, en los que se pone de manifiesto una metáfora ancestral, la huída de Egipto. Así lo nombra la Escritura. Todos hemos sido hechos de la misma masa, compartimos igual naturaleza, pero además hemos estado sometidos en algún momento bajo la ira de Dios.

En la historia todo ocurre en forma natural, con causas y consecuencias, parecemos un conjunto correlato del otro, forjado desde la eternidad. Los creyentes son los liberados de la tierra, los que han salido de las tinieblas a la luz, escapados de las prisiones de Satanás. El príncipe de este mundo está obligado a entregar a los prisioneros que le fueron confiscados judicialmente en el Gólgota. Pero aún antes de ese tiempo muchos fueron absueltos en virtud de la fe que les había sido dada en el Hijo de Dios.

Un resumen inmediato nos daría cuenta de una enemistad permanente entre el mundo y la iglesia como cuerpo de Cristo. El principado de Satanás y el reino del Mesías, uno ofreciendo los encantos de la lujuria, el placer y los vicios, el otro arrastrándonos por fuerza a la comunidad de creyentes. Pero esa pugna ya ganada se vive día a día, por cuanto existe una lucha entre el Espíritu y la carne combatiendo ellos entre sí, para que nosotros podamos crecer bajo el precepto de no darle nuestro amor al mundo.

Si alguno ama al mundo se constituye en enemigo de Dios. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Pero todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. Existe un gran problema en aquello de combatir el mundo que vemos, ya que nos cuesta asirnos al Dios que no vemos. Se nos ha pedido dejar el reino visible para anhelar el que no podemos palpar con nuestras manos. De allí que resulte imposible para la humanidad que adore al Dios que no alcanza ver. Como contrapartida, la humanidad ha forjado todo tipo de esculturas o dibujos para representar aquello que dice adorar, pues acostumbrada a palpar su reino no se despega de sus cinco sentidos.

Los que somos hijos de Dios, los que hemos sido llamados a escapar de Egipto, adoramos al Dios invisible. De allí que el autor de Hebreos haya dicho que es necesario que quien se acerca a Dios crea que le hay y que también premia a los que lo buscan (Hebreos 11:6). El pueblo elegido, el real sacerdocio, las ovejas propias del buen pastor siempre adorarán al Invisible, como lo hizo Moisés sostenido como si viera a ese Ser a quien nadie pudo ver antes jamás.

LA EVALUACION DE DIOS

Dios nos evalúa, pero no como el profesor que desea conocer a sus discípulos. Más bien nos hace el test para que nosotros comprobemos el nivel de fe en el que andamos. Muchos hombres piadosos anduvieron en desiertos, en montañas, escondidos en cuevas; a otro se le pidió sacrificar a su propio y único hijo (el de la promesa), otro anduvo en medio de leones, algunos fueron echados al fuego. A cada quien se le pidió algo que de seguro podían dar porque habían recibido la fe necesaria para el atrevimiento.

De toda esa gente se dice que el mundo no merecía tenerlos como sus huéspedes. Pero eso se debió a que recibieron el llamado de la fe, pues lo que no proviene de fe es pecado. Elías fue alimentado por cuervos, como Moisés fue protegido en la tierra del Faraón enemigo. Lo que resulta imposible para el hombre es un trabajo fácil para Dios; Sara vio a su hijo nacer, después de que su vejez fue rodeada por la gracia divina. Aún Rahab la ramera fue protegida por el Señor por haber actuado con la fe debida, al esconder a los espías en su nación y en su tienda.

Otro resultado de la evaluación podría ser que el común denominador de estos pilares de la fe se componía de gente semejante a nosotros, con pasiones similares. No fueron unos santos especiales, alejados en forma absoluta del pecado. Nada de eso, simplemente fueron hombres santos porque Dios los apartó del mundo (si bien estaban en el mundo), al igual que nosotros (ya que no somos del mundo). Pero fueron llamados a ciertas misiones con sus debidos compromisos, lo cual cumplieron porque tenían la fe suficiente para el cometido.

En todo lo que tengamos que hacer para vivir, para subsistir, para vencer al mundo, tenemos la certeza de que poseemos la confianza necesaria en el Hijo de Dios, el cual no nos ha dejado huérfanos. Ha enviado a Su Espíritu para que esté con nosotros cada día, intercede ante el Padre por los que somos suyos, somos amados por Dios porque el Hijo nos ama. De tal forma que dondequiera que vayamos encontraremos la presencia del Omnipotente.

ENTRE EGIPTO Y LA TIERRA PROMETIDA

Tomar la decisión de abandonar Egipto con su magnificencia, no ha debido ser algo sencillo. Moisés fue un hombre que se educó en las plazas cultas de la nobleza, que vino a ser el hijo de la hija del Faraón, un nieto por fuerza, que de  pronto se involucró con los esclavos de su propia sangre y decidió dejar toda su trayectoria histórica atrás. Este es un caso semejante al de Pablo, hebreo de hebreos, de la tribu de Benjamín, educado a los pies de Gamaliel, docto en la ley, quien también abandonó todo aquello por la misma razón que tuvo Moisés.

La solución a la perplejidad que dejan estas actuaciones puede encontrarse en lo que provoca la fe. Muchos se quedan en el mundo con sus grandezas porque no están seguros de que puedan encontrar algo mejor fuera de sus áreas; tal vez piensen que más allá del mundo no hay salvación, que más vale un instante de vida que una promesa acerca de la otra vida. El acto de fe presupone la convicción de lo que se promete, viene a ser la energía para dar el paso contra todo pronóstico mundanal.

Estimar el reproche de Cristo en forma mayor que las riquezas, tenerlo por algo de más valía que el placer del pecado, es una muestra de la forma en que nos llama Dios. La tierra continúa con su invitación al festín, pero el llamado del Señor nos recuerda que esos placeres son temporales y que pronto se desvanecerán como la vida.  Los israelitas fueron escogidos para adorar al verdadero Dios, a través de su majestad mostrada en la providencia; Moisés tuvo la oportunidad de estar a su lado, de convertirse en su líder para llevar a cabo la liberación que Dios había planeado para ellos.

Pero Moisés decidió sufrir con su pueblo, llevar su agravio, lo cual fue posible por la fe que le había sido dada. Por eso se le nombró en el libro de Hebreos como una de las personas dignas de recordar por la confianza que depositó en el Dios Invisible. Prefirió esa vida que seguir en los caminos de la grandeza faraónica, en su honorabilidad y confort, en su paz y satisfacción. Porque el mundo también es un lugar de grandezas, de tentaciones para participar del poder y sus comodidades. Moisés supo que atender a esas ocupaciones implicaba servir a otros dioses, cometer pecados no pocos en medio de la riqueza del Faraón. Y es que el poder humano es más imaginario que concreto y su tiempo demasiado breve frente a la eternidad del alma.

Como bien lo sintetizó el autor a los Hebreos, el justo vivirá por la fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma (Hebreos 10:38). La fe es el único mecanismo para negar al mundo y viene a ser por contrapartida una riqueza más grande que los tesoros de Egipto. Algunos  israelitas no entendieron a Moisés y quisieron regresar a su antigua esclavitud; extrañaban las sandías, los pepinos, las cebollas, los ajos y el pescado (Números 11). En su ilusión dijeron que todo eso lo comían de balde, como si el trabajo de esclavos no contara como salario. Ellos estaban hartos del maná que les enviaba Dios en el desierto; así muchos hoy día se hartan de la palabra viva y se entregan a las fábulas del mundo, a sus artificios y secretos, indagando en lo esotérico, en busca de alguna aventura sobrenatural que valide su fe.

Pero la fe es la certeza de lo que no vemos, de manera que si algo se puede percibir por los cinco sentidos ya no es objeto de fe. Por fe andamos, no por vista, y cuando conozcamos como fuimos conocidos estaremos cara a cara conociendo al Señor. Por lo tanto, el recurso extraordinario que Dios entrega a su pueblo convendría utilizarlo con sumo aprecio, porque un día ya no será de la misma utilidad que hoy tiene. No en vano se ha dicho que nosotros amamos al Señor sin haberlo visto; en quien creyendo, aunque al presente no lo veamos, nos alegramos con gozo inefable y glorioso (1 Pedro 1:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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